Todos somos anormales


Introducción 

Uno de los conceptos más discutidos en diferentes áreas del conocimiento como son la psiquiatría, la psicología, la medicina, las ciencias sociales, la educación, etc. es el concepto de “normalidad”.

La tendencia ha sido establecer criterios estadísticos de normalidad suponiendo que es normal lo que mayoritariamente se hace o lo que caracteriza a un gran número de personas.

Sin embargo, el criterio estadístico no considera las diferencias individuales ni las características propias de cada individuo, que aunque sea semejante en algunos aspectos a otras personas, es totalmente diferente en otros.



¿Qué es lo normal? 

Esa es una pregunta que por estos días invade mi mente. A lo largo de las investigaciones científicas los especialistas no logran ponerse de acuerdo con plenitud en lo que sea “normalidad”. A grandes rasgos se sostiene que se es normal si se está o no enfermo, si se realizan o no determinadas conductas y si se cree o no en determinados conceptos que hacen al ordenamiento jurídico y social del ambiente donde nos desarrollamos.

Sin intentar discutir lo que ya es una extensa polémica, permítanme presentar un planteamiento discordante, a no ser para el análisis y la discusión de quienes nos enfrentamos al hecho de discrepar con algunos conceptos sobre normalidad, especialmente los que vienen de la mano de ideologías que suponen que hay ciertos patrones rígidos de comportamiento y formas de ser en los seres humanos.

El filósofo español Luis Cencillo[1] introdujo el concepto de desfondamiento para decir que todas las personas nacen con una característica única a la especie humana, es decir, sin un patrón fijo, sin un fondo absoluto. El ser humano a lo largo de su vida va construyendo un entorno que le permite “afirmarse”, es decir, sostenerse, lo que implica encontrar algún sentido coherente para su existencia.

No nacemos como los animales con un patrón fijo de comportamiento que nos haría actuar a todos de manera idéntica. Se observa entre los animales patrones conductuales que son idénticos no importa la latitud ni el entorno en donde vivan. Un perro que vive en China actuará de manera idéntica a otro de la misma especie que viva en Ecuador. Sin embargo, esta misma situación no se da entre los seres humanos. Nosotros tenemos que enfrentar la vida como un “que-hacer” siguiendo la idea de José Ortega y Gasset.

Si analizamos a cada ser humano como un ser único e insustituible, entonces, cada persona tiene en sí características únicas que lo hacen diferente a cualquier otro ser que existe, existió y existirá. En otras palabras, la individualidad nos convierte en anormales.

En medicina se considera que alguien es normal si desde el punto de vista morfológico no presenta señales de malformaciones o lesiones. O si desde la perspectiva funcional sus órganos externos e internos funcionan dentro de los cánones comunes relativamente bien. O si en su rendimiento vital no se fatiga y puede cumplir con el trabajo que se espera para él de acuerdo a su edad y sexo. En el ámbito de salud mental, si actúa dentro de los patrones conductuales esperables dentro del ámbito social en que se desarrolla.

El problema de este criterio es que deja a un lado a un sinnúmero de personas que no entran dentro de los cánones morfológicos habituales, ni tampoco de los conductuales o funcionales comunes. De allí surge la expresión “excéntrico” para referirse a aquellos seres humanos que escapan al patrón estadístico de la normalidad.

Mote que termina convirtiéndose en un apelativo despectivo y hasta lindante en la ofensa en algunos casos.

Pero, si entendemos con claridad el mensaje bíblico y la idea que nos aporta el sentido común, ninguna persona es igual a otra. Eso nos convierte a todos en excéntricos.

Normalidad versus individuo 

La tragedia de la sociedad globalizada es tender hacia una normalidad siguiendo los patrones de turno y olvidándose de destacar las diferencias individuales. La tendencia hoy, que en sí es un peligro, es anular al individuo en procura del bien común. Eufemismo que a lo largo de la historia ha mostrado sus más abyectas y desastrosas consecuencias. Basta recordar a manera de ejemplo aterrador el proyecto socialista de los países de la órbita soviética o las ideas de la raza aria superior del tercer Reich en la Alemania nazi. Extremos que esconden un mensaje común: El individuo es un peligro en tanto se diferencia del resto.

En la década del 30 del siglo pasado dos autores advirtieron desde distintas ópticas el peligro de la aniquilación del individuo. Aldous Huxley en su obra Un mundo feliz[2] llevó hasta las últimas consecuencias el planteo de una sociedad que se estructura en base a una configuración genética estándar que elimina al individuo y produce seres humanos en serie aptos para distintas labores. Una pesadilla que parece ser realidad a juzgar por los planteos que hoy se hacen a la luz de la ingeniería genética, el proyecto genoma o los experimentos de clonación. Supongo que Huxley no se quedó corto en su planteo. Fue un visionario que hoy sería felicitado si viviera por su percepción aguda de lo que sería un futuro donde la genética fuera manipulada totalmente.

Otro autor fue George Orwell, en su obra 1984.[3] Donde se plantea la situación de una sociedad totalmente controlada por el estado y donde el individuo pierda totalmente su derecho a serlo. La unicidad o la diferencia serían consideradas un atentado a la estabilidad del estado. Una parodia de lo que sucedería si se siguieran plenamente los ideales comunistas o socialistas que en su época estaban en pleno auge.

La realidad es que normalmente los escritores se quedan cortos en sus concepciones acerca de lo que podría pasar de llevarse a cabo completamente las utopías humanas.

¿Cuál es el mensaje bíblico al respecto? 

Es evidente en el planteo bíblico que Dios no hace seres humanos en serie. Muy por el contrario, cada individuo es un ser considerado único e insustituible, al grado de que cada uno cuenta.

Dios se complace en la diferencia. De hecho, al contemplar la naturaleza, aunque las especies nos parecen idénticas, lo real es que cada ser vivo es distinto. Incluso, me asombra al saber que aún los copos de nieve, que al caer nos parecen todos iguales, son todos distintos.

Cuando la individualidad es anulada en virtud de una idea de normalidad que pretende que todos debemos renunciar a lo que somos para vivir en “armonía” o “normalidad”, entonces, se nos pide un precio demasiado alto para el verdadero sentido de la dignidad del ser humano.

Todos somos anormales porque somos diferentes.

Ser distintos unos de otro no nos hace ni mejores ni peores, simplemente nos convierte en personas cuya dignidad proviene precisamente de ese ser distinto.

Cuando alguien, por el argumento que sea, pretende limitar nuestra individualidad lo que está haciendo en el fondo es quitarnos el elemento fundamental que configura nuestra identidad.

La Biblia expresa que cuando se produzca el encuentro entre los salvos y Dios cada ser humano recibirá un “nombre nuevo”, en otras palabras, se le reconocerá su carácter único. El nombre que recibiremos señalará el reconocimiento a nuestra individualidad.

Una sociedad que no admite individuos es una sociedad que degenera en dictadura, autoritarismo y tarde o temprano se termina auto aniquilando. Lo mismo sucede con los grupos religiosos o de cualquier índole.

En ese caso, prefiero creer el mensaje bíblico que entiende que los seres humanos deben ser “hermanos” porque tienen un origen común, pero, se deben respeto porque son distintos.

De allí que debemos aprender de Dios que no discrimina a nadie, precisamente porque sabe más que nadie, que cada ser humano es importante, no importa si sus características entran o no dentro del ámbito de lo considerado normal.

Gracias a Dios soy anormal y me gozo en eso.

Referencias

[1] Luis Cencillo, El hombre: Noción científica (Madrid: Pirámide, 1978).

[2] Aldous Huxley, Un mundo feliz (Madrid: Unidad Editorial, 1999).

[3] George Orwell, 1984 (Barcelona: Destino, 1997).


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