Todo pasa y todo queda

Son las 5.30 de la mañana, no me levanté antes porque no quiero despertar a nadie. Salgo sigiloso de la habitación de ese hotel de 450 cuartos, lleno de turistas de los más diversos rincones del mundo. París está frío. Es extraño, ayer hacía calor.

Camino silencioso por el pasillo hacia el ascensor, no quiero despertar a nadie y que luego me insulten en un idioma que no conozco. Ayer confundí una indicación, y un parisino me insultó en francés y se sulfuró cuando por toda respuesta simplemente le sonreí. Él no podría entender que sus palabras me parecieron tan melódicas y dulces. Me acordé de la prehistoria y de la Mademoiselle, la profesora de francés de secundaria. Seguramente ella estaría encantada. ¿Habrá viajado alguna vez a Francia? Se lo merecía.

Me dirijo al ascensor. El edificio de 450 habitaciones está lleno de pasillos que dan hacia un patio interior, tiene una arquitectura extraña, mezcla de no sé qué escuela de sincretismo que abundan en la falta de ideas.

Veo en la semioscuridad del reciento a alguien que está en el primer piso y que me mira insistentemente, seguramente preguntándose qué hará levantado un turista a esa hora. Cuando llego al primer piso me sigue mirando, noto que en su mirada hay cierto fastidio y apenas me acerco tira un cigarro que tiene en la mano, lo hace con rabia, no entiendo su molestia sino hasta cuando me acerco un poco más a la puerta por la que ha entrado y que tiene un gran cartel que declara que está prohibido fumar en todo el edificio. Me rio de la situación y me lo encuentro en la entrada. Es el conserje, que seguramente ha pasado la noche en vela, o mejor dicho velando el sueño ajeno.

Lo saludo en inglés y me responde en francés. Le sonrío y me devuelve una mirada fría. Le pido la clave para internet y me la da indicándome en un inglés precario que no me instale en el restaurant.

Luego me siento en el mismo lugar donde estuve anoche junto a una pareja rusa y a un japonés. El conserje me aborda molesto y me habla en francés indicándome que me vaya a un pequeño lugar amoblado con mesas pequeñas y sillones incómodos.

―No gracias ―le respondo en español― aquí estoy mejor.

El hombre levanta los brazos fastidiado mientras dice:

―Spanish, English, French, ufff… ―y se va.

Me rio. Si él no ha tenido la cortesía de hablarme en algún idioma que entienda porque tendría que yo contestarle igual. Allí me quedo. Es la madrugada. Todo el mundo duerme, menos mi gruñón recepcionista que alcanzo a ver de reojo que está nuevamente en el patio con un cigarrillo en la boca. Amanece y me recibe la proverbial falta de cordialidad parisina, en eso al menos el día promete ser típico.

Me voy hasta el metro que está cerca del hotel. He decidido estar todo el día en el Museo del Louvre. Es una experiencia con la cual he soñado desde niño. Calculo mal la estación y me bajo en Champs Elysées Clamenceau, sin embargo, no está mal. Estoy en los Campos Eliseos frente al Arco del Triunfo. Comienzo a caminar extasiado. Sonrío mientras lo hago. Seguramente deben pensar que algún loco se escapó del manicomio ese día.

Camino intentando absorber cada detalle. Calculo que debe haber varios kilómetros hacia el Louvre, pero no me parecen muchos, estoy disfrutando. De pronto me doy vuelta y miro al fondo el arco del triunfo y se me viene a la mente la imagen de los ejércitos nazis avanzando por la calle. Me invade un sentimiento de empatía por los franceses, ¿qué habrán sentido? Al instante me estoy recriminando a mí mismo por esa asociación. Por qué pensar en los nazis y no en las fuerzas aliadas entrando por el mismo lugar. En fin, es parte de lo que soy, a veces mis pensamientos van más aprisa de lo que puedo evitar.

Sigo caminando. La distancia es larga. Paso por los que alguna vez fueron los antiguos bosques del palacio. Cuando llego al segundo arco del triunfo, que los franceses dicen que es el auténtico, el que realmente usó Napoleón, me sumerjo en una riada de gente de todos los colores y lenguas. La mayoría camina en dirección al Louvre.

Cuando veo por primera vez el palacio me inunda una sensación de alegría. No me lo imaginaba que fuera tan grande, El Escorial, el antiguo palacio del rey de España, me parece insignificante con toda su majestuosidad. Algo hay en el Louvre que me resulta más atractivo. Nuevamente se me viene un pensamiento a la mente, sin que lo pueda evitar, pienso en los cientos de esclavos y muertos de hambre que sufrieron lo indecible para edificar esa hermosa construcción. Paseo mi vista por el horizonte hasta encontrarme con la horrible pirámide que rompe la armonía de la arquitectura. ¿A qué alucinado se la habrá ocurrido eso? Es como desopilante, rompe el equilibrio arquitectónico, es como una mezcla culinaria, que a alguien le resulta apetecible, pero que a los demás le sabe horrible.

Me acerco y constato que hay una fila para ingresar de al menos 1000 personas, unas cuatro o cinco cuadras. Comienzo a caminar armado de paciencia hasta el final de aquella línea de personas multilingües. Estoy en Europa, no en Chile ni en Perú, así que puedo estar seguro que ningún sinvergüenza se colará antes haciéndose el amigo, a menos claro, que por esas casualidades haya algún sudamericano allí aparte de mí. Me armo de paciencia. Enciendo el Ipod, que a estas alturas es mi amigo, el que va a todas partes conmigo. Comienzo a escuchar a Richard Clayderman y me dispongo a esperar. Se nos acerca una chica francesa, uniformada, con una piocha en el pecho que señala que es funcionara del Museo y nos muestra un cartel que apenas alcanzo a leer porque me he quedado embobado mirando su cara, es hermosa, parece artista de cine, ¿qué hace ahí? Leo el cartel que dice en al menos ocho idiomas: “El tiempo de espera para entrar al Museo es de al menos una hora”.

Saco el libro de Federico Moccia que compré en Madrid: “Tres metros sobre el cielo”. Quiero averiguar porque el libro lleva más de un millón de copias vendidas, y se ha convertido en un autor de culto entre adolescentes italianos. A decir verdad, voy por la mitad y aún no estoy seguro de la razón del éxito. Media hora después estoy en la entrada del Museo. La fila ha avanzado mucho más rápido de lo informado. ¡Claro!, pienso para mí mismo, no hay ningún argentino, boliviano ni peruano, ni sudamericano colándose antes.

Comienzo mi paseo. Tengo decidido ver lo que más pueda. Comienzo con la exposición oriental, con los egipcios. Quedo impresionado. Me acompaña la voz de la Mercedes Sosa, de pronto siento que estoy en una especie de cuadro surrealista o en alguno de Tzara del dadaísmo. La voz de la negra en mis oídos con su voz grave y profunda y al lado gente de todos los colores. Veo a personas de la India o Pakistán, veo a otros que parecen alemanes o rusos. Me concentro en la gente. Los japoneses, disciplinados y silenciosos, avanzan lentamente deteniéndose en cada objeto y fieles a su estilo cada uno con una cámara de última generación. En eso aparece una profesora con media docena de niños, le siguen como polluelos, cada uno con una libreta en la mano, van escuchando sus explicaciones. Me habría encantado ir a la escuela y que la maestra me dijera:

―Mañana hablaremos de Egipto así que haremos la clase en el Louvre.

Los franceses y los niños entran gratis, no como el resto de los mortales que pagan religiosamente su entrada de 10 euros. Con los miles que entran diariamente es un negocio redondo. Me pongo a calcular mentalmente lo que podría ser el ingreso diario, me quedo lelo.

Estoy procesando como siempre. Mi mente yendo de un lado a otro, cuando en ese momento entra gesticulando y hablando muy fuerte una persona que a todas luces es árabe, parece palestino. He visto a otros de su pueblo y son similares. Grandilocuentes, habladores, todos se enteran de su presencia. Los japoneses gentiles o cuidadosos les dejan el paso libre. No se detienen, sólo caminan y hablan fuerte, no están interesados en cultura egipcia.

Me fijo en una pareja rumana. No sé el idioma, pero hay situaciones que no necesitan palabras. Su compañera lo fotografía a él que posa como si fuera modelo. Ella pacientemente aprieta el obturador una y otra vez. Da risa, él se cree un adonis, pero eso quedó hace rato en la historia.

Camino lentamente. Me han dicho que el Louvre necesitaría al menos seis meses, con todos sus minutos, sin dormir ni comer, para poder observar todos los objetos que tiene. Por algo es el museo más grande del mundo. Al paso que voy demoraré tres años en visitarlo. De pronto me ha entrado una extraña calma. No es por los sarcófagos ni por las momias. Caigo en la cuenta que estoy ante una historia que no merecería tantos flashes de cámaras sino un poco más de respeto. ¿Dónde se fue el pueblo extraordinario que hizo ese arte tan bello y diferente? Estoy sumergido en belleza, aún cuando haya sido para enfrentar la muerte.

Me acerco a un joven norteamericano y le pido que me saque una foto frente a una de las estatuas egipcias. Él asiente, mira con cuidado, se da todo el tiempo del mundo y aprieta el obturador. He decidido pedirle a niños y adolescentes que me saquen fotos con mi cámara. Pasársela a algún adulto es arriesgarse a perder valiosos minutos en explicaciones. La mayoría de los mayores de 40 son analfabetos tecnológicos, pero los niños y adolescentes de hoy saben exactamente qué hacer ante cualquier aparato electrónico. Capaz que los japoneses inventaron algún gen electrónico microscópico que han logrado que se clone y adhiera a cada feto que nace. Me río de mi teoría de conspiración, tan común hoy en algunos círculos.

Me encuentro escuchando a Los Nocheros, puse el Ipod en aleatorio, para no perder tiempo. Es una mezcla extraña, los escucho frente a un sarcófago egipcio, me siento raro.

A estas alturas ya he tomado un litro de agua y me dan ganas de ir al baño. Me acerco a una de las guardias que están ubicadas en lugares estratégicos y le pregunto por un “toilette”, lo pronuncio bien (trato de hacerlo bien, me acuerdo con risa que en un país que visité le decían tualete). La mujer me indica un lugar, le entiendo que es bajo un arco, cuando llego encuentro una fila enorme. Sigo buscando. ¿Cómo no va a haber otro baño? La exposición pasa a segundo plano. Hay algo más importante que hacer. Mi búsqueda adquiere carácter de urgencia. No quiero pasar ningún bochorno. Alguna vez leí que el Louvre tenía cientos de habitaciones, pero ningún baño. ¿Para qué? Para eso estaban los siervos (por no llamarlos esclavos), que llevaban los nobles desechos biológicos en bacinicas que terminaban en las famosas acequias parisinas, al parecer la historia no ha cambiado mucho, salvo que no hay ningún siervo por allí para ayudarme. Camino rápido, la urgencia va en aumento. Cuando al fin doy con un baño hay una fila de unas 20 personas, a juzgar por sus caras serias y el joven que está delante de mí que se come las uñas disimuladamente, todos están en la misma, aguantando, apretando el esfínter, no queriendo dejar mal a su país. Comienzo a escuchar una canción de Ed Ames, a ver si con su voz melodiosa me olvido por un instante de la tortura que estoy viviendo. Pero por más que cambio las piernas de lugar y doy pequeños saltitos como si tuviera frío, no lo logro, la canción tampoco me ayuda mucho, y el mirar la puerta del baño tampoco, pareciera que la mente juega con nosotros. Cuando tenemos ganas de ir al baño, el mirar la puerta parece que nos aviva la necesidad. Cuando llega mi turno entro corriendo. Lo primero que veo es que todos los urinarios están cubiertos con plástico y en francés escrito: “En reparaciones”. Veo al final un baño para personas minusválidas abierto. Sin pensarlo dos veces entro y ¡qué alivio! ¡qué respiro para el alma! Tengo una sonrisa estúpida en la cara, pero un tremendo orgullo. He salvado la dignidad de Chile y Argentina, los dos pasaportes que ando trayendo en mi bolso. ¡Miles de turistas de todo el mundo! ¡Miles de prostáticos, a juzgar por la edad de cientos de las visitas! ¡Pero señores! ¡Pongan baños! Con toda la plata que ganan, ¿cómo es posible? Cuando me estoy secando las manos miro el reloj y me doy cuenta que ya son las 3 de la tarde. No me había dado cuenta. Llevo cinco horas caminando. Con razón me duelen tanto los pies y tengo tanta hambre.

Cerca de donde están los baños está la zona de restaurantes, allí mismo, al interior del museo. Me formo en una larga fila, a esas alturas ya es costumbre. Como sé que no hay ningún sudamericano a la vista, sé con certeza que la fila avanzará correctamente sin colados adelante. Cuando llega la hora de elegir no hay muchas opciones. Me conformo con una ensalada, papas, unas alitas de pollo y un postre parecido al pie de limón, sólo que tiene durazno. Pido un té verde frío y light. Prefiero irme por lo seguro. En ocasiones he elegido platos con nombres raros y me he llevado sorpresas desagradables. Me dispongo a comer las alitas de pollo, pensando que es más de lo mismo, pero cuando comienzo a comer me llevo una sorpresa de las buenas. Tienen un sabor exquisito. Está cocinado con hierbas, no reconozco ninguna. Los franceses, fiel a su estilo, hacen de la comida un arte. No podía ser de otro modo. Mientras como y escucho la música de John Denver, comienzo a escribir esta historia que comenzó en la madrugada y que terminaré más tarde.

Luego del almuerzo me dirijo a la sala donde está la reina de las pinturas: “La Gioconda”, más conocida como la Mona Lisa. No soy el único, una riada de gente va al mismo lugar. Cuando llego al lugar el espectáculo es sofocante. Cientos de personas apretujadas frente a la pintura para verla sólo un instante. La tienen tras un cristal antibalas y encima de algo que parece un altar, con un separador de madera primorosamente construido. Todo está insertado en una pared de piedra que no llega al techo. La construcción en sí misma es toda una obra de arte. Me decepciono un poco. Estuve en una exposición itinerante sobre Leonardo Da Vinci, en Lima, Perú y disfruté más, en fin, todo sea por decir que vi el original, sólo a unos metros de mi cara. Todo tiene un carácter surraelista. Miles de personas, en los más diversos idiomas rendidos frente a esa pequeña y gran obra de arte. Tal vez han escuchado miles de historias, algunos adolescentes con cara de aburridos, no tienen idea de la razón de tanto jaleo. ¿Qué pensaría Leonardo Da Vinci al saber que su obra ha sido tratada de ese modo. Misteriosamente en ese momento comienzo a escuchar en mi Ipod la canción “Los momentos”, de Eduardo Gatti, y me parece que es justo para ese instante. Me entra una extraña nostalgia, tal como me ocurre cuando escucho algunas piezas musicales como el Bolero de Rabel que me trae recuerdos inolvidables, de otros instantes, que a veces parecen siglos.

Luego me voy a ver a la Venus de Milo, tengo ganas de conocerla, de saber por qué tanta alharaca con dicha estatua. A estas alturas no estoy para recorrer todo, sino para elegir aquello que siempre he querido admirar. Cuando la veo me quedo mudo. Es amor a primera vista. La veo, me ve y nos enamoramos. ¡Qué hermosa escultura! El escultor cuando la hizo debe haber estado enamorado, no se puede construir algo tan bello sólo por amor al arte. Es mucho más alta de lo que imaginaba. Sus formas clásicas revelan una armonía extraordinaria. Su rostro apacible es una invitación a la reflexión estética. Escucho una suave melodía de Nana Mouskouri, no podía ser de otro modo, es la música perfecta para ese momento. 

De allí continuo hasta el patio de las esculturas. Hay un espacio gigantesco dedicado a cientos de esculturas, de los diferentes periodos. Me río con algunas damas que se fotografían frente a algunas esculturas hermosas, donde los adonis están desnudos, mostrando sus testículos y penes, con total inocencia. No estoy seguro que las señoras que se fotografían frente a esos esculturales cuerpos sean así de ingenuas. Me sonrío cuando un poco más allá, entrando a estatuas de la Edad Media, veo el mismo estilo renacentista, sin embargo, en vez de mostrar la anatomía completa éstos están cubiertos con hojas, o con un manta, o con algo que cubre sus partes pudendas. La escultura señala el derrotero de la humanidad.

De pronto caigo en la cuenta que me estoy comportando como los japoneses, sacándole fotos a cuanta estatua ven. Pienso que cualquier libro puede contener mejores fotografías que las mías. Me dirijo a una librería que he visto hace un momento y busco una guía oficial del Louvre, y las hay en todos los idiomas, infaltable el Español. Es un libro en papel couche de más de mil páginas, con fotografías profesionales. Guardo mi cámara. El resto del paseo lo dedico a observar sin fotografiar y de vez en cuando mirando mi guía.

Dan las 8 de la tarde. Es hora de irse. No he visto ni la cuarta parte. Salgo bajo esa pirámide ridícula y veo que está lloviendo. Paris anochece. Tengo una sensación de alegría extraña. Comienzo a escuchar a Armik, la guitarra flamenca me acompaña. Pienso que no podía ser de otro modo, parece que mi Ipod sabe dónde estoy. Me devuelvo por donde he venido, no quiero mojarme. He visto un letrero dentro del Louvre que indica que hay una estación de metro allí mismo. Voy caminando y de pronto, entro a otro palacio, uno moderno, es un shopping de primer mundo, lleno de tiendas sofisticadas. Veo una tienda de Apple, no podía faltar. Entro, quiero saber sobre el Ipad 2, quiero ver si es tan estupendo como he escuchado. Es otra obra de arte, tal vez en algunos años, esté en algún museo para que alguien abobado como yo la observe, nostálgico. Mi paseo culmina en otro lugar de artistas. Escucho a Jean Manuel Serrat, “todo pasa y todo queda, pero la vida es pasar, caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Los versos de Machado son perfectos para terminar el día. He estado ocho horas en un lugar hermoso, y no he visto casi nada. Es un homenaje al ser humano, a los que sueñan, los que crean, los que inventan, los que no se conforman con la mediocridad, los que siempre aspiran a más. El Louvre cuenta la historia de los soñadores, los que alguna vez trataron de locos y que hoy admiramos como genios. Me sumerjo en el metro de Paris, mañana buscaré a Rodin.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

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