Severidad, adolescencia y religión

  • Ariel tiene 17 años y no asiste a la iglesia. Siempre tiene una excusa para no ir. No lee la Biblia y no participa en ninguna actividad religiosa. Cuando alguien lo increpa por esto siempre reacciona con hostilidad. En general es tranquilo, no obstante, en asuntos de religión su desagrado es evidente. 
  • Melissa es una hermosa adolescente de 16 años. Es una buena estudiante y muy popular entre sus compañeras. En el colegio tiene clases de religión, sin embargo, aunque es dócil en las otras asignaturas en esta clase en particular, suele ser fría y distante. Constantemente rebate al profesor y hace comentarios mordaces. Actúa como si aquello fuera una pérdida de tiempo. 
  • Gerardo tiene 18 años. A juzgar por su apariencia no tiene contacto con iglesia alguna, pero, se ha criado en un hogar cristiano. Es mordaz, altanero y hasta grosero cuando se trata de religión. Suele hacer todo lo contrario de lo que se espera de él por pertenecer a una familia cristiana. 
Estos casos son reales, aunque los nombres sean ficticios. Estos tres jóvenes tienen varios elementos en común:
  • Provienen de hogares cristianos cuyos padres han intentado vivir de acuerdo a normas cristianas. 
  • Los tres se criaron en la iglesia. Conocen las normas y principios que la Iglesia enseña. 
  • Durante su niñez y al comienzo de la adolescencia no dieron muestras de rechazo a la religión. 
  • De pronto han rechazado la religión de sus padres haciendo que los adultos que los rodean no sólo se escandalicen sino que también se confundan. 
¿Por qué razón ocurre esto? ¿Qué sucede en la vida de un joven para que llegue a tener esta actitud hacia la religión? ¿Qué factor desencadena esta conducta?

Buenas intenciones mal encauzadas

A fines del siglo pasado, Elena G. de White escribiéndole a un gerente de un sanatorio que tenía la responsabilidad de cuidar y supervisar a varios adolescentes le escribió diciendo:

“No de lugar a una partícula de severidad. No de órdenes estrictas a los jóvenes. Son estas reglas y mandatos exigentes los que a veces los conducen a sentir que deben hacer (y harán) las cosas que se les recomienda no hacer.

No provoque la ira de los jóvenes. No atize en ellos el impulso de actuar en forma temeraria, haciendo acusaciones injustas y tratándolos con dureza. Muchas veces los que debieran saber cómo tratar a los jóvenes, los impulsan a apartarse de Dios mediante actos y palabras imprudentes”.[1]

Ella no era experta en psicología adolescente, pero, planteó, por inspiración divina, un principio que hoy es sostenido por la moderna psicología en relación a la aceptación de la autoridad y los valores que está autoridad representa: Mientras más rígida y autocrática sea la forma en que se aplique la autoridad religiosa, especialmente cuando se la combina con severidad e impaciencia, más rechazará el joven la religión.[2]

Independencia y control

Muchos adultos suelen asustarse con las muestras de independencia que los adolescentes manifiestan. Sin embargo, es natural que todo joven intente descubrir quién es él como persona. Este intento de lograr un sentido de identidad lo lleva, naturalmente, a preguntarse y cuestionar muchos de los valores que ha recibido desde niño. Evidentemente, todo adulto pasó también por este periodo, aunque la mayoría suele olvidar los conflictos que enfrentó en esta etapa y todas las luchas que estableció para emanciparse.

Todo adolescente normal cuestiona los valores que hay en su entorno para poder llegar a asimilarlos como propios. Estas “rebeldías” se relacionan con las interrogantes acerca de su propia identidad. No obstante, si los padres, o los adultos que le rodean, no entienden esta natural necesidad de emancipación y, si por el contrario, combaten el proceso, intentando forzar al adolescente a aceptar un determinado patrón conductual o un sistema de valores, sin permitir que encuentre su camino de identidad, lo que van a provocar es que el adolescente se aparte del mundo del adulto, especialmente de sus valores y, sin duda de su religión. No es un asunto contra la religión propiamente tal, sino una lucha contra la autoridad que la representa.

Severidad mal entendida

Muchos confunden el ser firmes con la severidad. Elena G. de White advierte a quién hace uso de la severidad como medio para lograr la aceptación de un determinado patrón valórico. Las “reglas y mandatos exigentes”[3] –como ella las llama- lo único que provocan es rechazo de parte del joven.

La severidad, resulta innecesaria cuando se dialoga y, por sobre todo, cuando se vive de tal modo que los jóvenes ven en la vida del adulto un discurso coherente. Es decir, concordancia entre lo que se dice y lo que se hace.

“Los actos y palabras imprudentes”[4] de los adultos, provocan más deserciones de la religión que cualquier otra cosa. Los jóvenes, que esperan ver en los adultos un trato cordial, respetuoso y justo, suelen sentirse frustrados cuando ven lo contrario.

Conozco a los padres de Ariel, Melissa y Gerardo. Nadie diría que no son honestos, por el contrario, tienen un deseo sincero de que sus hijos se salven, no obstante, sus actitudes personales han terminado por provocar todo lo contrario de lo que pretenden, han alejado a sus hijos de Dios. Suelen ser severos, criticadores, asumen una actitud inquisidora con sus hijos, no toleran sus preguntas y, suelen creer que los cuestionamientos son herejías de mentes enfermas, cuando en realidad, son reacciones normales de jóvenes que intentan poner en orden su mundo y tomar las decisiones que los harán ser adultos.

Todos los estudios al respecto demuestran que cuando se intenta imponer un determinado patrón de valores religiosos a un joven, lo único que se provoca es una reacción de hostilidad hacia la religión.[6]

Qué hacer

1. Escuche. Nos cuesta mucho escuchar. Nos gusta dar sermones. Pero, ese no es nuestro rol, sino, ser compañeros y amigos de nuestros hijos.

2. No juzgue. Ni Dios lo hace con nosotros, ¿qué derecho tenemos de hacerlo con otros? Aunque su hijo se equivoque, sólo el amor logrará atraerlo, nunca los juicios implacables ni las palabras mordaces.

3. Confíe. Todo joven necesita que tengan confianza en él, en parte, porque él está desesperadamente intentando confiar en sí mismo y en sus posibilidades de vida. Confiar produce mejores resultados que sospechar.

4. Haga un trato sincero. Dígale a su hijo o a su hija, prometo no gritarte, o no darte sermones, pero, tú tienes que cumplir tu parte en respetar las normas de nuestra casa. Luego acuerden mutuamente cuales serán las consecuencias de no cumplir lo que debe. No imponga, simplemente, haga un acuerdo. En general los adolescentes responden bien a los acuerdos cuando son justos, razonables y no impuestos con arbitrariedad.

5. Ore pidiendo sabiduría. Ore pero, dígales con ternura que lo hace. Que ellos sepan que su amor por ellos hace que usted se una a Dios constantemente en oración para pedir sabiduría y hacer las cosas bien.

6. Únase a sus intereses. Es cierto que la música que a usted le gusta es otra, pero, ¿sus padres gustaban de la misma música de usted cuando era adolescente? Tal vez ganaría más diciéndole a su hijo te compré un CD de los Faith First, Heritage Singers, o de otro conjunto o cantante cristiano moderno, antes que estar criticándolo con la cantinela “en mi tiempo la música si que era bonita”.

Conclusión 

El amor de Dios es tan inconmensurable y profundo que ninguno de nosotros sería capaz de expresarlo en palabras, sin embargo, Dios nunca impone, el no actúa con arbitrariedad, no nos juzga por un momento. Al contrario, tiene por nosotros una paciencia infinita, nos respeta al grado que acepta que le digamos no, nos tiende la mano aún cuando nosotros la rechazamos. No nos abandona ni siquiera cuando lo mereceríamos. ¿Por qué deberíamos actuar con nuestros hijos de manera diferente?

Referencias

[1] Elena G. de White, Medical Ministry (Mountain View, CA: Pacific Press, 1963), 180.

[2] Roger Louis Dudley, “Hostilidad de los Adolescentes Adventistas hacia la Religión”,
Renovación, 1 (1981):7.

[3] White, MM, 180.

[4] Ibid.

[5] Roger L. Dudley,
Passing on the Torch: How to pass your spiritual values on to your children and teens (Washington: Review and Herald, 1986), 67-68.

6 comentarios:

  1. Pastor muy buen articulo, espero algun dia volver a verlo, bendiciones!

    ResponderEliminar
  2. La verdad pastor, cuántos padres necesitan leer este oportuno artículo!
    Si a Ud. le place, lo compartiré con mis amigos. Gracias otra vez!

    ResponderEliminar
  3. Judith Salmanton Farias2 de abril de 2010, 20:21

    Es maravilloso!!

    ResponderEliminar
  4. Interesante justo lo que queria saber, gracias

    ResponderEliminar
  5. muchas gracias, por ayudarnos a ser padres y a estar dispuesto a ayudar a otros.-

    ResponderEliminar
  6. Extraordinario articulo, solicito su permiso para compartirlo con mi iglesia Gracias

    ResponderEliminar

Tus comentarios son importantes, opina por favor