Más amor que sexo


En torno a los adolescentes se tejen muchos mitos. La mayoría de estos mitos están relacionados con ideas que han surgido del mundo de las comunicaciones que sin hacer estudios serios se lanzan a propagar informaciones desprovistas de verdad.

Es innegable que un gran número de adolescentes son sexualmente activos; desconocer dicha realidad es cerrar los ojos frente a algo que no se puede negar. La gran cantidad de adolescentes que mantienen relaciones sexuales ha llevado a muchos a pensar que lo que más buscan los adolescentes es la actividad sexual; sin embargo, eso no es cierto. Si lo analizamos a fondo y logramos conectar con los adolescentes, lo que descubrimos finalmente es que lo que los adolescentes buscan, en primer lugar, es sentirse amados y aceptados.



Un estudio realizado en Chile entre adolescentes embarazadas demostró que el 95% de ellas mantuvieron relaciones sexuales por una gran carencia afectiva y una enorme necesidad de sentirse amadas y queridas. Sin embargo, quienes lo ven desde afuera prefieren creer que el problema es la promiscuidad, cuando en realidad dicha premisa es falsa.

Josh McDowell, en su libro Mitos de la educación sexual, presenta seis mitos en torno a la relación sexual de los adolescentes. Uno de esos mitos es que los adolescentes quieren tener más sexo que amor. McDowell cita un estudio realizado entre chicos de 12 a 14 años que mostró que la mayoría de los adolescentes
sostiene que su mayor necesidad en educación sexual era “aprender a decir “no” ante las presiones sexuales”.[1] Muchos chicos y chicas, en su búsqueda de intimidad y afecto, llegan a implicarse sexualmente porque piensan, equivocadamente, que decir “sí” al sexo es dar un paso hacia un mayor compromiso
afectivo.

Los temores de los adolescentes

Los dos temores más profundos de los adolescentes son: temer que nunca serán verdaderamente amados, y que no podrán amar realmente a alguien. Este temor se ve reforzado por la gran cantidad de fracasos que
ven en su entorno. Padres, amigos, profesores, personajes famosos fracasan en sus relaciones afectivas, y ellos se preguntan: ¿Qué esperanza tengo yo? ¿Cómo voy a saber amar realmente?

Como bien afirma McDowell, el amor no es un sentimiento sino una acción que hay que aprender. El ambiente donde se debería aprender a amar es el hogar.

Sin embargo, cuando las estadísticas nos dicen que uno de cada dos matrimonios acaba en divorcio[2] y que una gran cantidad no se divorcia, pero mantiene una vida de constante odio, agresión y violencia física y emocional, nos encontramos ante una generación que carece de modelos de amor que le ayuden a vivir de tal modo que puedan tener esperanzas de aprender.

Carencias de los adolescentes

En medio de esta situación, la carencia adolescente más profunda de hoy es la seguridad de ser amados. En un estudio realizado con jóvenes, una de las cuestiones planteadas era “¿Qué pregunta querrías que tus padres contestasen con total sinceridad?”[3] El 70% respondió sorprendentemente: “¿De verdad me quieres?".

Honestamente, muchos padres aman a sus hijos; sin embargo, sus acciones son tan incoherentes que sus hijos simplemente no les creen. Por lo tanto, dicha carencia es suplida fuera del hogar y de ahí a comprometerse
sexualmente hay un paso.

¿Cómo prevenirlo?

El remedio no es la información sexual. Ése ha sido el error que han cometido muchos estados que han creído, ingenuamente, que la información por sí sola va a producir adolescentes responsables de su sexualidad. Lo que los adolescentes necesitan es un ambiente familiar que les asegure que son amados y queridos de manera incondicional. Esto implica tener padres que no sólo estén preocupados por el desarrollo físico de sus hijos, sino que estén presentes en su vida de manera plena.

No importa qué edad tengan los hijos, lo que necesitan es tiempo y atención. Amar no sólo con palabras, sino con hechos concretos que ayuden a nuestros hijos a enfrentar las presiones sexuales de sus parejas porque no dudan del afecto que reciben en sus hogares.

A menudo, las madres tienen más facilidad para demostrar afecto a sus hijos; sin embargo, los padres, frecuentemente, se muestran irresponsables en este ámbito tan fundamental. Existe un círculo vicioso que es difícil de romper: hombres y mujeres que han recibido poco afecto en sus hogares de origen, luego tienen dificultades para aprender a expresar emociones afectuosas en la intimidad de sus hogares. Y, si a eso agregamos el mito absurdo gestado en un machismo enfermizo de que los varones no deben expresar sus emociones, estamos ante un cuadro pasmoso de una sociedad que tiene muchas ideas respecto a cómo solucionar problemas tecnológicos, pero lo más profundo, la necesidad de amar y ser amado, simplemente no se vive.

Los adolescentes, aunque no sean capaces de expresarlo con total libertad, preferirían “estar enamorados
cuarenta años que enamorarse cuarenta veces”. Quieren tener una relación permanente y duradera. Anhelan desesperadamente ver parejas plenas, viviendo juntos en amor, matrimonio y compromiso de familia.

Sin duda, los adolescentes quieren más amor que sexo. Sostener lo contrario es, simplemente, no entender.

Referencias

[1] Josh McDowell, Mitos de la educación sexual (Barcelona: Clie, 1992), 25.

[2] Ibíd., 26.

[3] Ibid., 27.

3 comentarios:

  1. Lo que ocasionan las carencias afectivas en el hogar es increible.

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  2. Tiene razon ...todo ser humano busca o espera ser amado y aceptado y de ahi parte todo.

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  3. lo que dice es muy sierto

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