El padre pródigo

La lectura de la Biblia exige cuidado en los detalles. Muchas personas suelen leer la Escritura como si se tratara de un diario o una novela, pasan por sus páginas a vuelo rasante, sin darse tiempo para detenerse en aspectos mínimos, que son, a la postre, la fuente de mayor riqueza del texto.

Cuando no nos detenemos en los detalles, tal como cuando pasamos en un vuelo de avión, tenemos una perspectiva global, pero los elementos más enriquecedores, los que hacen la diferencia, los que nos dejan palpitando y nos muestran senderos que motivan, alientan y dan esperanza están allí en el detalle.

Una de las parábolas más leídas de la Biblia es la que se ha dado en llamar el “hijo pródigo”, cuando en realidad, el personaje central no es el hijo, sino el padre.

El trasfondo

Para comenzar a entender el contexto tanto histórico como textual de las palabras de Jesús es preciso comprender que Cristo dirigió la parábola a un grupo específico de personas: “Fariseos y maestros de la ley”. Lucas señala: “Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: ‘Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos’” (Lc. 15:1-2).

Los escribas y los fariseos no soportaban que Jesús permitiera que se acercaran a él los “pecadores”. Dicha expresión en tiempos de Cristo tenía una connotación clara, se refería a los no judíos (gentiles), a mujeres que eran consideradas por definición pecadoras, a enfermos puesto que la enfermedad era entendida como castigo de Dios, algunos oficios como cuidar cerdos u ovejas, eran consideradas tareas para pecadores, además, los recaudadores de impuestos.

Ante esta situación los fariseos, auto referidos como “los puros” y los maestros de la ley (llamados escribas), que eran una especie de guardianes de la moral, las costumbres y la ley, definitivamente condenaron a Cristo por relacionarse con ese tipo de personas. La razón ideológica de dicha actitud era porque los religiosos enseñaban que mantener cualquier tipo de contacto con personas consideradas pecadoras, contaminaba y convertía a la persona en una pecadora.

Lucas 15

Se suelen hablar de las “parábolas” de Lucas 15, así en plural, sin embargo, la realidad es que es una sola parábola en tres versiones que incorpora distintas perspectivas respecto a Dios, que en las tres versiones tiene un rol y forma diferente. Dios es un pastor de ovejas, una mujer dueña de casa y un padre rico.

Muchos creyentes no pueden entender lo que significa la lucha por encontrar a Cristo. A veces actuamos como si nosotros fuéramos mejores que aquellos que no están en la fe y eso ponen barreras e impide que el evangelio triunfe.

Por esa razón Jesús cuenta una parábola en tres partes, porque de alguna forma cubre todas las posibilidades de seres humanos:

a. La oveja que se pierde, que representa a quienes están perdidos, y saben que lo están, no obstante, no conocen el camino de regreso, necesitan al pastor que vaya a buscarlas.

b. La moneda, que representa a quienes se pierden dentro de la casa. Es Dios tomando la forma de una mujer, lo que debe haber parecido un insulto a los oídos de los fariseos. Busca en la propia casa, y encuentra a los que se han perdido.

c. Los hijos, que están perdidos ambos, uno en la provincia lejana y que se ha ido por voluntad propia y puede regresar, y otro que está perdido en la casa teniéndolo todo, pero no tiene conciencia de estar perdido, que representa a los fariseos y escribas perdidos en sus tradiciones legalistas.

El público al que Jesús dirige esta parábola en tres partes es el mundo de los fariseos y escribas, pagados de sí mismos y contentos con sus arrogancias legalistas.

En la actualidad sigue siendo necesario revisar los conceptos que aparecen en este capítulo, pues siguen habiendo personas que en su arrogancia no logran entender que la gracia no exige obediencia a la ley, sino compromiso de sumisión al Padre que es quien hace el milagro de la transformación real.

En más de alguna ocasión he dicho que temo las reacciones de los santos, los puros y quienes consideran que tienen un lugar preferente en el reino de los cielos, a menudo suelen ser personas tan llenas de soberbia legalista que se convierten en lobos, antes que en ovejas. Mi oración en más de alguna ocasión ha sido, y sin ironía: “Señor líbrame de caer en las manos de algunos de los santos de la iglesia…”

Al margen de una actitud que necesita ser constantemente analizada, la última parte de la parábola, que prefiero llamarla “El padre pródigo”, nos muestra ocho características de Dios, como una fotografía gigante de quien es realmente el Dios al que adoramos. Detenerse en los detalles de la historia contada por Cristo nos ayuda a comprender la magnitud de la obra divina y el carácter de Dios.

1. RESPETA

El texto dice que “El menor de ellos le dijo a su padre: 'Papá, dame lo que me toca de la herencia.' Así que el padre repartió sus bienes entre los dos” (Lc. 15:2 NVI).

No repartió la herencia sólo con el hijo menor, también le dio al mayor lo que correspondía. Lo que sorprende de la manera en que está presentada la narración es que el Padre no exigió explicaciones de ningún tipo. Tampoco puso condiciones, simplemente respetó la decisión de su hijo, aunque no estuviera de acuerdo y aunque representara de muchas formas una especie de insulto al Padre. En realidad le estaba diciendo, “desearía que estuvieras muerto, dame mi herencia”.

La lección es que Dios no obliga a nadie, es un error presentar a un Dios que exige obediencia, no es el mensaje bíblico. Dios espera que le sirvamos por amor, no por miedo ni por manipulación ni nada que se le parezca. Cuando damos otra impresión, entonces, presentamos una caricatura de Dios. El Dios en el que creo respeta, incluso, está dispuesto a aceptar mi rechazo, sin obligarme, ni forzarme de ninguna forma.

El hijo mayor, el que se queda, pasó toda su vida sirviendo por obligación y no por amor. Su vida demuestra que la obediencia sin amor, siempre lleva a la amargura y al sentimiento de llevar una carga que no permite disfrutar la existencia adecuadamente.

2. AMA.

La segunda característica es que Dios ama. De hecho, el texto simplemente dice que en el momento de mayor angustia, cuando había tocado fondo y ya no podía caer más bajo el hijo que se había marchado se dice a sí mismo: “Tengo que volver a mi padre” (Lc. 15:18).

¿Por qué vuelve el hijo? Simplemente porque sabe que su padre lo ama. El hijo conoce a su padre y entiende que su amor es incondicional. El padre ha demostrado en el pasado quién es y el hijo conoce ese rasgo de su padre. Si no lo hubiera sabido nunca hubiera vuelto.

Nadie ha caído tan bajo que no pueda regresar. Cuando presentamos la idea que Dios no está dispuesto a recibir a quien se equivoca, entonces, caricaturizamos a Dios. El amor de Dios es tan grande que nunca rechazará a quien decide volver.

3. ESPERA.

No estamos acostumbrados a la imagen de un Dios paciente que espera. Al contrario, suele recurrirse a la idea de un Dios que está enojado porque sus hijos no deciden rápido. La idea de un Dios que espera, debe haber sonado como herejía a los oídos de los fariseos.

El texto señala que el hijo: “Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio” (Lc. 15:20). ¿Por qué lo vio? Simplemente, porque lo estaba esperando.

Eso muestra un rasgo de Dios: nunca olvida a sus hijos. A veces presentamos a un Dios vengativo que se complace en vernos sufrir o que está pronto a castigarnos por nuestros errores. Pero, eso no es lo que presenta la Escritura. Dios espera que regresemos a él. Dios no nos olvida nunca. Está presto a darnos su ayuda y compañía siempre. Espera con paciencia al momento en que reaccionemos y vamos a sus brazos de amor.

3. ES COMPASIVO.

El texto dice que el Padre “se compadeció de él” (Lc. 15:20). Eso implica que Dios actúa por compasión, no por venganza. Si entendiéramos que Dios es compasivo, actuaríamos distinto con los que se equivocan.

La palabra compasión es hermosa, supone una actitud de amor incondicional. Eso implica que Dios no nos condena nunca, es el ser humano el que se condena a sí mismo por las decisiones que toma.

Si se transmite la idea de compasión, entonces, la visión que normalmente se tiene de Dios cambia. La caricatura presenta a Dios persiguiendo, castigando y denostando a los que yerran. La idea bíblica es totalmente diferente. Dios no realiza una acción de ese tipo, al contrario.

4. VIENE A NUESTRO ENCUENTRO.

El concepto común presentado en círculos religiosos es “ven a buscar a Dios”, “busca a Dios”, etc. El texto nos dice que el Padre “salió corriendo a su encuentro” (Lc. 15:20). Una idea distinta a la presentada tradicionalmente en el folklore religioso contaminado con ideas extrabíblicas. En el mundo antiguo “no se consideraba digno que un anciano corriese; sin embargo, él corre”.[1] Eso da la idea de un Dios activo, que se compromete y que no espera pasivamente.

Se suele presentar a un Dios ausente. Por el contrario, la historia que cuenta Cristo nos muestra a un Dios que viene a nuestro encuentro, lo mismo que vivió Jesús en la experiencia con los seres humanos.

Enseñamos a los niños ideas tales como que Dios se aleja de algunos lugares, o derechamente que Dios no se acerca a determinadas personas, cuando en realidad, Dios nos está buscando siempre.

Él viene a nuestro encuentro cuando menos lo pensamos. Dios siempre está intentando llegar a nosotros.

Como señala William Barclay: “Jesús no creía que se puede glorificar a Dios vilipendiando al hombre; lo que sí creía es que el hombre no es realmente él mismo hasta que vuelve a Dios”.[2]

5. NOS RECIBE. 

El Padre, que podría estar ofendido, furioso y distante, se acerca a su hijo, y Jesús dice que: “Lo abrazó y lo besó” (Lc. 15:20).

El hijo venía sudoroso, mal oliente al estar trabajando con cerdos, con ropas sucias, raídas. Al padre no le importó. No le pidió cuentas. No le dijo: “Antes de presentarte a mi cámbiate de ropa”. No esperó un cambio externo, él simplemente lo recibió.

En algunos círculos se transmite la idea de que Dios espera que nosotros seamos transformados antes de ser recibidos, concepto que no es bíblico. Dios nos recibe en nuestra suciedad. Luego viene el cambio que él realiza. Dios recibe sin pedir transformaciones, él sabe que el individuo está herido, sucio y derrotado. El acto de recibirlo, es la constatación de un Dios que no actúa por venganza ni por retribución, sino por misericordia compasiva.

6. TRANSFORMA.

Una vez que hubo recibido al hijo, al que no le pide nada a cambio, el “padre ordenó a sus siervos: '¡Pronto! Traigan la mejor ropa para vestirlo. Pónganle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies” (Lc. 15:22).

Llega como un cuidador de cerdos, como una persona despreciada, sucia, raída, mal oliente. La lección es que Dios transforma. No es ese un acto humano, no el individuo el que realiza la acción de la auto recuperación.

El acto de ofrecerle lo que le entrega tiene una gran significación en el entorno judío: “La ropa representa el honor; el anillo, la autoridad, porque el que una persona le diera a otra el anillo era como darle poder notarial; los zapatos distinguían, a los hijos, de los esclavos, que no los tenían”.[3]

Dios quita nuestra inmundicia. Saca de nosotros las ropas raídas y sucias y nos da algo mejor. Pone su anillo en nuestro dedo. Nos otorga la posibilidad de llamarnos sus hijos. El padre, que es el único que tiene el poder, realiza la acción de la manera mejor que puede, demostrando amor incondicional y una simpatía a toda prueba por el pecador que no puede cambiar su condición.

7. DEFIENDE. 

Luego, ante el ataque del hijo que ha quedado en casa, el padre le responde: “Tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado” (Lc. 15:21-22).

En medio de la fiesta el enemigo siempre nos va a acusar. El hermano representa al enemigo de Dios y a quienes no entienden el amor de Dios ni lo que él hace por sus hijos que se han ido y regresan. Su forma de referirse despectivamente a su hermano como “tu hijo”, muestra a una persona que se complace más con la acusación que con la gracia, típica actitud de los fariseos a quienes representa.

Además, como señala Barclay “tenía una mente sucia. No se mencionan las prostitutas hasta que lo hace él. Parece que acusaba a su hermano de pecados que le habría gustado cometer a él”.[4]

Dios nos defiende. Él es nuestro abogado defensor. Él es quién se presenta delante del enemigo. Mucha gente no entiende este aspecto del carácter de Dios. Actúan como si esa tarea fuera nuestra, pero no es así, Dios es el defensor de sus hijos.

8. HACE FIESTA. 

El corolario de la historia es hermoso. En cada una de las secciones, tanto del pastor como de la mujer, se culmina con una fiesta. En este caso, siguiendo la lógica anterior, no podía ser diferente. La justificación que da el padre es: “Teníamos que hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado” (Lc. 15:22).

Dios nos es Dios de funerales. Muchas veces confundimos “reverencia” con “tristeza” o “amargura”. Cristo fue serio pero alegre.

Necesitamos entrar en la fiesta de Dios. El cristiano está llamado a compartir el gozo del Señor. Hay fiesta por cada pecador que se arrepiente. Dios espera hacer dicha algarabía, porque bien lo merecen quienes han optado por la vida.

Conclusión: 

En la parábola del “padre pródigo” se presentan las siguientes características de Dios: Alguien que respeta; Ama; se compadece; viene a nuestro encuentro; nos recibe; transforma; defiende y finalmente, hace fiesta.

Reflexionar diariamente en ese Dios nos hará ser más compasivos, comprensivos y amables con quienes se van a la “tierra extraña” renegando de todo lo que se refiera a Dios, que caen tan bajo que comienzan a codiciar la comida de los cerdos. El Dios en quien creo recibe a cuidadores de cerdos y le pone su manto encima para recordarle que no importa cómo vista, como se vea, es un hijo de Dios que merece ser restaurado. Nunca deberíamos dar otra idea, de lo contrario, desfiguramos al Dios de la Biblia.


Referencias

[1] William Hendriksen, El evangelio según San Lucas (trad. Pedro Vega; Grand Rapids, MI.: Libros Desafío, 1990), 715.
[2] William Barclay, Evangelio según San Lucas (Barcelona: Clie, 1994), 250.
[3] Ibid.
[4] Ibid., 251.

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