Nunca más

Hay momentos en la vida en que la mente toma una fotografía. Una imagen para ser constantemente recordada en los años siguientes. Una de esas estampas que de tanto mirarlas y volverlas a mirar se ajan con el paso del tiempo.

Estaba en el aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires, Argentina. Tenía que esperar al menos cuatro horas para que el vuelo partiera. Aunque eran las dos de la mañana había tanta gente como a pleno día. Desde el segundo piso, en donde estaba, me entretenía mirando a las personas que hacían filas frente a los mostradores para verificar sus pasajes.



Trataba de imaginar qué sería de sus vidas y hacia donde iban.

Un rato después me senté y saqué un libro. No quería dormir y no tenía nada más que hacer.

Estaba enfrascado en la lectura cuando de pronto se sentó una anciana de cabello blanco frente a mí. Levanté brevemente la cabeza y vi con asombro que ella me sonreía. A continuación me dijo:

—Yo también leí ese libro. Es muy bueno.

—Si ella escribe muy bien ––repliqué, refiriéndome a la autora de la novela que tenía entre manos.

En unos pocos instantes, nos vimos enfrascados en una interesante conversación, sobre literatura y autores hispanoamericanos. Me sorprendió la cantidad de libros que había leído. Compartimos algunos de nuestros mutuos gustos literarios e información sobre el contenido de textos que nos habían agradado.

Ella hablaba con tanta vehemencia que parecía ser una autoridad en el tema.

—¿Usted escribe? —le pregunté en algún momento.

—Si —me dijo, con un tono que sonaba a infidencia— pero no se lo daría a leer a nadie. Es mi mundo particular y me sentiría invadida si alguien lo leyera.

—¿Pero no se escribe precisamente para que lo lean? —le dije extrañado.

—No es mi caso —me dijo— yo escribo para mí. Para sanar mi espíritu, para dialogar conmigo misma. Pienso mejor cuando escribo.

Luego de la literatura pasamos a conversar de nuestros respectivos viajes. Ella me confidenció que iba a visitar a su hija que había emigrado junto a su esposo a otro país. Su otro hijo había tenido que partir a un continente distinto. Era viuda desde hace más de diez años. Vivía sola y anhelando que pasaran los meses para poder ir a visitar a alguno de sus retoños. Ellos juntaban dinero para el pasaje y se turnaban un año por medio para llevarla a estar con ellos por algunos meses.

A medida que me contaba esa parte de su historia, su voz vehemente se tornó melancólica y con un tono de tristeza evidente. Luego casi como en monólogo agregó:

—Cuando nuestros hijos eran pequeños, nunca planeamos que estaríamos todos viviendo a tanta distancia uno del otro.

—Eso no se planea —dije casi en susurro.

—De todos modos, no me gusta —dijo ella, con una sonrisa cargada de tristeza.

Habíamos estado como una hora y media conversando cuando de pronto miró el reloj y se dio cuenta que ya era tiempo de entrar a la sala de embarque.

Me ofreció una amplia sonrisa y mientras se despedía me agradeció por haber conversado con ella.

Caminó hacia la entrada y cuando estaba a punto de traspasar la puerta, se devolvió. Cuando llegó nuevamente junto a mí me miró fijamente y me dijo:

—¿Podría darle un abrazo?

Por un segundo titubeé y la quedé mirando sin saber qué hacer, pero antes de que pudiera reaccionar ya se estaba acercando para abrazarme. Tenía los ojos con lágrimas y me dijo:

—¿Me haría un favor?

—Por supuesto —le respondí.

—Acompáñeme a la puerta de embarque, así sentiré como si alguien querido me hubiese venido a despedir.

Le ofrecí mi brazo y caminamos lentamente sin decirnos nada los pocos pasos que nos separaban de aquella puerta.

Cuando llegamos me volvió a abrazar, me dio un beso en la mejilla y partió. Alzó su mano para despedirse con una gran sonrisa. Y se perdió entre la gente que entraba.

Seguramente el policía que custodiaba la puerta y nos vio debe haber pensado que el nieto o el hijo habían venido a dejar a su madre o a su abuela.

Le devolví el saludo y mientras se alejaba en dirección al control aduanero pensé: Quisiera vivir en un mundo distinto. En uno donde nadie se sienta tan solo que tenga que pedirle a un extraño que la despida para imaginarse que es alguien amado.

Mientras caminaba de regreso a mi asiento mi ánimo había cambiado y me embargaba una gran melancolía.

Tomé mi equipaje y me dirigí hacia el mostrador de la línea área. En ese momento desee más que nunca que Jesús viniese para no tener que despedirme de nadie nunca más.

9 comentarios:

  1. Cada día trato de darme tiempo para leer sus notas "Nunca más" me lleno de melancolia porque me senti identificada con lo expuesto ... gracias por hacernos meditar y valorar aún mas a los que tenemos a nuestro lado.

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  2. Me resultan muy tristes las despedidas en cualquiera de sus facetas... pero pronto habrá un lugar,donde esos momentos de melancolía y tristezas serán cambiados por mucha alegría eterna...

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  3. Hermosa historia real, si deseo que mi Señor venga para no ver tantas tristezas y soledad

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  4. Hermoso y lo mismo que usted, deseo tanto que Jesús venga para que se termine todo lo malo.

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  5. pah que me hiciste lagrimear che!

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  6. buaaaaaaaaaaaa a mi llorar :.(

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  7. Freddy González6 de mayo de 2010, 14:45

    Es una realidad de hoy en día donde hay personas que al parecer están rodeadas de gente pero en el fondo están solos y tienen vacios afectivos. Puede que desde el punto de vista material no les falten nada pero de lo principal no tienen nada.

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  8. k lindo lo k escribio, muy triste pero real, ojala todos pudieramos hacer algo como lo k Ud. hizo, sin interes solo con el deseo de alegrar a alguien,=)

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  9. QUE GRACIA DIVINA DEJARNOS USAR POR DIOS, SOMOS INSTRUMENTO CONSTANTEMENTE... GRACIAS MIGUEL ANGEL...

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