El “silencio” de Dios

La mayoría de quienes han decidido no creer en Dios justifican su elección con preguntas como: “¿Por qué permite Dios tal cosa?” “¿Por qué guarda Dios silencio?” Los creyentes respondemos que Dios no causa el sufrimiento, sino que el mismo ser humano se mete en tales situaciones que después ha de arrostrar las consecuencias.

Un concepto que a muchos les cuesta entender es que Dios respeta absolutamente la voluntad humana hasta un punto que se nos escapa. Él no espera que los seres humanos actúen de acuerdo a su voluntad por decreto.



El problema se suscita cuando intentamos entender el modo de actuar de Dios. En nuestra presunción, pretendemos aclarar todos los misterios divinos, sin darnos cuenta de que eso es una tarea tan titánica e imposible como meter todo el océano en un solo vaso. La mente finita es incapaz de abarcar el infinito. Al no entenderlo, el hombre opta simplemente por expulsar a Dios…

El que se decide a creer confiará en Dios, entienda o no sus designios porque sabe que lo absoluto tiene razones que la razón humana no comprende, pero eso no invalida a Dios. Es justo esa supremacía lo que lo hace Dios.

Muchos cristianos se ven acosados por las dudas sembradas por los incrédulos y de pronto dejan el mundo de la fe... Quisieran volver a los tiempos del Antiguo Testamento, pararse frente al Sinaí y escuchar la voz de Dios, clara y profunda, diciendo lo que hay que hacer y los motivos de sus acciones. Incluso tras orar, muchos quisieran oír a Dios diciéndoles nítidamente al oído qué deben o no deben hacer. El deseo es natural. No hay nada malo en desear una respuesta audible de Dios. El problema se suscita cuando este anhelo se vuelve exigencia. Es entonces cuando comenzamos a transitar la frontera del escepticismo y actuamos con Dios como si él nos debiese algo. Como si estuviera obligado a actuar de acuerdo con nuestros deseos.

Cuando se entra en el camino de las exigencias olvidamos fácilmente quién es Dios y, por contraste, quiénes somos nosotros. Olvidamos la soberanía de Dios y su poder para decidir qué es mejor para nuestras vidas.

Cuando vienen las crisis y nos molesta no recibir respuestas rápidas a nuestras demandas, todo el andamiaje teológico que hemos construido se derrumba. Eso lleva a muchos a creer que Dios simplemente no escucha y que ha olvidado a sus hijos. De ahí a la incredulidad hay un paso.

Algunos creen que la relación con Dios es una especie de contrato en el que a cambio de ser cristianos Dios tiene que responder a todas nuestras demandas.

Pretender controlar las decisiones de Dios es tan infantil como efectuar una pataleta para lograr que mi padre me dé un caramelo. Dios no se deja intimidar por nuestras actitudes. Él no permite la manipulación porque él no manipula jamás.

En lugar de exigirle, haríamos bien en pararnos a pensar en todo lo que nos ha dado. Mirándonos a nosotros mismos, nos daríamos cuenta de que le debemos más a él de lo que nos parece que él nos debe.

Dios escucha cada una de nuestras oraciones, siempre. Cuando se examina la conducta de Jesús, máxima revelación de

Dios, observamos algo sorprendente que nos da luz acerca de la forma en que Dios actúa. A menudo, ante las preguntas y exigencias de sus detractores, las respuestas de Cristo dejaban perplejos a todos...

Nicodemo le pregunta "cómo nacer de nuevo" y él le habla del viento. Cuando una mujer pretende discutir de judíos y samaritanos, Jesús le habla de su marido. Un hombre inquiere “¿Quién es mi prójimo?” y Cristo le cuenta una historia que probablemente todos conocían. Cuando Pilatos lo interroga, Jesús calla. En estas respuestas y silencios hay una forma de actuación divina que deberíamos aceptar.

Dios no ve lo que ve el ser humano. La visión divina abarca mucho más. Su mirada siempre está proyectada hacia la eternidad. Dios ve los motivos ocultos, las heridas secretas, los pensamientos disimulados, las intenciones dobles, el gesto enmascarado… Dios ve lo que nadie más ve.

Él sabía que Pilatos no necesitaba respuesta. Entendía que la mujer samaritana no necesitaba teología, sino curar sus heridas. Sabía que aquel escriba arrogante precisaba una respuesta dialéctica. Sabía que lo que Nicodemo necesitaba era doblegar su mente a la influencia del Espíritu Santo. Él sabe lo que hay detrás de tu oración, incluso aunque tú mismo no lo entiendas. ¿Por qué simplemente no le dejas a él que sea Dios? De todos modos siempre te va a contestar, aunque no sea exactamente como tú lo esperas, pero sin duda su respuesta será la mejor para ti… ¡Siempre!

3 comentarios:

  1. "Amén, hermoso artículo Pastor. Dios lo siga bendiciendo para que de esa manera pueda llevar a otras personas hacia la única fuente de esperanza. "

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  2. creo q todos nosotros a veces los creyentes , queremos cuando necesitamos respuestas , las queremos ya y en tiempo y forma , es como q nosotros exigimos la forma de q queremos las respuestas , para dios es todo lo contrario . los tiempos de dios no son los mismo de nosotros el no conoce mas q a nosotros mismo y si confiamos en el , seguramente nos mostrara el mejor camiino .estoy terminando de leer tu libro un nombre nuevo , muy lindo !!!!

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  3. Miguel Angel, este artículo me gustó muchísimo, ahora más que nunca, por todo lo que estamos pasando aquí en Chile con lo del terremoto, necesitamos entender ciertos conceptos de Dios. Cuando uno anda en la calle o en los supermercado y siente réplicas escucha a la gente decir: "Dios está enojado con nosotros, al parecer esto no pasará nunca". Es verdad que aquí en Concepción, donde fue el epicentro, la gente está muy desconcertada, asustada, insegura, pero también muy confundida religiosamente.
    Muchas gracias por tus artículos, un abrazo,
    Mirna.

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