No todo lo que parece es como es

A menudo, cuando viajo, llevo libros y leo en el camino. Veníamos con mi esposa desde el Paraguay. Estábamos a punto de llegar a la frontera con la Argentina; faltaban unos pocos kilómetros, cuando de pronto comencé a escuchar a una mujer que leía en voz alta. Iba en el asiento inmediatamente delante del mío. Por unos momentos intenté concentrarme en mi lectura, pero su voz y los constantes comentarios me hacían muy difícil poder seguir leyendo. Mi esposa me miraba cómo me movía de un lado al otro del asiento, fastidiado. Estaba a punto de decirle a la mujer que por favor leyera en voz baja, cuando de pronto se detuvo el ómnibus. Habíamos llegado a la frontera. Mientras nos deteníamos definitivamente, le comenté a mi esposa cómo podía haber gente tan insensible a los demás y que no pensara en que podría estar molestando a otros. Quería decirle unas cuantas cosas a la señora, para que considerara al resto.
Cuando nos disponíamos a bajar, nos pusimos en pie y, como la pareja que iba leyendo en voz alta estaba delante de nosotros, se pararon primero y comenzaron a salir. Lo primero que me llamó la atención es que el hombre usaba gafas. Luego, caminó poniendo su mano sobre el hombro de su esposa, pero no me pareció extraño.

Sin embargo, cuando llegó a la puerta, de pronto sacó un bastón de esos que se arman y que, inconfundiblemente, utilizan los ciegos.

De repente, como en un flash, armé toda la escena y comprendí lo que pasaba. En ese momento, me alegré de no haberle llamado la atención a la mujer y, a juzgar por el rostro de otros dos pasajeros que iban justo delante de ellos, es decir, recibiendo la lectura directamente en los oídos, no fui el único que sintió vergüenza y un gran alivio por no haber hablado.

La siguiente parte del trayecto, escuché completo el libro
Cartas para Claudia, del psicólogo Jorge Bucay; fue la primera vez que pude percibir un libro desde una perspectiva distinta, y debo admitir que me gustó.

Llevarnos por las apariencias, hacernos una impresión no teniendo todos los elementos de juicio, emitir una opinión sin considerar todos los factores, prejuzgar sin saber con exactitud lo que sucede... todas esas actitudes son tan comunes que llegamos a creer que son naturales, cuando en realidad representan un hábito que lo único que hace es entorpecer las relaciones interpersonales.



¿Cuán fácil es juzgar sin tener todos los antecedentes? ¿Qué sencillo resulta hablar cuando no se sabe exactamente qué le está pasando a otra persona? ¿Cómo es que nos dejamos llevar tan rápido por las impresiones hablando lo que no sabemos ni aquello de lo que no tenemos certeza?

Del libro: Diseñados para amar
(Buenos Aires: ACES, 2009)


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