¿Cómo me metí en las patas de los caballos?


A veces me preguntó qué se sentirá sentarse a ver lo que ocurre a mi alrededor y no decir nada, ser un simple espectador, como los miles de cristianos que hay en las iglesias, que sólo miran, sin pronunciarse, como diríamos en Chile, "al aguaite"... mirando en qué momento dar la opinión cuando sea más conveniente, no más verdadera, porque las mayorías silenciosas no se interesan mucho por la verdad, sino más bien, por la comodidad.

Un amigo suele exhortarme diciendo que "no me meta en las patas de los caballos", que simplemente, no diga nada, que es mejor seguir la corriente. Con todo lo que aprecio su amistad, detesto su manera de pensar, esa manera de ver las cosas lo único que favorece es la proliferación de la anarquía, el autoritarismo y la limitación o eliminación de la facultad de pensar.

Dios nos concedió la posibilidad de pensar, de dudar, de discrepar, de disentir... todo, por supuesto, en un ambiente de respeto y de búsqueda del bien común.

En el caso de la iglesia, la misión es comunicar el evangelio a todas las personas. La pregunta que me hago es ¿cómo comunicar la verdad de la libertad en Cristo si le enseño a una parte de la humanidad que deben someterse unilateralmente a los varones, simplemente, por ser mujeres? Las antiguas generaciones, dañadas por siglos de mentiras, engaños y dominación, tal vez, podían resignarse y vivir esa imposición. Las nuevas generaciones, no están dispuestas a vivir, algo que Dios no creó, que es simplemente de factura humana y no de origen divino.

Algunos recuerdos y reflexiones que me surgen en esta lucha en la que estoy metido, ya hace casi 30 años.

Mi amiga golpeada

La primera vez que me involucré en un caso de violencia hacia la mujer, fue siendo profesor de una de las universidades donde he trabajado. Nunca dije nada. Me mantuve en silencio. Nadie de la administración nunca supo nada, hasta el día de hoy. En parte, por el pánico que me generó el escuchar la confesión de una amiga sobre el maltrato físico y emocional que recibía de su esposo, misionero, igual que yo, y otra, por mi falta de conocimiento en el tema. Ante la poca experiencia recurrí a un viejo pastor que suponía debía saber más que yo. Con la primera pregunta que le hizo a la mujer supe que había cometido un gravísimo error al haber llevado a ese hombre para que me "enseñara", él le dijo:


-¿No habrá hecho algo usted hermana para provocar el enfado de su esposo?

Es decir, en una sola pregunta la acusó a ella de provocadora y dejó al abusador como una víctima y no como el victimario que era. Mientras ella, me miraba estupefacta y veía mi cara de desconcierto, este viejo y desatinado pastor hizo otra pregunta peor:

-Hermana, ¿está cumpliendo sus deberes conyugales con su esposo con el fin de mantenerlo contento y en paz?

Ahí no soporté más. Me paré, le pedí disculpas a mi amiga, y le solicité cortesmente al pastor que se fuera, le agradecí su "gestión" y prácticamente me arrodillé delante de la mujer para pedirle perdón por tal desatino.

Al día siguiente me dirigí a una ciudad cercana, busqué una organización estatal, y pedí ayuda. Dije derechamente que era pastor, pero que no tenía la más mínima idea de cómo tratar a víctimas de violencia doméstica. Luego de una breve charla donde me enrostraron que los pastores no solían pedir ayuda porque tendían a tapar los casos de violencia, me aceptaron en un grupo de trabajo con el que estuve participando por cuatro años, sin decirle nada a la administración de la universidad donde trabajaba, me convertí en parte de un grupo de apoyo. Me llamaban amablemente "el cura sin sotana", esa fue mi primera escuela, y donde comencé a abrir los ojos a una realidad que hasta ese momento, me parecía lejana y sin mucho que decir. Allí tomé la decisión de no ser partícipe de ningún tipo de acto de violencia. Cero tolerancia a la violencia.

Mi alumna brillante

Siendo profesor de teología, comencé a sentir simpatía por el sufrimiento que tenían algunas de mis alumnas que tenían la osadía de estudiar teología. Siempre fueron pocas. No más de dos o tres por cohorte. Una de ellas, en una de las universidades donde enseñé, ha sido hasta ahora la alumna más brillante que he tenido (lo que incluye a varones). Con una mente inquieta, indagadora, clara, y llena de ideas y nuevas perspectivas.


Poco a poco, su entusiasmo inicial fue apagándose, aunque la animaba una y otra vez, se daba cuenta, por su inteligencia, que era soportada, pero no tolerada. Algunos de mis colegas, simplemente, la excluían y la trataban como una estudiante de segunda categoría. Llegaban incluso a un paternalismo violento-pasivo. Algunos de sus condiscípulos, es decir, mis alumnos, la hacían sentir que estaba fuera de lugar allí, que debía pensar en casarse, tener hijos y no en ser alguna vez una pastora.

Cuando terminó de estudiar, yo había sido invitado a otro lugar, así que me mantuve en contacto con ella un tiempo por correo. Cuando egresó, siendo la mejor estudiante de su promoción, el único trabajo que le ofrecieron fue ser secretaria. Duró dos meses en esa labor, no por orgullo, sino porque sabía que ese no era su lugar. Luego supe, que su jefe en la asociación se sentía intimidado por su inteligencia y a menudo procuraba ponerla en su lugar, como mujer, y le decía que no debía aspirar a nada más. Su maltrato era sutil, pero efectivo.

Al pasar los años abandonó la iglesia, aunque siguió siendo una cristiana a carta cabal. Estudió otra carrera, donde llegó a obtener un doctorado y siguió siendo una lumbrera. Una gran empresa multinacional goza de sus servicios y la causa de Dios perdió a una persona brillante, llena de talentos excepcionales por su único "pecado", ser mujer.

La esposa humillada

Una joven fue a uno de nuestros seminarios, estudió teología, se graduó y se casó con un estudiante de la misma facultad. Él llegó a ser pastor, un buen pastor, pero... sin muchas luces. Una buena persona, pero sin mucha iniciativa ni alguien dispuesto a tomar riesgos... Más bien, uno de esos pastores llamados sólo a atender congregaciones sin mucho potencial ni afán de crecimiento ni tampoco interés en incursionar en ampliar la congregación.


Pero ella, tenía todas las características que él no tenía. Era una líder nata. La gente se sentía atraída por su liderazgo. Era una mejor predicadora. Tenía la habilidad de organizar y planear y su esposo, estaba contento con sus habilidades, de hecho, suplía sus propias debilidades. Sabía dar estudios bíblicos de una forma excelente, se ganaba la simpatía de la gente, y lograba metas que su esposo no podía. Sin embargo, aunque ellos dos eran felices como pareja y no rivalizaban uno con el otro, a él comenzaron a molestarlo porque su esposa "hacía sombra a su ministerio". Poco a poco, fueron impidiendo sutilmente que ella participara activamente. Cuando había que organizar eventos, a ella la dejaban a un lado. A algunos simplemente les parecía inconcebible que ella, como mujer, pudiera ser mejor líder que su marido, que era el pastor.

Fueron arrinconados, desanimados, injuriados, maltratados, hasta que finalmente un día renunciaron al ministerio, partieron a otro país, nunca más tuvieron el entusiasmo de antes, y lo que podría haber sido una luz que floreciera en el firmamento de la proclamación del evangelio se apagó casi completamente. Aún son cristianos, aún aman el mensaje, pero lo hacen desde el silencio de su hogar, alejados de toda iglesia, y los que los acosaron, supongo que creen haber hecho un buen "servicio" a la causa.

La espera agónica

Soy pastor, soy creyente en la Biblia, creo en el evangelio, pero vivo estupefacto por lo que veo y lo que siento es pavor. Hemos olvidado la razón de existir de un movimiento que se hizo fuerte, gracias a la visión de Dios, que eligió a una mujer para liderar el movimiento. El que niegue el liderazgo pastoral de Elena de White en el adventismo o es miope o se autoengaña. Sin embargo, los mismos que no temen en citar profusamente los escritos de una mujer, le niegan a la inmensa mayoría de mujeres el llamado al ministerio, eso, en mi mente, simplemente suena incomprensible, un enigma que sólo lo puedo explicar a partir de la cultura machista, misógina y sexista en la que han sido criados la mayoría de los pastores latinoamericanos, centroamericanos, africanos y asiáticos.


Todos los casos que he contado y los miles que están en mi mente, luego de 30 años de trabajar con matrimonios en crisis, familias quebradas, obreros destruidos, mujeres frustradas, y cientos de alumnas que han visto truncos sus sueños de ser pastoras, me han convencido que limitar a alguien que se siente llamada por Dios al ministerio, es simplemente, otra forma de violencia. Más sutil, pero igualmente certera.

Quise tener algún lugar donde refugiarme para pedir consejo, y maravillosamente encontré a cientos de mentes, que en distintos lugares del mundo, comparten la misma visión de la iglesia:


  • La iglesia debe ser un refugio para todos, sin exclusión de nadie. Excluir y discriminar no es un acto que venga de Dios.
  • Ninguna persona debería sentir que es menoscabada en su dignidad, simplemente, porque es mujer. Cualquier varón se sentiría menoscabado si fuera discriminado sólo por ser varón, y es lo que experimentan miles de mujeres todos los días.
  • Nadie debería ser llamado al ministerio por su género, sino porque se entiende que Dios lo ha llamado o la ha llamado. La iglesia, entre paréntesis, no otorga el don del pastorado, sólo reconoce a quién tiene ese don. Decir "la iglesia me ordenó" es un desatino teológico. Aún recuerdo al Pr. Carlos Mayer en mi ordenación al ministerio, cuando repitió en tres ocasiones esas palabras en el sermón que pronunció el día en que fui ordenado al ministerio, y sigue siendo verdad.
  • El ministerio pastoral no es una profesión. Cuando algunas facultades de teología se convirtieron en cátedras universitarias, más preocupadas de otorgar títulos con reconocimiento estatal, perdieron muchas de ellas, la teología de la misión. Los pastores no somos profesionales del evangelio, somos siervos de Dios al servicio del evangelio. Ser pastor no es una profesión, es un llamado.
  • Pensar distinto, no es morder la mano que nos da de comer. Esa frase, dicha en varios tonos, y repetidas desde ópticas diferentes, sugiere que los pastores no podemos pensar por nosotros mismos, y que estamos llamados a mantenernos en silencio y seguir "lo políticamente correcto", o como me dijo con soberbia alguien hace unos días: "nosotros los laicos les pagamos a los pastores para que enseñen lo que nosotros queremos que enseñen". Con ese pensamiento nunca hubiéramos tenido a un Pablo, a un Apolos, a una Priscila, a una Febe, y a los millones de cristianos que dieron su vida por la defensa del evangelio. La conciencia no se vende. Finalmente, la mano que nos da de comer procede de Dios, y es él el que indica el camino.
  • El evangelio es libertad. Nunca nadie debería sentirse acorralado por seguir a su conciencia. Nadie debería sentirse acusado por ser honesto con lo que cree de la Palabra de Dios. 
Preguntas que merecen una respuesta


  • Si Dios dice que no hace acepción de personas (Romanos 2:11), ¿por qué nosotros si? 
  • Si Dios dice que en Cristo no hay más divisiones de ningún tipo, ni nacionalidad, ni nivel social ni género (Gálatas 3:28), ¿por qué insistimos en hacer divisiones?
  • Si existe el sacerdocio universal de todos los creyentes (1 Pedro 2:9), ¿por qué algunos insisten que las mujeres deben someterse a un varón para que sea su sacerdote?
  • Si el pastorado es servicio y no jerarquía (1 Pedro 5:2), ¿por qué algunos siguen insistiendo en que ser pastor nos pone por sobre el resto de la comunidad cristiana?
  • Si el pastorado es un don (Efesios 4:11), uno más entre los 28 mencionados en la Biblia, ¿por qué algunos insisten en darle al pastorado una relevancia superior a otros dones?
  • Si Dios decide a quién otorga los dones (Hebreos 2:4), ¿por qué algunos siguen sosteniendo que los dones son dados sólo a algunos en virtud de su género y no a otros?
  • Si los dones son dados a la iglesia (Efesios 4:7), ¿en qué parte de la Biblia se sostiene que hay dones para varones y dones para mujeres?


Espero que algún día estas preguntas sean contestadas con honestidad, especialmente por quienes tuercen las Escrituras para sostener jerarquías que no existen, sexismos aberrantes y conceptos que nos tiene en las antípodas de un mundo que hace rato que entendió que hacer discriminación, de cualquier tipo, no sólo es un pecado, también es un delito.

Entendiendo que difícilmente seré comprendido y tolerado por algunos que han hecho de la intolerancia su forma de actuar y de la política eclesiástica su modus operandi, hago mías las palabras de Martín Lutero pronunciadas en la Dieta de Worm


A menos que no esté convencido mediante el testimonio de las Escrituras o por razones evidentes ... me mantengo firme en las Escrituras a las que he adoptado como mi guía. Mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios, y no puedo ni quiero revocar nada reconociendo que no es seguro o correcto actuar contra la conciencia. Que Dios me ayude. Amén.


Dr. Miguel Ángel Núñez 
Leer más

El difícil camino de la equidad



“Ser libre no es meramente deshacerse de las cadenas de uno, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás”. (Nelson Mandela)
 

Estoy batiendo un record, desde hace aproximadamente unos tres meses no pasa un día que no reciba un insulto, aunque estoy suponiendo que es la misma persona que me escribe todos los días y se da el trabajo de leer lo que escribo, aunque no le entra nada y como todo cobarde que se respete, siempre me agrede en privado y como anónimo, una ventaja que da Internet, esconderse, especialmente cuando no se tiene la valentía de defender las convicciones con argumentos, sino como todo pusilánime con insultos y descalificaciones, sin dar la cara.
 

Hoy me trató de “burro” y “blasfemo”, por defender la equidad de género, su fijación mental favorita. Lo lamentable es que se hace llamar “hermano”, “teólogo”, y “defensor de la fe”. ¿Qué pasará por su mente perturbada? Me encantaría conocer al psiquiatra que lo atiende para poder entender la confusión cognitiva que padece.
 

Lo cierto es que hoy se conmemora el “Día mundial de la mujer”, y digo así porque no creo que haya mucho que celebrar. Aún seguimos con algunas diferencias abismantes, no sólo en el trato que reciben las mujeres, sino por la forma en que son observadas por los varones, algunos de los cuales se creen muy “progresistas” y “adelantados a su época”.
 

En casi todos los rincones de la tierra en la jornada se dirán discursos, se hablará de la necesidad de cambio, en otros lugares se harán actos simbólicos como en Chile donde algunas organizaciones han hecho llamados a las mujeres para que vayan hoy a trabajar de luto, porque siguen muriendo mujeres a manos de la violencia machista y sigue habiendo maltrato de quienes diciéndose racionales actúan como seres irracionales.
 

Lo más penoso, es que las instituciones religiosas, las que están llamadas por Cristo  “a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos” y “ poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18), son las que siguen en la tesitura de mantener a una buena parte de sus feligreses “quebrantados” con argumentos de discriminación y violencia simbólica; esclavas de ideas sexistas que pretenden silenciarlas; y “oprimidas” en contextos donde sus derechos humanos no son respetados, empezando por el derecho a ser tratada como un ser humano, independiente del género.
 

Por cierto, muchos de esos religiosos ayunan, porque son fieles, pero han olvidado que el verdadero ayuno es “soltar las cargas de opresión” y “dejar ir libres a los quebrantados” y que “rompan todo yugo” (Isaías 58:6). Pero, perdonémoslos, esa parte aún no la leen.
 

El sábado escuchaba a una inteligente mujer decir en la escuela sabática que le indignaba estar en una iglesia que maltrataba a la mujer y la mantenía sujeta a esquemas patriarcales, pero que había decidido quedarse con la esperanza de que algo cambiara, aunque agregó al final, “pero en algún momento me puedo cansar e irme”. 
Y con pena sé que es el sentimiento de miles de mujeres que pertenecen a congregaciones religiosas donde las tratan como seres humanos de segunda categoría.
 

Lo más desagradable y desconcertante, es que hay miles de mujeres que son líderes de opinión en sus contextos laborales, personas que ocupan cargos de responsabilidad política, laboral y gerancial, pero cuando llegan a la iglesia deben guardar silencio, mientras algunos varones con un discurso paternalista y misógino las conminan a “obedecer a sus esposos” y “someterse al liderazgo masculino” porque así “lo ha decidido dios” y lo pongo en minúscula a propósito, porque no me reconozco en esa herejía, el Dios que adoro “no hace acepción de personas” (Deuteronomio 10:17).
 

Debo reconocer que me avergüenza pertenecer a una iglesia que discrimina. Cuando algunos de mis amigos que no son cristianos me preguntan por algunas prácticas, simplemente, no tengo palabras, guardo un silencio de vergüenza.
 

Cómo explicarle a ellos, por ejemplo, las palabras de un administrador que suele tratar a las mujeres como “hermanitas” y “espositas”, y actúa como aquellos padres que les hablan a sus niños en palabras de bebé porque supuestamente son tan infantiles que no logran entender. Me entristece tener a líderes que aún no han entendido que la Edad Media se acabó.
 

He sido, en los últimos años, discriminado, acusado, injuriado y maltratado por defender la ordenación de la mujer al ministerio pastoral, en las mismas condiciones de los varones. La razón, para mi mente es muy sencilla. No hay dones de primera y segunda categoría en la Biblia. El pastorado es un don, y no existen dones para varones y dones para mujeres, así de simple y contundente. 

Pero la razón de fondo, por la que defiendo con pasión la equidad de género, es porque soy orientador familiar y terapeuta matrimonial, y cada día veo los efectos de un discurso sexista en los matrimonios. Cuando se dice que las mujeres deben ser “protegidas”, “guiadas”, “adiestradas”, “dominadas”, “controladas”, “enseñadas a obedecer”, y otras tonterías similares, y que además, no tienen autorización para liderar, porque son simplemente, mujeres, ni siquiera porque son seres humanos de derecho, en el fondo lo que hacen es autorizar a los violentos a violentar a sus esposas, novias, hermanas, madres, tías y todas las mujeres, porque como varones, supuestamente, tendrían un derecho divino para hacerlo.
 

En los últimos tiempos se ha introducido un machismo cordial, cuando algunos con sonrisas le dicen a las “hermanitas” que deben ser “obedientes” al supuesto mandato bíblico de someterse a los maridos, y en ellos, a todos los varones. Que deben conformarse con ese extraño engendro llamado “ministerio de la mujer”, y quedarse “orando” mientras los varones hacen lo que ellas no deben.
 

Hay mucho que hacer aún, comenzando por educar a hijos e hijas con criterios distintos. Cambiar esquemas mentales discriminadores, comenzando por las mujeres machistas, que con sus actitudes de sometimiento servil validan el sexismo masculino.
 

Quisiera ser parte de una iglesia sin discriminación, donde cada persona sea tratada por el don que ha recibido y no por el género. 

Un lugar de encuentro, donde varones y mujeres nos reconociéramos con dones y talentos, que no nos ponen en una jerarquía uno sobre otro. Pero, aún falta mucho para eso, así que en conmemoración al Día de la mujer, hoy también visto de luto estricto, comenzando por la tristeza que hay en mi corazón al ver tanta dureza de corazón y de mente en tantos varones sin sensibilidad ante lo que ocurre a su alrededor.
 

Lo siento, pero no hay nada que celebrar, sólo reflexionar e intentar hacer la diferencia en el lugar donde nos toca estar.




Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez

#MiguelÁngelNúñez #reflexiones #ensayos
Leer más

Diferir




“Si difieres de mí, hermano, lejos de perjudicarme, me enriqueces” (Antoine de Saint-Exupery)

Cuando se sataniza y se crean mecanismos de culpabilidad para el diferir y hacia quien difiere, entonces, estamos en la antesala de una dictadura. Todos los movimientos religiosos y políticos a través de la historia que han sucumbido a la tentación del fundamentalismo extremo y de la tiranía de las ideas, lo primero que han destruido o eliminado es la facultad de diferir. Cuando eso ocurre, se ciernen nubarrones negros sobre la humanidad.

Asistimos en este momento de la historia, probablemente, al más espeluznante y difícil pasaje de la historia de la humanidad. Algunas de las garantías básicas que se han ganado con sangre, sudor y lágrimas, comienzan a ser cuestionadas por grupos religiosos y políticos que creen que la sociedad avanzará mejor con criterios uniformes y eliminando la posibilidad de la deliberación, la crítica de las ideas, el análisis de las ideologías, y aún más, la examinación profunda de conceptos religiosos y políticos.

Soy creyente, pero nunca he creído que las ideas en las que he creído no ameriten el ser examinadas de manera inteligente, lógica y racional.

Cuando era estudiante de filosofía, el profesor con el que tenía más conflictos, no sólo para comprender sus ideas, sino para aceptar su toma de posición en este mundo era el catedrático que enseñaba la clase de Filosofía Medieval. Se había empapado tanto de las ideas de este período histórico que no aceptaba que nadie osara rebatir alguno de los conceptos expuestos. Mientras todas las demás asignaturas eran deliberantes, críticas y reflexivas, la de él más bien parecía un salón de un convento medieval donde los alumnos sólo tenían que repetir las ideas de algunos grandes pensadores medievales, pero cuyos conceptos me parecían como la clase, medievales.

Los exámenes eran ensayos que había que redactar. Dicho ejercicio duraba varias horas y uno gastaba una media de 10 a 15 páginas en escribir una o dos preguntas que solía hacer, pero que había que desarrollar hasta el más mínimo detalle.

En uno de dichos ejercicios evaluados escribí todo lo que se me solicitaba, unas 12 páginas, y luego, redacté una refutación de otras 10 páginas de algunas de las ideas que expresaban el autor del cual se nos había preguntado. Cuando llegó la hora de la calificación, aún cuando tenía toda mi respuesta correcta me puso la nota mínima con una nota que decía: Usted no tiene ni la capacidad ni la calificación para refutar a tan grandes pensadores, y dudo que alguna vez alguien tenga esa capacidad, incluyéndome.

Hice un reclamo formal al decano de la facultad. Cuando vio mi examen me felicitó y envió un memorandum al docente para que me pusiera la calificación máxima. El profesor de filosofía medieval nunca más se dirigió a mi en clases, y dejé de levantar la mano para opinar, porque para él, simplemente, dejé de existir. Me había atrevido a diferir.


El peligro de un discurso único

Todos los movimientos extremos pretenden tener un discurso único. Se castiga a quien se atreve a encontrar fisuras en un entramado doctrinal o ideológico, o a quien ose expresar no estar de acuerdo con una idea.

Hace poco veía un video de ISIS, el grupo extremista islámico que tanto daño está haciendo en Siria e Irak, asesinando a algunos de sus correligionarios que habían osado diferir y expresado su voluntad de abandonar el grupo. Para los dirigentes de este grupo no hay cabida para pensar por sí mismo y la única salida es la muerte.

Es cierto. En muchos grupos cristianos no se asesina a quienes difieren, al menos, físicamente. Pero, se suele aislar, dejar de considerar un interlocutor válido y desaparecerlo dentro del movimiento, simplemente, por atreverse a plantear algo distinto al grupo en cuestión. Es una especie de asesinato virtual y social, con el fin de no escuchar a quien tiene algo que decir, pero que difiere de la masa del grupo religioso.

Cuando en un grupo se da un sólo discurso que no admite análisis ni reflexión, que se lo impone como el único discurso válido, entonces, se está ante las puertas del fundamentalismo más extremo, de la dictadura de pensamiento y de una cultura de imposición. El que no se somete, corre riesgo de ser expulsado, excomulgado, defenestrado, aislado, exiliado y en casos más extremos, asesinado.

La ciencia, las humanidades, la tecnología y las más diversas áreas del saber avanzan no por mantener un pensamiento único y pétreo, sino por atreverse a ventilar diferencias, por exponer dudas, por plantear teorías, por exponerse a ir más allá de lo conocido. Si existe un pensamiento único, entonces, no hay avance, al contrario, lo que queda es estancamiento, frustración en quienes quieren aprender y anquilosamiento del saber. Se elimina el análisis y la reflexión. Se acaba la investigación y la exploración.

Cuando eso ocurre en las religiones nos enfrentamos al caos del fundamentalismo, la miopía de la literalidad, la perversión del fanatismo y la vesanía de la persecusión a los que no apoyan la visión monolítica de sus creencias y prácticas.

Para mantenerse sanos, desde el punto de vista psicológico y emocional, pero también desde la perspectiva doctrinal, una religión debe estar constantemente abierta al escrutinio, al análisis, a la reflexión, a la crítica de sus bases ideológicas, y a la instrospección profunda de los ideales que la conforman.



Verdad progresiva

Hay dos formas de encarar la verdad. Los grupos fundamentalistas, con tintes fanáticos y cerrados, conciben la verdad como un conjunto de dogmas y doctrinas que no se pueden discutir, analizar ni examinar críticamente. Sus ideas son inamovibles y se persigue y moteja a cualquiera que se atreva a siquiera sugerir un pequeño cambio en el entramado doctrinal. Religiones de este estilo han sido las causantes del retraso científico en el pasado, pero además, de las más aberrantes formas de persecusión y destrucción de quienes piensan distinto, algo como lo que vive ISIS en oriente medio.

La otra perspectiva, la menos común, pero la más sana es entender que la verdad es absoluta, que pertenece al ámbito de la divinidad, y los seres humanos sólo pueden acceder a ella por medio de vislumbres. Eso implica que la verdad siempre está abierta para ser descubierta. La comprensión de esa verdad absoluta es progresiva, y siempre fuera del alcance total de la humanidad. No se trata de un conjunto de ideas y doctrinas monolíticas e inamovibles, sino una actitud de humildad que se trasunta en la frase: Es lo que conocemos hasta hoy, la verdad presente, pero dejando abierta la puerta para seguir conociendo y aprendiendo. Establecer la lógica de que la verdad absoluta siempre está un paso adelante de todas las verdades que conozcamos.

La primera perspectiva fomenta el orgullo denominacional, la vanidad corporativa, la mezquindad del exclusivismo, el irrespeto a quienes piensan diferente y una actitud que impide conocer más. La verdad está cerrada en un conjunto de doctrinas y dogmas que no admiten análisis de ningún tipo.

La segunda perspectiva contribuye a la humildad de quienes participan del grupo, nadie se siente dueño de la verdad, tampoco actúan de manera sectaria y exclusivista, y sostienen el respeto por todos los seres humanos, que de una forma u otra pueden llegar a conocer verdades que contribuyan a conocer esa gran verdad absoluta que sólo es prerrogativa divina.

El diferir sólo es posible en esta última perspectiva. Si creo que la verdad que tengo es última, absoluta y que no admite análisis de ningún tipo, entonces el diferir se convierte en un acto subversivo y rebelde. Por el contrario, si creo que la verdad es progresiva y que tenemos como humanos sólo vislumbres de la verdad, entonces, el diferir se convierte en una herramienta de conocimiento, que no sólo es fomentada, sino que además es alabada como un acto intelectual decisivo a la hora de ir avanzando en la construcción colectiva de la verdad.

Sólo cuando difieres te darás cuenta de qué grupo participas.


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez

#MiguelÁngelNúñez #reflexiones #ensayos

Leer más

Oración de un buscador


Dame paz Señor para no ser alterado por los insultos de quienes defendiendo tu verdad, maltratan.

Dame paciencia, para no usar las armas descalificadoras de quienes confundidos tienen ojos inyectados de ira, porque lo que creen como verdad no es aceptado por otros.

Dame Señor la serenidad del Maestro que supo amar aunque era odiado, que supo desear el bien aunque era maldecido, que deseó lo mejor a quienes querían apedrearlo.

Dame, amado Dios, la palabra justa para responder la andanada de imprecaciones que salen de labios de quienes creyendo defender tu honor actúan como hijos del demonio.

Te ruego Señor, dame paz para no ser invadido por la oscuridad de quienes creyendo defenderte sólo agreden y violentan.

Dame Señor la tranquilidad de espíritu que se necesita para amar sin odiar a quienes creyendo actuar en tu nombre usan las armas del enemigo.

Te imploro Señor, hazme un artífice de luz, en medio de la oscuridad fundamentalista y fanática que ha penetrado en las filas de quienes creyendo defenderte han errado el camino que tú marcaste, la senda del amor y de la bondad.

Dr. Miguel Ángel Núñez
Leer más

El elogio de la persecución


Jesús fue acusado de sedicioso, blasfemo, apóstata, idólatra, seguidor de Beelzebú, conspirador, alterador del orden público, destructor de los valores tradicionales, malversador de la Escritura, y un sin fin de epítetos insultantes que fueron escondidos entre palabras de buena crianza y eufemismos de religiosos que creían estar por sobre la verdad y la honestidad de un mensaje pristino y limpio de política e intereses de poder.

¿Qué hizo Jesús que ocasionó tal reacción de los religiosos de su tiempo? Simplemente, defender al que no tenía voz, ser la lengua de los despreciados, los marginados, los hundidos en la tradición de la condena y la exclusión ideológica.

Trajo alegría y paz a las mujeres que habían estado aplastadas por un sistema que las consideraba apéndice masculino sin valor en sí mismas. Les enseñó a creer en sí mismas y les presentó la luz al final del túnel.

Alivió el sufrimiento de los enfermos que eran despreciados y humillados por el orgullo de quienes consideraban que la enfermedad era castigo de Dios.

Puso fin a siglos de dolor de los pobres que además de su pobreza, eran engañados haciéndoles creer que su pobreza era una maldición de Dios que no los consideraba aptos para ser prósperos y ricos.

Recuperó la humanidad secuestrada por religiosos que se habían arrogado a sí mismos el derecho de discriminar y excluir a quienes no participaban de sus prejuicios.

Cristo vino a liberar. Su mensaje fue liberador. Los esclavistas de todos los siglos siempre se han manifestado en contra de los defensores de la libertad. No fue extraño que a Jesús lo persiguieran.

Por algún tiempo creí que los insultos de quienes maltrataban a Jesús eran una forma burda de intentar acallar la voz de Cristo. Ahora entiendo, que eran simplemente una forma de elogio, no sabían cómo reaccionar a algo que sabían que estaba bien, pero venía a destruir todo aquello que habían construido y la vanidad se alza tan alto que reconocer que no se tiene fuerza moral para defender lo indefendible, al final lo único que logra es dejar inerme y de allí el insulto, simplemente, se convierte en una forma vulgar de gritar ante lo que no se puede detener.

La persecución a Cristo fue sólo el colorario de una vida que no podía ser negada. Los libres atestiguan sobre el poder de la libertad. Los esclavistas aún siguen gritando y aullando por el temor que les produce la rebelión de los esclavos.

Toda mujer que se libra de la esclavitud del machismo, del sexismo y de la discriminación, es simplemente, una estocada a los esclavistas que no saben cómo reaccionar más que con la persecución.

Benditos entonces los perseguidos, ciertamente una señal ineludible de que van por buen camino. La libertad está cerca por eso los esclavistas aumentan sus aullidos estentóreos.

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
Leer más