Tan cerca y tan lejos

―Tenemos que salir después de las 7 de la mañana, antes es peligroso.

Con esa frase percibo la primera voz de alerta en relación a lo que ocurre, en la otrora, tranquila Nueva León, en el norte de México.

En la tarde anterior he estado alojando en casa de un amigo y me ha hablado de un tiroteo que ha ocurrido a escasos metros de su casa. La escuela de la hija está a tres cuadras de la casa, pero ellos no la dejan ir caminando. Se respira un aire de inseguridad. Se desconfía de todos.

Salimos en dirección a Monterrey, vamos tranquilos, hay muchos vehículos en el camino, de pronto, en una zona de baja velocidad nos para un policía municipal. Nos dice que vamos a exceso de velocidad en zona escolar. Le decimos que no es cierto, que vamos bien, y que además, no hay ningún letrero que indique que hay un colegio cerca. Nos indica a sus espaldas y sólo vemos casas y nada más. Comienza una larga perorata acerca de que tendremos que pagar 1.200 pesos mexicanos y tendremos que ir a pagar a la delegación. Mi compañero se baja de la camioneta y me dice:

―¡Quieren una mordida! –Eufemismo mexicano para referirse a la coima o soborno.

Va hacia la parte posterior del vehículo, conversa con el pseudo-policía, y luego viene y me dice:

―Tienes 50 pesos, no tengo sencillo y no quiero darle más. Al final, termina “pagando” 150 pesos por una infracción que nunca existió.

Al avanzar y esperar que su enojo se calme le pregunto:

―¿Por qué pagaste?

―Porque estos tipos son tan peligrosos que son capaces de dispararte y acusarte de narcotraficante.

Seguimos, con un trago amargo. Llegamos a Reynosa, estamos a una cuadra de entrar a la aduana que separa a México de EE.UU. y suena una bocina detrás de nosotros. Una camioneta de policía municipal, otro más.

Se baja otro policía mafioso y con prepotencia le dice a mi amigo:

―¡Qué no oye la bocina! Vengo hace rato detrás de usted.

Eso es falso. Hemos venido mirando hacia atrás. Venimos lentos porque no queremos pasarnos de la puerta que conduce al puente internacional. Con su manera prepotente y aprendida de memoria nos aborda oliendo que somos extranjeros y nos dice:

―El vehículo quedará retenido durante 36 horas y usted tendrá que pagar una multa de 4000 pesos. La ley lo dice.

―¿Qué delito cometimos?

―Dio una vuelta demasiado rápida en una zona de baja velocidad.

―Eso no es cierto. Venimos lento precisamente porque estamos buscando la entrada para el puente internacional.

Comienza a intimidar, finalmente dice, les voy a hacer un favor, paguen al menos la mitad de la multa, es decir, 2000 pesos. Mi amigo rápidamente le dice:

―No tengo más que 300 pesos.

―No, es muy poco, 600 sería más razonable.

Mi amigo se mantiene firme y le dice no tengo más.

Nos queda mirando y de pronto, en un movimiento rápido simplemente le arrebata los 300 pesos y se va raudo dejándonos los documentos que no nos quería entregar.

Entramos a la aduana, con un sabor amargo. Dos veces en el día estafados por quienes deberían protegernos.

Pagamos el peaje y entramos al puente internacional, lugar donde se supone sólo se entra con autorización especial, pero de pronto nos vemos inundados por decenas de personas que están al lado de los vehículos. Mendigos, vendedores y lavadores de parabrisas. Se acercan dos personas, un adulto y un joven, y sin que podamos decir nada comienzan como si nada, como si fuera lo más normal del mundo a limpiar el parabrisas. Mi amigo resignado comienza a buscar algunas monedas en su bolsillo y le digo:

―¿Por qué les vas a pagar si no se lo pediste?

Él me mira con una sonrisa resignado y me dice:

―Si no les doy nada, alguno de ellos va a pasar por el lado del vehículo y me va a rayar el auto con un clavo o una piedra. Sale más barato darle una moneda.  

Dicho esto uno de ellos se acerca y simplemente extiende la mano, no pregunta, no dice nada, es un trato tácito: O me pagas o te rayo el auto.

Los hombres se van y de pronto sentimos que detrás alguien está limpiando el vidrio trasero. Termina y se acerca y golpea la ventana. Mi amigo sólo atina a decir:

―Ya limpiaron.

―Págame, ellos limpiaron adelante, no atrás.

Mi amigo no dice nada y entrega una moneda. Hemos sido asaltados por tercera vez en el día, por limpiadores de vidrios que más parecen maleantes extorsionadores, que individuos que prestan un servicio, que por lo demás, es innecesario en vehículos que tienen limpia parabrisas.

Estamos en silencio. Asimilando los robos del día, pensando en todas las historias que hemos platicado en el trayecto. De los secuestros, extorsiones, asesinatos, de los narcos y de quienes le apoyan, de las muchas personas que están prácticamente secuestradas en su propio país sin poder hacer nada frente a autoridades corruptas, delincuentes organizados y tantas situaciones que simplemente tornan la vida cada vez más difícil a quienes quieren vivir en paz.

México es un extraordinario país. Con bellezas y riquezas naturales dignas de una superpotencia, sin embargo, la riqueza está distribuida de una manera tan poco equitativa que resulta complejo evaluar lo que realmente ocurre detrás de tanta pobreza.

El pueblo mexicano es cálido, acogedor, confiable, amistoso, alegre, creativo, trabajador, esforzado, por eso sorprende que una sociedad con esas características esté secuestrada por bandas de delincuentes que tienen una guerra fratricida entre ellos, y donde la población civil es la que paga las consecuencias, como diría el eufemismo de Bush, “daños colaterales”.

Voy pensando en eso, cuando mi amigo me saca de mis cavilaciones y me dice, como reflexionando en voz alta:

―¡Que extraordinario! Tan cerca está la frontera, y cuando pasemos es otra realidad, otra cosa, todo diferente.

Avanzamos, pasamos la frontera y nos adentramos en McAllen, Texas, y de verdad, es otra cosa. Orden, limpieza, avenidas amplias, silencio, no hay basura, no hay mendigos, ni pitazos, y eso que se ven muchos mexicanos, incluso los oficiales de la frontera a todas luces son descendientes de sus vecinos a quienes ahora controlan. No le temo a la policía, más bien, la miro con respeto. No vemos militares con ametralladoras por ningún lado, de hecho, no vemos a un sólo policía en todo el día.

Tengo que hacer un trámite. Entro al banco, un agente se levanta sonriente, me da la mano, saluda de igual modo a mi amigo, y en perfecto español se ofrece a atendernos. Le digo la razón por la cual estoy allí y me dedica dos horas completas. Atiende todas mis preguntas. Soluciona el problema que tengo. Me ayuda más allá de lo que esperaba y salgo contento, pensando que estamos tan cerca, pero a la vez, tan lejos.

No soy ingenuo, EE.UU. también tiene problemas internos graves, no quiero tapar el sol con un dedo, simplemente quiero constatar un hecho. Es otra la realidad, otro el enfoque. Al pasar la aduana mi amigo me advierte que debo llevar 6 dólares exactos para pagar el permiso temporal que te dan (aún cuando tengo una visa múltiple por diez años), y al pasar me cuenta que hace un tiempo el tenía que pagar 24 dólares, pero no tenía justo, sino 25 y le dijo al aduanero:

―No importa, quédese con el dólar. ―El hombre le respondió.

―No corresponde quedarme con ningún dólar. Consiga sencillo.

Estuve todo el día en esa ciudad fronteriza norteamericana. Al regresar a México, estoy nervioso. Temo que nos encontremos con más policías corruptos, o que lleguemos de noche y seamos interceptados por algún grupo de narcos que por esa zona abundan y como serpientes merodean en las noches que es cuando hacen sus transportes.

Tenemos que llegar temprano, mi amigo me dejará en un hotel, cerca del aeropuerto y él viajará aún una hora para llegar a su casa. Tomamos un camino por el cual se ahorra tiempo, pero no hay suficientes letreros para saber por dónde ir. Llegamos a una gasolinera y mi amigo se baja a preguntarle a un hombre, bien vestido, que está en una camioneta. Tiene un sombrero como los que usa la gente de las haciendas. Le dice que buscamos el aeropuerto y él nos dice que lo sigamos, que él va en esa dirección.

Lo seguimos, son 30 kilómetros, en más de alguna oportunidad se nos pasa por la cabeza que podría ser una trampa. Cuando se está en medio de lobos se sospecha hasta de la sombra. Llegamos a un peaje, el hombre se baja, viene hasta nuestro vehículo y nos dice que él seguirá de largo, pero que a dos kilómetros hay un desvío y un letrero que dice aeropuerto. Le agradecemos y el hombre se va.

―El Señor nos envió un ángel ―dice mi amigo.

Yo pensé, es posible, en medio del caos siempre hay ángeles, personas que deciden ser diferentes, que optan por traer paz en medio del conflicto, por hacer la diferencia entre lo que es correcto e incorrecto. Si definitivamente, aquel hermano mexicano, decidió portarse como un ángel, una persona que hace la diferencia, tal como millones de personas en este hermoso país que son honestas, pacíficas, trabajadoras y sanas, ante un puñado de inadaptados que han secuestrado la paz de toda una sociedad.

Tan cerca, y tan lejos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

1 comentario:

  1. Great nice blog everyone to see this and get some information about home and land.

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