Carta abierta a un lector intolerante

Apreciado amigo:

Tu carta me dejó sorprendido, no por su contenido, porque ya estoy acostumbrado al espíritu antagónico de quienes creen tener la razón y no aceptan una postura contraria, por más razonable que pueda parecer. Me quedé anonadado por tu actitud beligerante, por esa muestra de impiedad que hay en las palabras que usas. Tu carta, por cierto, es en “defensa de la verdad”, mi inquietud es ¿en qué momento la defensa de la verdad se convierte en una guerra contra otro? ¿Qué pasa por la mente de los inquisidores que cuando escuchan ideas contrarias a las suyas, simplemente, demudan el rostro y se convierten en “víboras para el hombre”, parafraseando la frase de Hobbes?

Debo confesarte que después de leer tu carta me quedé con miedo, un profundo y visceral temor a que algún día te conviertas en una persona con poder. No quisiera estar bajo el alero de tus decisiones intolerantes, seguramente si pudieras, me enviarías a la hoguera, tal como hicieron antaño algunos connotados personajes que creían que con eso le hacían un favor a la humanidad.

Los santos como tú me dan miedo. Me producen un gran conflicto en mi mente. Por una parte, sé que están haciendo una defensa honesta de sus creencias, lo que es notable y en muchos sentidos, encomiable, sin embargo, la forma, el espíritu, la actitud, la beligerancia me llevan a la pregunta: ¿Será que eso fue lo que nos enseñó el Maestro que nos envió a ser “humildes como las palomas” (Mt. 10:16 TLA)? ¿Dónde quedó la mansedumbre y la humildad que Jesús nos invitó a vivir?

Recuerdo hace unos años, estaba entusiasmado con un artículo que acababa de leer de James Londis. En ese momento estaba haciendo mis estudios de Maestría, y como investigador inquieto que he sido, el artículo de Londis, que hablaba de las mentes amplias, me tenía entusiasmado. Me acerqué a un profesor de la facultad y le alcancé a decir:

―Leí un artículo de James Londís.

Y sin darme tiempo para seguir me interrumpió con una cara de asco y me dijo:

―Ese es un liberal de porquería, debería pudrirse.

Me quedé estupefacto, un teólogo, pastor, y músico, tres ocupaciones que supuestamente deberían hacerlo sensible y abierto al diálogo, simplemente se habían tornado en una manera arbitraria y demagógica de ver la realidad. En ese momento pensé que en otras circunstancias él se habría ofrecido como gran inquisidor.

Un par de años después, estaba en mi cubículo en la biblioteca, leyendo, trabajando en mi tesis doctoral, cuando de pronto alguien golpeó violentamente mi puerta. El que estaba allí parado era el padre de aquel profesor que me había hablado en términos tan peyorativos de Londis. Le sonreí, pero él no lo hizo, y me espetó una diatriba de palabras que me dejaron sorprendido:

―¿Usted le habló al pastor X de que existe la posibilidad de matrimonios en la tierra nueva?

―Si ―le dije sin entender por qué tenía esa actitud.

Me miró con una cara de desprecio, esas miradas que no se pueden ocultar y que están llenas de odio, aunque se quieran disimular con palabras de circunstancia. Me dijo un montón de expresiones irrepetibles, sacó a relucir que él había dado conferencias en muchos países, y que jamás había escuchado algo como lo que yo le había dicho a ese "pobre hombre que había perdido a su esposa hace unos meses atrás" y que ahora estaba devastado. No me dio tiempo para explicar, no pude emitir palabra, me me permitió darle el contexto de mis ideas. Se fue no sin antes advertirme con un dedo en mi cara que nadie tenía derecho a decir algo contrario a lo que él había creído por tanto tiempo. Ahí no me pude contener y me largué a reír, en su cara, sin poder evitarlo. Se dio media vuelta lleno de furia, y mientras se iba pensé, recordando al hijo:

―La intolerancia se enseña, no se adquiere por casualidad, es un proceso educativo que se traspasa de generación en generación.

Algún tiempo después tuve un diálogo con el nieto de este personaje, que ya para esas alturas de mi vida me resultaba monstruoso, por su forma de encarar la realidad y su manera tan drástica de tratar a todos los que se oponían a sus ideas. El joven, inteligente por supuesto, un día me hizo una pregunta, no recuerdo el tema, sólo evoco su actitud. Se quedó mudo, me miró largamente y me dijo:

―Eso no es lo que me han enseñado mi padre y mi abuelo.

―¿Qué quieres que te diga? Supongo que puedes utilizar tu cerebro por ti mismo.  ―Le respondí para ver si reaccionaba.

No sé si entendió mis palabras, sólo sé que confirmé nuevamente que la intolerancia se forma en un ambiente de represión ideológica, de imposición, de imposibilidad de análisis propio, de beligerancia y sospecha por todo aquel que tenga una idea ligeramente diferente a la que me he formado.

Apreciado amigo, no sé de qué familia vienes, ni en qué ambiente te criaste, pero sin duda, en algún momento te enseñaron a sospechar de las personas que tienen opiniones propias. Te hicieron creer que existe una sola verdad, irrefutable, y milagrosamente, te dijeron que las respuestas que te dieron eran las únicas posibles.

Siento romper tu ilusión, pero hay muchas maneras de mirar el sol. Aún la luna tiene un lado oscuro que no se ve, pero existe. Quien sostiene tener una verdad irrefutable y cree que nadie puede discutirla, simplemente, se olvida del principio de la inteligencia activa y de que el único absoluto es Dios. Cada vez que se sostienen “verdades irrefutables”, estamos ante la presencia del dogma, de pretensiones de infabilidad y del ambiente que hace posible la falta de respeto y la actitud de desprecio por los demás que piensan diferente.

La verdad es una sola, me dices en tu carta, y claro, coincido contigo, pero… sólo Dios la conoce de manera totalmente certera. Lo que tú y yo tenemos son “vislumbres de verdad”. No es “tú” verdad ni “mi” verdad la que importa, sino aprender a escuchar las diferentes perspectivas porque es en el conjunto de visiones, a veces aparentemente discordantes, donde está la verdad plena.

El dogma anula la facultad de pensar.
El dogma construye palacios a la vanidad intelectual.
El dogma impide el diálogo y el análisis de propuestas divergentes.
El dogma propicia un ambiente de guerra y beligerancia.
El dogma convierte en enemigos a quienes piensan diferente.
El dogma es la base para la falta de respeto y el desprecio a otros.
El dogma, tarde o temprano, elimina y anula la verdad.
El dogma no permite la indagación ni da lugar a la incertidumbre.
El dogma, en suma, es la forma más burda de negar el don divino de la inteligencia.

Apreciado amigo, siento que seas como eres. Me apena saber que estás matando tu capacidad de dialogar, pensar, reflexionar y buscar consensos en el camino del conocimiento de la verdad. Lo siento por ti, porque al descalificarme y tratarme de payaso, eres tú, el que ha perdido el rumbo y vaga por el desierto inhóspito de la arrogancia y la vanidad.  Siento no acompañarte, prefiero quedarme en el bosque de la disidencia, de los indagadores, de los que investigan, de los que dudan, de los que no están conformes con todas las respuestas, de los que siempre están buscando, porque ¿sabes?, por este camino encuentro muchos amigos, compañeros de ruta que no están cegados por el orgullo intelectual y están dispuestos a dialogar, conversar, y modificar sus ideas si de pronto alguien le da argumentos razonables para creer, por ese camino, es mucho más agradable vivir que por el desierto en el que lamentablemente te has sumergido.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

3 comentarios:

  1. Desde el adventismo tendemos a sentir miedo hacia el tipo de lectura de nuestros miembros. Nos resulta fácil condenar apresuradamente sin sentarnos a pensar. Quizás es por esto que tengamos tantas "tradiciones" adventistas que carecen de base y que defendemos con un simple: "es que así se ha hecho siempre". Si Bultmann fuese adventista nos llamaría a desmitologizar el adeventismo.
    Es mi profundo deseo que como cristianos en general lleguemos a tener un fe inteligente.

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  2. Miguel Angel, mantiene el espíritu de una persona con amplitud de criterio, a pesar de pertenecer a un movimiento religioso con una fuerte estructura doctrinaria. Imagino que debe ser complejo, a veces, navegar contra fuertes vientos, pero cuando se es valiente, es posible lograrlo. Felicito el spiritu de esta carta, por la sabiduría, el cariño expresado y el respeto a pesar de la disidencia, es un buen ejemplo a seguir en nuestra vida cotidiana, pues me imagino que el espíritu del Cristo que siguen los Cristianos, incluidos los Adventistas, debe haber sido así. Aprecio las conclusiones a las que Miguel Angel llega en este artículo y coincido en sus conclusiones. Carl Sagan, en la serie Cosmos, dijo que "En este mar de confusión, a lo menos podamos tener una brizna de Verdad". Es mas sabio lo ultimo que creerse dueño de la verdad, eso es demasiado presumido.

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  3. Que enorme cotradiccion la del ser humano! en ninguna epoca del mundo estuvo tan en boga la palabra tolerancia, libre pensamiento, discriminacion, democracia, dialogo, consenso...nunca tuvimos tanta libertad como tenemos hoy. Pero, curiosamente, la sociedad en que vivimos atraviesa una importante carencia de valores morales y espituales como pocas veces se vio...por que sera? por que le gusta al ser humano llevar todo al extremo? por que el ser humano no es equilibrado? opino que no siempre la exepcion es la regla, que no se deberia comprobar que esto o aquello es malo citando ejemplos de casos extremos. Podria ser que como sociedad no estamos mejor porque hacemos como dice el dicho: haz como yo digo, pero no como yo hago? sera que no estamos mejor porque hemos dejado de lado lo esencial?

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