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Diferir


“Si difieres de mí, hermano, lejos de perjudicarme, me enriqueces” (Antoine de Saint-Exupery)

Cuando se sataniza y se crean mecanismos de culpabilidad para el diferir y hacia quien difiere, entonces, estamos en la antesala de una dictadura. Todos los movimientos religiosos y políticos a través de la historia que han sucumbido a la tentación del fundamentalismo extremo y de la tiranía de las ideas, lo primero que han destruido o eliminado es la facultad de diferir. Cuando eso ocurre, se ciernen nubarrones negros sobre la humanidad.

Asistimos en este momento de la historia, probablemente, al más espeluznante y difícil pasaje de la historia de la humanidad. Algunas de las garantías básicas que se han ganado con sangre, sudor y lágrimas, comienzan a ser cuestionadas por grupos religiosos y políticos que creen que la sociedad avanzará mejor con criterios uniformes y eliminando la posibilidad de la deliberación, la crítica de las ideas, el análisis de las ideologías, y aún más, la examinación profunda de conceptos religiosos y políticos.

Soy creyente, pero nunca he creído que las ideas en las que he creído no ameriten el ser examinadas de manera inteligente, lógica y racional.

Cuando era estudiante de filosofía, el profesor con el que tenía más conflictos, no sólo para comprender sus ideas, sino para aceptar su toma de posición en este mundo era el catedrático que enseñaba la clase de Filosofía Medieval. Se había empapado tanto de las ideas de este período histórico que no aceptaba que nadie osara rebatir alguno de los conceptos expuestos. Mientras todas las demás asignaturas eran deliberantes, críticas y reflexivas, la de él más bien parecía un salón de un convento medieval donde los alumnos sólo tenían que repetir las ideas de algunos grandes pensadores medievales, pero cuyos conceptos me parecían como la clase, medievales.

Los exámenes eran ensayos que había que redactar. Dicho ejercicio duraba varias horas y uno gastaba una media de 10 a 15 páginas en escribir una o dos preguntas que solía hacer, pero que había que desarrollar hasta el más mínimo detalle.

En uno de dichos ejercicios evaluados escribí todo lo que se me solicitaba, unas 12 páginas, y luego, redacté una refutación de otras 10 páginas de algunas de las ideas que expresaban el autor del cual se nos había preguntado. Cuando llegó la hora de la calificación, aún cuando tenía toda mi respuesta correcta me puso la nota mínima con una nota que decía: Usted no tiene ni la capacidad ni la calificación para refutar a tan grandes pensadores, y dudo que alguna vez alguien tenga esa capacidad, incluyéndome.

Hice un reclamo formal al decano de la facultad. Cuando vio mi examen me felicitó y envió un memorandum al docente para que me pusiera la calificación máxima. El profesor de filosofía medieval nunca más se dirigió a mi en clases, y dejé de levantar la mano para opinar, porque para él, simplemente, dejé de existir. Me había atrevido a diferir.


El peligro de un discurso único

Todos los movimientos extremos pretenden tener un discurso único. Se castiga a quien se atreve a encontrar fisuras en un entramado doctrinal o ideológico, o a quien ose expresar no estar de acuerdo con una idea.

Hace poco veía un video de ISIS, el grupo extremista islámico que tanto daño está haciendo en Siria e Irak, asesinando a algunos de sus correligionarios que habían osado diferir y expresado su voluntad de abandonar el grupo. Para los dirigentes de este grupo no hay cabida para pensar por sí mismo y la única salida es la muerte.

Es cierto. En muchos grupos cristianos no se asesina a quienes difieren, al menos, físicamente. Pero, se suele aislar, dejar de considerar un interlocutor válido y desaparecerlo dentro del movimiento, simplemente, por atreverse a plantear algo distinto al grupo en cuestión. Es una especie de asesinato virtual y social, con el fin de no escuchar a quien tiene algo que decir, pero que difiere de la masa del grupo religioso.

Cuando en un grupo se da un sólo discurso que no admite análisis ni reflexión, que se lo impone como el único discurso válido, entonces, se está ante las puertas del fundamentalismo más extremo, de la dictadura de pensamiento y de una cultura de imposición. El que no se somete, corre riesgo de ser expulsado, excomulgado, defenestrado, aislado, exiliado y en casos más extremos, asesinado.

La ciencia, las humanidades, la tecnología y las más diversas áreas del saber avanzan no por mantener un pensamiento único y pétreo, sino por atreverse a ventilar diferencias, por exponer dudas, por plantear teorías, por exponerse a ir más allá de lo conocido. Si existe un pensamiento único, entonces, no hay avance, al contrario, lo que queda es estancamiento, frustración en quienes quieren aprender y anquilosamiento del saber. Se elimina el análisis y la reflexión. Se acaba la investigación y la exploración.

Cuando eso ocurre en las religiones nos enfrentamos al caos del fundamentalismo, la miopía de la literalidad, la perversión del fanatismo y la vesanía de la persecusión a los que no apoyan la visión monolítica de sus creencias y prácticas.

Para mantenerse sanos, desde el punto de vista psicológico y emocional, pero también desde la perspectiva doctrinal, una religión debe estar constantemente abierta al escrutinio, al análisis, a la reflexión, a la crítica de sus bases ideológicas, y a la instrospección profunda de los ideales que la conforman.


Verdad progresiva

Hay dos formas de encarar la verdad. Los grupos fundamentalistas, con tintes fanáticos y cerrados, conciben la verdad como un conjunto de dogmas y doctrinas que no se pueden discutir, analizar ni examinar críticamente. Sus ideas son inamovibles y se persigue y moteja a cualquiera que se atreva a siquiera sugerir un pequeño cambio en el entramado doctrinal. Religiones de este estilo han sido las causantes del retraso científico en el pasado, pero además, de las más aberrantes formas de persecusión y destrucción de quienes piensan distinto, algo como lo que vive ISIS en oriente medio.

La otra perspectiva, la menos común, pero la más sana es entender que la verdad es absoluta, que pertenece al ámbito de la divinidad, y los seres humanos sólo pueden acceder a ella por medio de vislumbres. Eso implica que la verdad siempre está abierta para ser descubierta. La comprensión de esa verdad absoluta es progresiva, y siempre fuera del alcance total de la humanidad. No se trata de un conjunto de ideas y doctrinas monolíticas e inamovibles, sino una actitud de humildad que se trasunta en la frase: Es lo que conocemos hasta hoy, la verdad presente, pero dejando abierta la puerta para seguir conociendo y aprendiendo. Establecer la lógica de que la verdad absoluta siempre está un paso adelante de todas las verdades que conozcamos.

La primera perspectiva fomenta el orgullo denominacional, la vanidad corporativa, la mezquindad del exclusivismo, el irrespeto a quienes piensan diferente y una actitud que impide conocer más. La verdad está cerrada en un conjunto de doctrinas y dogmas que no admiten análisis de ningún tipo.

La segunda perspectiva contribuye a la humildad de quienes participan del grupo, nadie se siente dueño de la verdad, tampoco actúan de manera sectaria y exclusivista, y sostienen el respeto por todos los seres humanos, que de una forma u otra pueden llegar a conocer verdades que contribuyan a conocer esa gran verdad absoluta que sólo es prerrogativa divina.

El diferir sólo es posible en esta última perspectiva. Si creo que la verdad que tengo es última, absoluta y que no admite análisis de ningún tipo, entonces el diferir se convierte en un acto subversivo y rebelde. Por el contrario, si creo que la verdad es progresiva y que tenemos como humanos sólo vislumbres de la verdad, entonces, el diferir se convierte en una herramienta de conocimiento, que no sólo es fomentada, sino que además es alabada como un acto intelectual decisivo a la hora de ir avanzando en la construcción colectiva de la verdad.

Sólo cuando difieres te darás cuenta de qué grupo participas.


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez

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