Madre, no hay una sola

Varios saben mi renuencia a celebrar el día de la madre, como no puedo luchar contra la tradición, al menos, puedo darle un giro nuevo. Hoy pensé que no es cierto que “madre hay una sola”. Todos, a lo largo de la vida hemos tenido varias madres. Sólo que lamentablemente, la propaganda y la inconsciencia de comprender que llegamos a ser lo que somos mediado por diferentes influencias olvidamos a las otras madres que han quedado en el camino.

¿Cómo olvidar a Elba, mi abuela, a la que siempre le dije "mamy"? La entrañable madre que nos acompañó a mí y a mis hermanos desde que éramos niños. Nunca supimos de la ausencia de una mujer en casa, porque si no estaba mi mamá estaba ella. Cuando éramos regañados, siempre estaba ella con su dulzura para darnos cariño, y también para darnos monedas a escondidas para comprar chocolates. ¡Qué abuela! Hoy miré una foto de ella, parecía frágil, pero aún cuando quedó viuda siendo joven y se refugió en un silencio sonriente, fue la mejor compañía de mi infancia y adolescencia.

La tía Lala, la que nunca fue tía, pero siempre la sentí con un corazón de oro. Cada vez que iba a su casa salía con algún regalo. Sabiendo mi amor por los libros siempre tenía alguno para obsequiarme. Sabiendo hoy lo que cuestan los libros y entendiendo que ella era una mujer de clase media, esforzada, sé que cada obsequio le costaba y era una forma de mostrarme cariño.

Sonia Wegner, que en mi adolescencia fue más que mi maestra de castellano, fue mi mentora, la guía, la que me inspiró a escribir, la que vio uno de mis cuadernos de notas de adolescente y me dijo mirándome directamente a los ojos: “Algún día serás un escritor, sorpréndeme”. Todos los adolescentes deberían recibir un elogio que les sirva de acicate para el resto de la vida, yo lo recibí y se lo debo a esa mujer que me dio la fuerza de seguir.

Elia Orellana y las largas tertulias en su casa, nunca dudé en conversar mis dilemas, los conflictos que tenía para ver el mundo con esperanza, la soledad profunda de la falta de identidad que vive un adolescente sin padre y sin rumbo. Ella fue mi norte, la brújula que necesité en un momento crucial de mi vida.

Betty Orellana, la mujer de las mil historias, pequeña de estatura grande de alma. Muchas horas pasé a su lado, escuchándola, oyendo con interés sus historias, sus consejos, recibiendo de sus pequeñas manos el cariño y la bondad de una madre que veía en mí y en Mery a los hijos que no tuvo, pero que ciertamente la hacían feliz.

Filomena Quintana, que siendo una alumna a punto de graduarse se daba el trabajo de ser mi amiga, que me llamaba hermanito, cuando en realidad me trataba como si fuera hijo, cuidándome, tirándome las orejas, dándome aliento, mostrándome el camino.

Elena Schulz, que un día me hizo llegar un paquete con una leyenda, “si eres tú estaré muy contenta que lo recibas, si no eres tú, quédatelo y seguiré buscando”. Durante años fue mi madre, la que me alentaba a seguir. Ella fue mi maestra de kínder, pero años después se enteró que yo existía de adolescente, y me acompañó con cariño, con desinterés, simplemente porque creía que era bueno apoyarme… ¡Qué bueno fue tenerte Elena!

Mónica de Foppiano, qué fue mi mentora mientras estudiaba filosofía, que me alentó cuando quería tirar todo por la borda, la que se dio el tiempo de escuchar mis sueños y alentarlos. A veces, incluso de defenderme como leona, eso no se hace con quien no se siente afinidad de hijo.

Esther de Fayard, la anciana de la sonrisa limpia, la que me adoptó a mí, a Mery mi esposa y a mis hijos, como si fuéramos su familia. La que nos recibía con un amor y un cariño inmenso, como si fuéramos los hijos que siempre quiso. Sus consejos, sus críticas a mis escritos, sus palabras de madre, hicieron más por mí que mil libros.

Chely Seguel, mi cuñada, mi segunda madre, la que amo entrañablemente, la que con todas sus contradicciones y complejidades ha sabido ser fiel a la distancia y mantener un amor incondicional pese a tantos dolores y heridas en el camino. Más que la esposa de mi cuñado, es una madre, una amiga, regañona a veces, insoportable otras veces, pero amorosa siempre.

Finalmente, Mery, mi esposa, que sin ser mi madre, en el trato a nuestros hijos me ha mostrado el significado de ser madre y con su actitud ha sanado muchas de mis heridas. Me gozo al ver que Alexis y Mery la tienen a ella como referente de vida.

En el camino hay otras madres, mujeres que estuvieron allí para alentarnos, apoyarnos, darnos ánimo, acompañarnos, corregirnos, tirarnos las orejas, darnos la posibilidad de mirar la vida con una perspectiva diferente.

No es cierto que madre hay una sola, ese es un invento egoísta. Ciertamente amo a Elba Eliana Pérez Arqueros, mi madre, esa mujer que sacó adelante a cinco hijos, sin marido, pero con fuerza, con tesón, con ganas, con empuje y con fe. Ella es mi referente, pero sería injusto pensar que es única. Injusto por las mujeres que estuvieron en mi camino para darme el calor de madre, que no es otro que la confianza, el valor, la energía, la certeza, la vislumbre de luz al final del túnel… todo lo que hace una madre que incondicionalmente ama.

No es cierto que madre hay una sola… son muchas las personas que confluyen en nuestra vida para que seamos lo que somos. Muchos los que aportan para que podamos construir esta madeja intensa y compleja que llamamos existencia.

Un saludo, un abrazo, un inmenso agradecimiento a mis madres, a todas aquellas mujeres que en el peregrinar de mi vida, han sido el sendero que ha guiado mi vida.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

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