El concierto

En este momento estoy escuchando el Concierto para Piano No 1 de Pyotr Ilyich Tchaikovsky o Peter Tchaikovsky, tal vez una de las obras más conocidas del maestro o la más popular. Suelo escucharla cuando estoy triste, me levanta el ánimo, me energiza, a ratos me hace reír y soñar, en otras me imagino que voy trotando a la orilla del mar, dando pequeños saltos mientras sonrío como un niño. La cadencia de la música me lleva por momentos de reflexión, hacia pasadizos más tranquilos y cuando pareciera que me voy a adormecer en alguna ensoñación el maestro me despierta con la orquesta en un crescendo sublime.

La música tiene la capacidad de transportarnos, de mostrarnos mundos mejores, de ayudarnos a ver que detrás de la política, el poder, la traición, las mafias y todo lo que descompone este mundo hay armonía. La música nos da luz, nos mueve a mirar más allá de la oscuridad.

Esta noche vi una película hermosa, quiero recomendárselas. No es de cine comercial, así que seguramente no la encontrarán en Cinepolis o Miramax o alguna cadena de cines que al igual que las cadenas de comida rápida, generalmente ofrecen lo “digerible”, la comida chatarra, la que comen los que perdieron el gusto por la comida… Para ver esta película probablemente tendrán que hurgar en algún VideoClub especial o comprarla por internet o verla online en los sitios que tienen películas para ver.

La película se titula “El concierto”, es francesa, sé que probablemente arrugarán la nariz, acostumbrados como muchos están al cine chatarra que viene de EE.UU., la mayoría ha perdido el gusto por el cine europeo, sin embargo, es una película hermosa, con algunos momentos débiles, pero con mensaje esperanzador. Le concert, se estrenó el año 2009.  Fue dirigida de manera magnífica por Radu Mihaileanu quien también hace el guión. Mihaileanu es genial para combinar drama y comedia, de una manera que hace reír a carcajadas y también emociona hasta las lágrimas.

Mihaileanu, director francés de origen rumano, sigue en la tradición de escribir guiones donde se ocupa de la injusticia, la pobreza, y los males sociales que no deberían tolerarse nunca. Lo vimos en Va, vis et deviens, 2005 (Vete y vive) con el niño etíope aprendiendo a ser judío en medio de la hostilidad y el racismo; en Trahir, 1993 (Traidor) con el periodista que lucha por mantener su identidad en una tétrica mazmorra comunista de Budapest; y en el Train de Vie, 1998 (El tren de la vida), que cuenta la historia de un grupo de judíos que para sobrevivir inventan un tren de prisioneros que son llevados a un guetto y donde para ser realistas algunos de ellos tienen que hacer de soldados nazis.

En esta ocasión, en El concierto, estelarizado por Aleksei Guskov, Mélanie Laurent, Dmitri Nazarov, Valeriy Barinov, François Berléand, Miou-Miou, Lionel Abelanski, Vasile Albinet, Laurent Bateau y Ramzy Bedia, en una producción Franco, Belga, Rumana e Itálica se juntan todos los elementos de una comedia a ratos superficial con un drama de profundas reflexiones.

Recibió cuatro nominaciones para los Premios Cesar 2009 y obtuvo uno por mejor música y otro por sonido. En el 2010 en los Premios Cine Europeo fue nominada al mejor guión, y también el año pasado recibió el premio David di Donatello al mejor film del año de la Unión Europea.

La cinta narra la historia de Andreï Filipov, el mejor director de orquesta de la Unión Soviética, que estaba al frente de la célebre orquesta del Bolchoï en tiempos de ese personaje oscuro y tétrico que fue Brézhnev. Fue destituido abruptamente, pues se negó a despedir a los músicos judíos, entre los que estaba Sacha, su mejor amigo. La película comienza en algún momento treinta años después, con Filipov que sigue trabajando en el Bolchoï, pero ya no como el mejor director de orquesta de su época sino como el encargado de la limpieza del teatro.

Una tarde en que se queda trabajando hasta muy tarde, descubre un fax dirigido al director del Bolchoï, en el que el Teatro del Châtelet de París invita a la orquesta a dar un concierto en Francia. Entonces, a Andreï se le ocurre una idea absurda: reunir a sus antiguos amigos músicos con el fin de que suplanten a los músicos oficiales del Bolchoï. Sería una oportunidad única de tomarse la revancha. El resto de la trama se centra en armar el viaje y finalmente el arribo a Paris y la preparación para el concierto.

El momento culminante es el concierto mismo, cuando finalmente los antiguos músicos se unen en una armonía espléndida y la violinista, estrella internacional invitada, descubre al fin su pasado y cómo se convirtió en la mujer que es y por qué es una virtuosa del violín.

Sin embargo, no es la historia de un director de orquesta ruso caído en desgracia en el contexto de la tiranía comunista, eso sería muy fácil de narrar, es una crítica a los excesos del poder, un canto a la lealtad, una muestra de que es posible sobrevivir a una dictadura bestial, y aún seguir creyendo en que la belleza de la música logra transportarnos a lugares mejores y más armónicos.

En la película se observa la parodia al poder, que no importa de qué lengua ni de que geografía se trate siempre tiene la misma connotación de autoexaltación que ante la belleza de la música y la armonía aparece como una mueca bufonezca. Los actores secundarios del poder, megalómanos sin escrúpulos, los que alguna vez en Chile se les llamaba eufemísticamente “los mandos medios”, que normalmente llevan su función de titiritero hasta su máxima expresión de bufón indigente de dignidad y de sentido de humanidad, y que sólo son los brazos macabros del poder dominante, lacayos del infierno, aparecen como lo que son, pequeñas ratas de alcantarilla, sobreviviendo a como dé lugar, aunque eso signifique pisotear la dignidad de otros o desterrar a Siberia a los disidentes.

Andrei Filipov (protagonizado por Aleksei Guskov), es en 1981 el director de la orquesta Bolshoi que es despedido junto con los músicos judíos de la orquesta. Sobrevive los próximos treinta treinta años limpiando los pisos de la sala de conciertos confiando en que en algún momento llegará su oportunidad para terminar de dirigir el concierto de Tchaikovsky que le fue arrebatado en plena función cuando un funcionario, un títere del poder, lo interrumpió humillándolo en público. La violinista principal (judía) es arrestada junto a su esposo y ambos mueren en un gulag de Siberia.

Al final, en un fin inesperado, la historia se cierra en lo que debe ser siempre la vida… encontrar sentido, entender que siempre el bien termina triunfando sobre el mal. Una parábola a la vida, a la confianza, a la alegría. Todo teniendo como telón de fondo la magnífica música del maestro, el Concierto para violín de Tchaivskoski.

Una película hermosa que da lo que da la vida, risa y reflexión. Los consumidores de risa absurda y chatarra a lo Jim Carrey, Will Ferrell, Owen Wilson, Eddie Murphy, Jeff Daniels, Seth Rogen, Adam Sandler, Jack Black, Ben Stiller, Seth Rogen, Zach Galifianakis y otros cultores bufones del género, por favor, abstenerse, Le concert podría hacerles daño, los haría reír, pero también pensar… y eso no es muy común en la chatarra de la comedia norteamericana.

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P.D.: Una vez a la semana iré poniendo una reflexión basada en cine, espero que eso nos ayude a pensar que hay otras formas de ver la vida, más allá de los estrechos pasadizos del prejuicio, el dogma y el absurdo de decir que no se ve cine, cuando se dan atracones de 10 horas en el silencio de su habitación.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

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