Ni yo te condeno

La muchedumbre gritaba alterada. Sus voces airadas se unían a risas sarcásticas y miradas llenas de lascivia. La mujer iba siendo arrastrada desde los cabellos. Parecía el espectáculo degradante de un circo de fieras intentando morder a su víctima. La ironía es que los que así actuaban eran religiosos, hombres que llenos de vanidad y amor propio que se subían semana a semana a los escenarios para vociferar la “verdad” de sus enseñanzas, sin embargo, en ese momento imbuidos por una falsa piedad, no tenían empacho en ensañarse con crueldad con la mujer que ellos mismos habían inducido a degradarse.[i] 

A medida que la muchedumbre avanzaba la golpeaban, le tiraban los cabellos y le iban arrancando las ropas, tal como se acostumbraba en esos espectáculos degradantes de apedreamiento. La mujer en vano intentaba cubrirse y sollozaba aterrorizaba mientras veía a los representantes de la religión tratarla peor que a un animal.

Luego, con hipocresía calculada se acercaron al Maestro de Galilea, al hombre que acechaban desde hace meses, y que de una u otra forma pretendían destruir y le dijeron con la voz melosa de quienes mienten para lograr sus fines:
―Maestro.

Y hay en esta palabra una ironía de aquellas que sólo pueden decir políticos y religiosos que han hecho del poder su derrotero de la vida. Reconocen, engañosamente por un instante, como Maestro a aquel que odian y detestan profundamente, porque su vida les reprende. Le dicen Maestro a la persona que quieren destruir y lo hacen sin ninguna pizca de auto reprensión ni dándose el trabajo de analizar lo que dicen, simplemente, los empuja la ambición por destruir a quien les dice día a día que son traficantes de sueños, mercaderes de la religión, vendidos a un sistema destructivo.

Luego añaden, con calculada firmeza, las palabras que según creen ellos va a destruir a Jesús:

―Esta mujer.

Y lo dicen con arrogancia y desprecio, tratándola como un objeto que ha perdido todo su valor y al que le queda nada más que ser destruido.

―Ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio.

Si eso es cierto, entonces ellos han contemplado el acto y se presentan como testigos, o simplemente, han urdido una trampa donde hay más cómplices, incluyendo a la persona que se ha prestado para aquella felonía.

―En la ley, ―dicen con voz que denota triunfo, porque creen que están sorprendiendo a Jesús― Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?

La ley establecía que el marido tenía que realizar la acusación y no hay tal. Además, se decía claramente que en tales casos, de abierta transgresión, tanto el varón como la mujer deben ser juzgados, aquí no hay tal cosa, lo que evidencia su mala intención.

¿Cómo es que un grupo de religiosos que suelen hablar de moralidad y decencia se prestan para un acto tan repugnantemente falto de caridad y bondad?

Jesús los observa. Mira a la mujer que está ante él medio desnuda y temblando de miedo, mira su cabeza inclinada al suelo y sus manos que intentan cubrir su desnudez, siente compasión por ella. Mira a los hombres que la traen, todos ellos religiosos de experiencia y respetados en la comunidad, personas que suelen jactarse de su dignidad religiosa. Observa sus gestos altaneros, sus miradas frías y sin compasión, y ese brillo engañoso en la mirada de quien cree tener la última palabra y se da por vencedor.

Ellos no entienden lo que Jesús sabe que cuando los religiosos acusan, se acusan. Que cuando los que defienden la espiritualidad condenan, se condenan. Ellos no entienden que con sus palabras cavan su propia tumba. La religiosidad no es de acusaciones y condenas, eso hacen los carniceros que en vez de guiar a las ovejas, las destruyen.

Jesús sin embargo, ve más allá. Sabe lo que traman. Conoce sus intenciones. Observa cómo sus ojos y gestos los delatan. Entiende que detrás de su fachada de religiosidad aprendida y ensayada, hay personas que lastimadas por su pasado de reglas, normas y frías leyes, ahora usan la misma forma para desquitarse de otros. Ve en ellos la falsedad de sus acciones y el deseo de anotarse un triunfo destruyendo su ministerio. Ve sus mentes airadas y contempla su tremenda soledad y miedo. El temor de quienes no conocen la compasión y el amor. La peor soledad es la de la intolerancia.

Sin hacer caso de su pregunta se inclina y comienza a escribir lentamente en la tierra. Los hombres impacientes se acercan y le comienzan a preguntar. Ahora se muestran cansados y ansiosos, quieren una respuesta, son imperiosos en solicitarla, miran como aquel que desprecian sólo escribe lentamente en la arena.

Jesús se para y los observa y luego lentamente les dice:

―El que de ustedes esté sin pecado, lance la primera piedra.

Ellos han caído en su propia trampa. La ley señalaba que si alguien debía ser apedreado tenían que ser los testigos los primeros en arrojar los peñascos a la víctima. Algunos se acercan un poco más a Jesús y observan lo que él escribe lentamente en la arena. Quedan mudos de impresión al ver que en la tierra están siendo escritos sus faltas escondidas, aquellas que sólo ellos creen saber. Los pecados que han ocultado a otros y que los ha hecho ir por la vida religiosa como si fueran impecables y dignos de santidad.[ii]

Jesús escribe en la arena. También está pensando en ellos, en que tienen una oportunidad de enmendar su vida. Siente que la religión los ha envilecido, que necesitan respirar el aire renovador de la gracia. El legalismo los ha marchitado al grado de que ya no logran tener sentimientos de compasión hacia aquel que ha fallado. Sabe que alguna vez algunos de ellos tuvieron compasión, sin embargo, sabe bien que ahora la frialdad, el sarcasmo y la dureza a ocupado el lugar de la tolerancia, el amor y la compasión. Escribe en la arena, porque también quiere borrar el pecado de ellos.

Uno a uno, desde los más viejos a los más jóvenes, se van marchando. Ellos saben que son culpables, entienden que no tienen derecho a condenar. Por un instante ven la luz y se dejan atrapar por ella. Están ante la presencia de alguien a quien no pueden refutar ni engañar. Se van cabizbajos, derrotados, nostálgicos al haber quedado en evidencia, algunos entienden que ese es el momento en que es posible ver luz al final del camino.

Las piedras quedan tiradas como mudo espectáculo de una ira religiosa mal encarada. No ha habido sangre, ni dolor, sólo la vergüenza de entender que han participado de una escena degradante y lastimeramente vergonzosa, no sólo para la religión que dicen representar, sino para ellos mismos, porque han revelado ante los demás la verdadera naturaleza de su carácter. El sonido angustioso que fluye desde su interior y que se refleja en actos de impiedad y legalismo que destruye a otros. Una forma de autodestrucción que no ha sido calculada.

Cuando todos se han ido Jesús, estando solo con la mujer, la mira con la misma compasión de antes. Sabe que en su interior hay una gran lucha, confusión, vergüenza y una soledad inmensa. La soledad que sienten aquellos que han sido despreciados y humillados. La soledad de los perdidos y condenados. La triste soledad de las personas que no tienen esperanza.

Jesús se levanta y le pregunta lo que es obvio:

―Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?

Es evidente que no la han condenado. ¿Por qué Jesús hace una pregunta tan obvia? ¿Por qué la agudeza que ha mostrado hace un instante ahora parece ser una niñería? Sin embargo, está queriendo que ella entienda lo que realmente ha ocurrido.

Ella contesta aún asustada:

―Ninguno, Señor.

Y Jesús, como en una película extraordinaria hace un final de antología, el fin que hace memorable todo lo que allí ocurrió, la verdadera grandeza de su acto de compasión:

―Tampoco yo te condeno; ahora, vete y no vuelvas a pecar.

Otra versión dice: “Ni aún yo”… en otras palabras, “yo, que soy el único que podría arrojarte piedras, no lo hago”. ¡Qué extraordinario! ¡Qué hermoso! Jesús, Dios del universo, el Santo de los Santos, el que estuvo en el origen y planeó venir a morir por los pecadores no está para juzgar ni para condenar.

Algunos, los legalistas de siempre, han querido ver en las palabras de Jesús: “Vete y no peques más”, un llamado a la santidad llena de justificación por obras, pero no es ese el mensaje. Pensar que ella, a partir de ese día no se va a equivocar más, es pensar que no es humana, y es no entender el verdadero sentido de las palabras de Cristo. El verdadero problema del pecado es la naturaleza pecaminosa, Jesús entendiéndolo no puede estar pidiéndole perfección de allí en adelante. Lo que le dice es:

―No te equivoques, analiza por qué llegaste hasta allí, no vuelvas a caer en lo mismo.

En otras palabras, su consejo está cargado de ternura y de un claro sentido de esperanza.

Si los religiosos nos encargáramos de dar esperanza, la vida sería distinta.

Si Jesús, el único santo e impecable que existió no se atrevió a condenar, ¿con qué derecho lo hacemos nosotros?

Si Jesús que hizo de la compasión su forma de vida no llevó a esta mujer a la desesperación y el abandono, ¿por qué deberíamos abandonar nosotros a quien se equivoca?

Si la religión es la que presentaron los escribas y fariseos, entonces, es una falsedad destructiva. Si ese es el camino de la religión, entonces, no hay esperanza para ningún ser humano.

Jesús dice a continuación y dirigiéndose a la multitud que ha contemplado la escena:

―Ustedes juzgan según los criterios humanos. Yo no juzgo a nadie.

Si Jesús no juzga a nadie y conoce exactamente los motivos de las personas, ¿quiénes somos nosotros para juzgar?

Hay en las palabras de Cristo no sólo una certidumbre total acerca de la verdadera piedad y la certeza de que la dureza, la crueldad, la frialdad, y la acusación sin compasión, no sirven para nada. Jesús, el Dios del universo, el único que tiene derecho a hacerlo, simplemente, no juzga.

En el aire quedan flotando las palabras:

―Ni yo te condeno.

La mujer va caminando. Con la misma ropa raída, con los cabellos alborotados, pero con la frente en alta. Va sonriendo. Se siente en paz. A partir de ese día se convierte en una de las más fieles seguidoras de Jesús,[iii] tal como ocurriría con todos los que se equivocan si en vez de condena tuviéramos compasión.

Epílogo 

Tengo un nudo en la garganta y ganas de llorar. Quisiera escuchar y hacer mías las palabras de Jesús:

―Ni yo te condeno.

Pero hay tantos acusadores a mi alrededor que no alcanzo a percibir las palabras del Maestro en medio de los gritos y palabrotas.

El otro día vino un hombre a hacer un trabajo en mi casa, en algún momento me acerqué y le dije:

―Usted es cristiano.

―Si ―me dijo― pero no asisto a ninguna iglesia.

―¿Por qué? ―le pregunté curioso.

―Porque me mandé una y me salí.

―Hace cuando fue eso ―le pregunté con más curiosidad.

―Hace ocho años.

―¡Ocho años! ―exclamé impresionado― ¿Por qué no vuelve? Deben haberse olvidado.

El hombre me miró con una sonrisa socarrona y me dijo:

―La gente tiene problemas para olvidar y los de la iglesia no olvidan nunca.

Hoy recibí una carta de una mujer que ha dejado de ir a la iglesia por la forma que fue tratada cuando se dieron cuenta sus “hermanos” de un error que había cometido. Tristemente he recibido cientos de misivas con mensajes similares…

Cuando personas que dicen amar a Jesús condenan, en realidad, con eso demuestran que nunca escucharon: “Ni aún yo te condeno”.

Cuando personas que dicen seguir a Jesucristo están con las manos listas a lanzar piedras con eso señalan que nunca entendieron la ironía de Jesús: “El que de vosotros esté sin pecado, lance la primera piedra”.

Cuando los que van a congregarse a templos y congregaciones religiosas para cantar himnos de adoración, pero no están dispuestos a abrazar al pecador, nunca escucharon a Jesús decir: “Yo no juzgo a nadie”.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.


[i] “Aquellos hombres que se daban por guardianes de la justicia habían inducido ellos mismos a su víctima al pecado, a fin de poder entrampar a Jesús”. Elena G. de White, El deseado de todas las gentes (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1989), 426.
[ii] “Cuando sus ojos, siguiendo los de Jesús, cayeron sobre el pavimento a sus pies, cambió la expresión de su rostro. Allí, trazados delante de ellos, estaban los secretos culpables de su propia vida”, Ibid., 427.
[iii] Ibid.

2 comentarios:

  1. ''los cristianos que acusan, se acusan... y los que condenan a otros a si mismos se condenan'' nunca olvidare el mensaje de este articulo pastor. Muchas gracias, me ha ayudado a comprender mas la naturaleza del verdadero cristianismo y el amor de Dios.

    Eduardo Lucas (Lima-Peru)

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  2. Con cuanta sencillez escribes mi amado hermano, doy gracias a Dios por haber encontrado tu blog. Espero continuar leyendote.
    Te escribo desde Montevideo, Uruguay
    Angie.

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