Cura de mi pueblo

Mientras conducía veía en el horizonte el hermoso espectáculo de las imponentes montañas de Chiapas, bosques de pinos, cascadas de aguas, algunas a los lejos y otras justo al lado del camino, los valles con pequeños poblados, los sembradíos de maíz que asomaban a cada momento de las laderas de los cerros menos escarpados, un paisaje bucólico lleno de luz y color. Cada cierto tiempo pasaba por pequeñas aldeas llamadas en México, Colonias, muchas de ellas con nombres extraños para un extranjero, expresadas en algunos de los dialectos de las comunidades nativa de estas maravillosas tierras, Pichucalco, Socoltenango, Tapilula, Rincón Chamula, Huixtan, Ixhuatan, Ixtacomitán, Ixtapa, Solosuchiapa, etc.

Tuve que viajar solo durante cuatro horas, así que conduje con cuidado por las curvas entre las montañas. Cuando viajo suelo escuchar música, así que conecté el Ipod a la radio de mi vehículo y me dispuse a sumergirme en el camino en dirección a Tabasco. La carretera serpenteante por las montañas, un día esplendoroso lleno de luz. Un momento perfecto para la reflexión y el ensimismamiento. Tenía todo el tiempo para mi.

En algún momento, cuando ya llevaba unas dos horas de camino, me entró nostalgia por escuchar música chilena, así que busque y me deleité escuchando folklore chileno, iba cantando las canciones que de un modo u otro me recordaban los tiempos que viví en Chile, hace tanto tiempo que ya me parece otra vida. De pronto los parlantes comenzaron a emitir el canto “Cura de mi pueblo”, cantado por los Huasos Quincheros, no recordaba que ellos lo habían interpretado, no son mi conjunto folklórico preferido. Me puse a intentar rememorar hasta que recordé que fue Pedro Messone, el legendario cantante folklórico de Chile el que grabó este canto, por allá por el año 1970.

De pronto caí en la cuenta en la letra que dice:

Cura de mi pueblo,
que en tus oraciones,
a Dios siempre ruegas,
por todos nosotros.
Cura de mi pueblo,
cuando yo era un niño,
me dabas santitos,
me hacías cariño.
Cura de mi pueblo,
cuando yo era un niño,
me dabas santitos,
me hacías cariño.

Cura de mi aldea,
de mi pueblecito,
donde ahora descansan,
mis seres queridos.
Cura de mi pueblo,
amable y sencillo,
siempre te recuerdo,
como un buen amigo.
Cura de mi pueblo,
amable y sencillo,
siempre te recuerdo,
como un buen amigo.

Hoy que ya soy hombre
y te veo viejito,
yo venero en ti,
todo el tiempo ido.
Tú que sabes tanto
y que tanto has oído,
dime mi buen cura,
mi buen padrecito,
dime si es pecado,
si amar es delito.
Tú que sabes tanto
y que tanto has oído,
dime si es pecado,
si amar es delito,
dime mi buen cura,
mi buen padrecito.

Al terminar la canción me sorprendí a mi mismo sonriendo con nostalgia al pensar en lo que implicaba la expresión “cura de mi pueblo”. Con lo desmerecido que está el sacerdocio católico no se podría pronunciar hoy la parte “me hacías cariño”, sin caer en algún tipo de sospecha. Luego me puse a pensar en serio y terminé reflexionando sobre la gravedad de la falacia que confunde a la parte con el todo, y termina discriminando a un grupo por la conducta de un individuo.

El individuo no es el grupo

No es novedad para nadie el saber que existen miles de sacerdotes a través del mundo que han sido acusados de pedofilia. Sin duda, muchos lo son, pero en ese énfasis olvidamos que hay miles de religiosos y religiosas alrededor de esta tierra nuestra que son honestos, transparentes y que ciertamente sufren por la conducta errática de alguno de sus pares.

Soy amigo de dos sacerdotes domínicos, estudiamos juntos en la universidad, llegué a conocerlos muy bien, sé de sus sentimientos, de su nobleza, de su vocación de servicio y de la abnegación que hay en sus actos. Pensando en ellos, siento que es injusto por definición confundir la parte con el todo.

Recuerdo a un sacerdote de la ciudad donde me crié, me gustaba verlo con su amabilidad y riqueza interior. Nunca fui católico pero más de alguna vez fui a escucharlo a la misa porque me gustaba su forma de expresar las ideas. Lo vi anciano, supe que murió y cientos de personas acudieron a su funeral en señal de respeto y gratitud.

Tres de mis escritores preferidos son sacerdotes católicos y he leído muchas obras de pensadores católicos, que ciertamente han llevado una vida pública y privada acorde con las convicciones que han guiado sus vidas.

Confundir la parte con el todo es caer en un infantilismo lógico, en cierto modo, no sólo es una falta de respeto para otros, sino es faltarse el respeto a sí mismo pensando como un niño.
  • Conocí a un pastor adventista que violó a una chica de su iglesia, sería injusto sostener que esa es la conducta típica de los ministros adventistas.
  • En mi niñez conocí a un pastor bautista que solía quedarse con los diezmos y robar otros dineros, eso no convierte a todos los ministros bautistas en ladrones. 
  • Alguna vez, por solicitud de un médico, atendí a un pastor pentecostal que golpeaba a su esposa y era abusivo con sus hijos. Estuvo en la sala de mi casa, nunca se me ocurrió pensar que todos los pastores pentecostales tienen dicha conducta. 
  • En Argentina fue noticia que un reconocido experto mundial en violencia familiar y abuso infantil, era parte de una red internacional de pedófilos que prostituía a adolescentes. Sería injusto sostener que todos los psicólogos tienen dicha patología. 
  • Estando en Venezuela supe de un ministro que tenía vínculos con el narcotráfico y de esa manera había amasado una fortuna. Sería absurdo suponer que los ministros religiosos son narcotraficantes. 
  • Cuando enseñaba en Colombia uno de mis alumnos de posgrado me habló de un pastor que se involucró con las Farc y terminó entregando ayuda a los grupos terroristas. No podría decir que los ministros participan o siquiera simpatizan con grupos disidentes y terroristas. 
  • En Perú supe de un alumno de teología que fue detenido por la policía siendo estudiante de una universidad adventista, el cargo fue por participar en una célula terrorista del sendero luminoso y ser un experto en secuestros. Miles de estudiantes de teología alrededor del mundo son distintos, no podemos poner a todos en el mismo saco. 
Podría estar por horas mencionando ejemplos similares y podríamos concluir con lo mismo: No es lógico confundir la parte con el todo.

El peligro de la generalización

Cuesta entender que muchas opiniones son generalizaciones, y en muchos casos es imposible sostenerlas o rechazarlas sin más ni más. La ambigüedad de algunas afirmaciones hace muy ardua la tarea de desmentido o defensa para las víctimas. La mayoría de las veces no se está en condiciones de probar que la afirmación es errónea.

Hace algún tiempo atrás fue víctima de un “pastor” chismoso, con tendencia a pontificar, mentiroso, violento, y falaz por las anfibologías que utiliza. El problema con sujetos así es la dificultad de defenderse, puesto que la generalización tiende a sentar un precedente psicológico en la mente de otros y luego la defensa de quien es víctima de personas con estas características, es simplemente, ir cuesta arriba en la psicología de quienes les resulta más fácil escuchar un rumor que una verdad.

La falacia de pensamiento que confunde la parte con el todo, es falaz precisamente por su carga persuasiva y porque pretende persuadir, sin importar si el argumento sea correcto o falso. Es la resucitación del pensamiento sofista, del cual algunos políticos y religiosos son expertos, y del cual tanto habló Sócrates por boca de Platón.

Una persona con capacidad de análisis crítico se resiste a generalizar consciente y públicamente sin disponer de datos suficientes. Siempre es peligroso generalizar, porque se cometen errores de juicio en el proceso de emitir opinión.

Otra razón por la cual la generalización se convierte en un peligro, es que las opiniones de otros nos influyen de un modo u otro. El ideólogo y publicista de Hitler enseñaba: “Miente, miente, miente, tantas veces como sea posible, al final la gente no sabrá qué es mentira y qué es verdad”. Otra manera de decir lo mismo, es generaliza de tal forma que llegue un momento en que la opinión se generalice tanto que no sea posible distinguir la verdad del error, tal como ocurrió con el régimen nazi.

El asunto que bien sabía el publicista de Hitler es que cuanto mayor es el número de personas entre las que se extiende una opinión, mayor es la influencia que ejerce sobre nuestro comportamiento. Por ese sólo hecho no debería dejarse pasar una generalización u opinión como si fuera inocua. La realidad es que las opiniones tienden a convertirse en norma, y de manera dramática, en la regla con la que medimos a otros.

En su libro Ponzoña en los ojos: Brujería y superstición en Aragón en el siglo XVI (Zaragosa: Institución Fernando el Católico, 2000), la historiadora María Tausiet sostiene que la generalización se convirtió en el método preferido de los inquisidores medievales. En dicho contexto “cualquiera podía calumniar a su vecino o acusar a su enemigo de herejía o de brujería y librarse así de mantener una disputa personal” (p. 54). Como la generalización permitía la ambigüedad entonces era posible sospechar de cualquiera y condenar a quien fuera objeto de la generalización. Lamentablemente, en las actuales cazas de brujas y brujos, el mismo método parece seguir teniendo efecto.

Conclusión

Emitir una opinión, sobre lo que sea, siempre es un riesgo. Más complejo y peligroso es confundir a la parte con el todo. El que un individuo tenga una conducta errática no significa que el todo la tenga. El todo no es necesariamente la suma de sus partes.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

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