Carta a una maestra


Dr. Miguel Ángel Núñez

Apreciada maestra:

Hoy llegó nuestra hija a casa llorando. Soy un padre preocupado y amo entrañablemente al tesoro que Dios nos ha confiado a mi esposa y a mí, por eso, indagué la razón de su tristeza y me contó la reacción suya ante una de sus preguntas.

Hemos enseñado a nuestra hija a solucionar sus problemas por sí misma. Como norma, no solemos intervenir en las situaciones adversas que enfrenta, a menos que éstas la superen. El otro día nos contó que no entendía los contenidos de la asignatura que usted enseña. Nuestra respuesta fue:

―Habla con tú profesora y dile que te recomiende algún método de estudio específico para ese ramo o algún libro que puedas utilizar de refuerzo para aprender.

Ella accedió a nuestra sugerencia. Pero, esta mañana cuando se acercó a usted su respuesta fue:

―Lo siento señorita, si usted no entiende ese es su problema, no el mío, así que arrégleselas sola.

Si yo hubiese sido adolescente, ante una respuesta tal, probablemente hubiese llorado.

Mi mayor preocupación no es que mi hija aprenda matemáticas o historia o cualquier otra asignatura. Sé que con esfuerzo y aplicación finalmente aprenderá. De hecho, debido a su reacción hemos contratado a un profesor particular para que le enseñe. Sin duda, mejorará sus notas. Nuestra gran preocupación son las otras “enseñanzas” que usted le está transmitiendo. Con su actitud le está mostrando despotismo y falta de amor. La pregunta de nuestra hija entre sollozos fue:

―Papá, ¿por qué actúa así, acaso no es cristiana?

Intenté dar una justificación que me pareció insulsa, le dije:

―Probablemente la sorprendiste en un mal momento. Si enseña en un colegio cristiano entonces debe ser una buena persona.

En el fondo sabía que esa respuesta no me convencía ni a mí mismo. Pero, no es nuestro hábito envalentonar a nuestros hijos en contra de otras personas, menos de sus maestros.

Yo me hago la pregunta: ¿Qué justifica tratar así a una persona joven? ¿Qué disculpa herirlo, maltratarlo y hacerlo sentir como alguien disminuido?

Tal vez recuerde cuando usted fue adolescente. ¿No sentía a veces un miedo atroz al fracaso? ¿No le parecía en ocasiones que nunca sería capaz de aprender?

Mi más grande anhelo es que mi hija alcance la salvación en Jesucristo y llegue al cielo. Como padres hacemos todo lo posible para amarla, respetarla y guiarla. Queremos ser ejemplos vivos que impresionen su vida. ¿Sería mucho pedir que nos ayudara en esta tarea, considerando que también usted es cristiana y suponemos que anhela tanto como nosotros la patria celestial?

¿Qué espera una adolescente de un profesor? Debo confesar que sus expectativas no son demasiado exigentes. Espera, como todos, que la respeten, porque su alto nivel de justicia supone que ese es el trato correcto. Quiere a alguien que no enseñe matemáticas, historia o cualquier otra asignatura solamente, sino a una persona que la emocione con la vida, que le diga en palabras y acciones: “¡Es lindo vivir, vale la pena vivir!”

Desea fervorosamente a alguna persona que sea capaz de potenciar su identidad y no anularla, aceptando sus preguntas aunque sean o parezcan impertinentes y poco oportunas. Precisa de alguien que reconozca sus virtudes aunque como adolescente no esté muy seguro de ellas. Quiere a alguien a quien admirar porque necesita con ansias a alguien para seguir e imitar. Anhela en suma, que la amen incondicionalmente, con el amor que todos esperamos, ese que se da con franqueza y honestidad, sólo por el hecho de ser seres humanos.

Querida maestra, no sé qué le pasó, espero fervorosamente que solamente haya sido un mal momento y que luego mi hija valore en usted esa belleza de alma que seguramente usted tiene. Confío en que cuando nuestro Señor venga, no sólo usted esté en dicha cita sino también sus alumnos, entre los cuales confío que esté mi hija.

Sinceramente, un padre preocupado.

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Este artículo lo publiqué cuando mi hija era adolescente en la revista Mundo Joven, en México.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. 
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