Diez razones por las cuales asesinaron a Cristo


La muerte de Cristo fue propiciada por una conspiración político-religiosa. Facciones rivales que no compartían entre ellos y luchaban por el poder se unieron con un objetivo común, hacer que desapareciera Jesucristo de la escena pública. Fariseos, sacerdotes y escribas se reunieron y planearon su asesinato. ¿Por qué? ¿Qué pasó en sus mentes que participaron en este delito? ¿Cómo es que anularon sus conciencias? Aquí algunas de las razones que los impulsó a realizar esta confabulación para realizar este hecho deleznable.

1.       Todos ellos estaban tan imbuidos de justicia propia que no sentían la necesidad de un Salvador personal. Creían que sus obras buenas eran suficientemente meritorias. Jesús aparecía como innecesario. Incluso, Cristo ponía en peligro todo su entramado religioso, puesto que a él poco le importaban las formas y el aparato ceremonial para obtener salvación. Eso era inadmisible en sus mentes cerradas a cualquier otra idea. No podían dejarlo vivir, eso atentaba contra su montaje pseudo-espiritual.

2.       Se sentían ofendidos porque Jesús no los consideraba como correspondía a su supuesta categoría de dirigentes del pueblo. Cristo no tuvo un séquito de lobistas profesionales ni hizo relaciones públicas, tuvo la osadía de decirles en su cara que él no los consideraba sus superiores, y que sólo Dios tenía poder sobre su conciencia. Tuvieron miedo que esa actitud se propagara entre el pueblo y perdieran autoridad.

3.       Cristo se juntaba con prostitutas, despreciados, pobres, extranjeros y enfermos. Eso era indigno de cualquiera que se considerara puro y escogido por Dios. Había que sacarlo del medio, el pueblo lo seguía y las amenazas, el terror y la prepotencia de la dirigencia sacerdotal no estaba haciendo efecto, Cristo se convirtió en un estorbo. Desafió el poder. Se puso en el camino de quienes tuvieron miedo de que su actitud fuera a socavar su autoridad temporal.

4.       Cristo no pedía limosnas, ofrendas ni dinero de ninguna forma. Al contrario, animaba a dar a los necesitados y ayudar a los pobres. Eso era un atentado para el status quo y una manera de hacer decaer las arcas de los sacerdotes y fariseos. En muchos sentidos, representaba al revolucionario que se atreve a poner en jaque el poder. Su acto en el templo, al expulsar a los cambistas y comerciantes, fue la gota que rebasó el vaso.

5.       Cristo los llamó “sepulcros blanqueados”, “generación de víboras”, “guías de ciegos”, “hipócritas” y “mentirosos”. Al ser desenmascarados entendieron que Jesús nunca podría ser manipulado por sus zalamerías, comprendieron que la conciencia de Cristo no podría ser comprada, eso ponía en jaque toda su estructura clerical y el poder político-religioso que habían montado, por eso, había que sacarlo de en medio.

6.       Comprendieron que la autoridad de Jesús provenía de su carisma, no de su rango, estirpe, educación o abolengo. Eso los hizo titubear acerca de los argumentos que ellos utilizaban para defender su propia autoridad. Fariseos, escribas y sacerdotes provenían de escuelas famosas, habían tenido grandes maestros, tenían familias de apellido, poseían riquezas y eran a todas luces, hijos privilegiados de la época. Jesús era hijo de un carpintero sin estirpe, de un pueblo de una provincia olvidada y no se conocía maestro que lo hubiese educado, era peligroso apoyarlo, podría a otros ocurrírseles que la autoridad tenía otra fuente.

7.       Jesús era políticamente incorrecto. No le hacía venias a los políticos ni a los religiosos del momento, ni siquiera hacía visitas protocolares a las autoridades. Tenía el descaro de llamar “zorra” al rey y dejaba en ridículo a quienes creían que debían ser respetados por su estirpe social. Vestía como un jornalero y se juntaba con gente de poca relevancia social. Esa actitud, no era la mejor para hacer propaganda a las ambiciones de quienes anhelaban recibir una tajada del poder y de la riqueza que los tiranos del momento permitían, como migajas, a quienes eran esbirros de su señorío. Jesús, definitivamente, no calzaba con la época ni con las formas políticamente correctas que había impuesto el Establishment.

8.        El problema no era que se decía “hijo de Dios”, al final todos lo somos. El verdadero dilema es que Jesús realmente actuaba como si lo fuera y obraba de tal forma que cualquier persona podría creerle. Eso ponía en duda las pretensiones de los religiosos de la época que proclamaban para si las bondades de Dios y aterrorizaban a otros con conceptos relativos a la divinidad en términos diferentes a los enseñados por este predicador itinerante. Ellos hablaban de lago de fuego, infierno y tormentos. Jesús venía con un mensaje de esperanza, amor y equidad. A todas luces, era malo para el negocio, habría menos acólitos a quienes aterrorizar y menos recursos que conseguir.

9.       Los argumentos de Jesús eran convincentes, lógicamente coherentes y basados en las Escrituras. Los religiosos de su tiempo se sintieron amenazados por su conocimiento profundo de las Escrituras. Entendieron que ya no podrían manipular más los escritos sagrados a su favor, Jesús se convirtió en un problema. La gente común comenzó a darse cuenta que este predicador itinerante conocía algo que se les había negado durante mucho tiempo.

10.   Jesús no era ambicioso. No se le conocía alguna intención política. Se dieron cuenta que su voluntad no tenía precio. Que nada podría hacerlo cambiar de opinión. Entendieron que no sería un aliado de sus ambiciones políticas. Comprendieron que sólo podrían seguir en sus juegos de chantaje, corrupción y ambición de poder, si él desaparecía. Matarlo, para sus mentes corruptas, no era problema, por eso, inventaron causas políticas, para que Jesús, que nunca ambicionó el poder, muriera como un mísero sedicioso y conspirador hambriento de dominio. Vivió con carisma y sin ambición. Murió como un perseguido político, porque sus enemigos, no encontraron una razón adecuada para acusarle.

Al final, lograron su cometido, participaron activamente en su asesinato, aunque nunca pudieron, hasta hoy, apagar la llama que Jesucristo encendió.

Aunque la historia no es cíclica, siempre los hechos tienden a repetirse y los mismos vicios de ayer afloran hoy, a veces con más fuerza y de maneras más sutiles, siempre atentos a sacar del medio a quien represente los valores del predicador itinerante de Galilea.

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