La noche avanza inexorable

¿Cuándo sabes que estás envejeciendo? Hay detalles que de pronto pasas por alto, pero están allí para recordarte que no eres de hierro, que tal como la noche sigue al día, la hora avanza inexorable sin que lo puedas evitar. El Superman que llevamos dentro algún día se llena de arrugas.

El día que mi hija me dijo, con su cara preciosa y con una sonrisa de oreja a oreja:

―Papi me voy a casar.

Ese día envejecí diez años, no porque me entristeciera, sino porque enseguida comprendí que después del matrimonio vendrían nietos que en algún momento me dirían:

―¡Abuelooooo! ¡Abuelitoooo!


Menos mal que mi hija ha tenido la decencia y la compasión de retardar ese momento, para darme la ilusión, al menos por un tiempo de que no estoy tan viejo.

El sábado salí a caminar, no mucho, algunos kilómetros, y como hago siempre, con entusiasmo, mirando los árboles, sintiendo el fluir del aire entre las ramas, oyendo la cadencia del río rozando las rocas y el piar de las aves. Fue una buena tarde, pensé que había hecho un buen intento, que había logrado bajar la montaña y luego retornar, y entero, y venía riéndome de mi mismo al pensar que debería haberlo pensado mejor al bajar por ese camino porque tenía que regresar y cuesta arriba. Pero llegué, feliz, sudoroso, con la frente en alto, sin jadear y creyéndome un victorioso, pero mi aspirante a nuera, Katy, me bajó a la cruda realidad con una sola pregunta:

―¿A dónde fueron a caminar?

E ingenuo y jactancioso respondí:

―¡Hasta la cueva que está bajo el puente!

―Uff, ¡ahí no más! Nosotros fuimos hasta la cima, río arriba, y luego bajamos por la ladera de la montaña, ¡llegamos con un hambre!... ―y siguió hablando mientras me reía para adentro diciéndome a mi mismo: ¿Pensar que yo creí que había hecho un gran camino? Allí envejecí otros cinco años…

La vida se va, inexorable, ¿qué nos queda? Pues, muchas cosas, algunas que no podemos discernir con claridad y otras que están frente a nuestros ojos sin que podamos evitarlo.

Soy de la generación que está viendo como sus profesores están muriendo, este año se fue un querido maestro que amé profundamente como mentor. Mis padres pronto partirán, ya mi madre compró su mausoleo y ha planificado varios de los detalles de su funeral, incluyendo su féretro, y no es que sea una mujer macabra, ni nada por el estilo, es práctica, y esa es la virtud que más he admirado de ella toda la vida. Creo que he adquirido al menos un porcentaje de su practicidad porque hoy le di detalles a mi hijo de cómo quería que me trataran cuando me muera: Quiero que me incineren y que mis cenizas las echen al mar, me quedó mirando como diciendo:

―¡Estarás muerto! ¿Qué sabes qué haremos?

Como adiviné lo que pensaba le dije:

―Dejaré un testamento legal para que alguien lo haga ―y nos pusimos a reír.

Edgardo, un viejo amigo, a quien quiero mucho, mi mejor compañero de colportaje, condiscípulo, con el que discutí durante dos veranos, pero a quien llegué a apreciar como mi hermano, está enfermo, grave, con una enfermedad de la cual no hay garantías. Nos separan miles de kilómetros, yo en México y él en el Sanatorio Alemán de Concepción, Chile, cuando supe del lugar en dónde está, pensé: ¡Qué ironía! Siempre he relacionado ese hospital con una de las cosas más bellas que me ha ocurrido en la vida, aparte de la llegada de Mery Alin, mi hija amada, que es el nacimiento de Alexis Joel, otro de los regalos del cielo para mi vida, hace 21 años, en ese mismo establecimiento. Si Edgardo parte, ese lugar ya no tendrá para mí el mismo sentido, lo asociaré a la vida y a la despedida, porque la muerte para los creyentes es sólo eso, un ¡hasta luego!, ¡nos vemos pronto! Pensando en Edgardo, envejecí otros cinco años…

Mis amigos están enfermando… y envejeciendo. Como me dio tanta nostalgia pensar en Edgardo me puse a hacer zapping en Facebook, ¡si!, ¡para eso sirve también!, ocupé dos horas, desde las cuatro de la mañana, para ir de amigo en amigo, pero concentrándome en sus hijos. Supe que Michael, el hijo de un amigo que lleva mi nombre, ya es todo un hombre, que otro, ya es gerente de una empresa, que el hijo de una exnovia es estudiante de medicina, encontré a ex amigos, a ex compañeros de colegio, a ex vecinos, a ex ex ex ex… Recordando, mirando, añorando, envejecí otros cinco años… y sentí el tic tac de mi reloj… aunque es de cuarzo y su sonido no lo percibe nadie.

Cuando iba conduciendo mi vehículo cuesta arriba, por las hermosas montañas de Chiapas, llenas de árboles, de pinos centenarios y conversando con mi hijo, pensé: ¿Qué puede ser más hermoso que viajar acompañado de alguien que amas y a quien le gusta tu compañía? ¿Qué conversación maravillosa? Escuchar sus sueños, observar sus ojos radiantes, llenos de la luz que da la esperanza. Hablamos del amor, de la tristeza, de la soledad, del matrimonio que está programando, de las aventuras que da la existencia, de la alegría que da saber que la vida avanza… y llegamos a casa, tres horas después… pero que parecieron apenas unos momentos, y ¿saben qué? ¡De pronto renací!... recuperé los años que perdí en estos días, porque la esperanza hace que la vida continúe, hasta el último segundo y aunque mis huesos cansados me dicen que ya no estoy para ir a la cima de la montaña, de todos modos, mi corazón continúa latiendo y sólo escuchar a un joven de 21 años soñar, me hizo mirar la vida desde otra perspectiva.

Edgardo, querido amigo, tu sufrimiento es mi dolor, pero la vida continua, los hijos llevan la antorcha, los sueños no mueren… alguien por ahí sabe que eres su padre, que has sido esposo, amante, amigo, compañero, guía... que no importa lo que ocurra, mientras alguien nos recuerde, la vida sigue. Por último, nuestras obras nos sobrevivirán y continuaremos vivos en la memoria de otro.

Son las 23.30 de la noche, mi día comenzó a las cuatro de la mañana, pero ¿saben?, tengo en mis ojos el brillo de la esperanza, y eso es más importante que cualquier otra cosa. Confío en estar lo suficientemente vivo para algún día mirar la puesta de sol frente al mar y sentir el arrullo de las olas mientras sorbo a sorbo bebo el amor, el cariño, la complicidad de una buena conversación, y la sensación de que la vida no acaba sino hasta el último segundo, y hasta que llegue ese momento, hay que celebrarlo a fondo. ¡Viva la vida! ¡Vida que vive hasta el último momento! Porque tal como decía un viejo y querido panadero: Se acaba hasta cuando se acaba.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

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