Religión adolescente

Me gusta conversar con adolescentes, muchos de ellos tienen opiniones tan definidas que parecieran que nacieron sabiendo, lo que no admitirían aunque les apretaran el cuello es que muchas de sus opiniones no son más que el reflejo de lo que han recibido de sus padres y del medio ambiente donde se han criado, en general, es difícil encontrar originalidad en lo que opinan.

―El otro día me visitaron unos Testigos de Jehová ―me dice el adolescente― ellos están mal, ¿verdad? ¿Se van a perder?

―En realidad, no puedo decirte si se van a salvar o perder, no me corresponde ―le digo, no muy interesado en un tipo de conversación de ese tipo. Pero, la reacción que tiene me motiva a continuar, pues a continuación me dice:

―Es que ellos no tienen la verdad, por eso, Dios simplemente los va a condenar.

―¿De qué verdad hablas? ―le digo intrigado.

―La verdad pues ―me contesta un tanto impaciente― lo que enseñamos nosotros. Como no creen lo que nosotros creemos se van a perder.

―¿De dónde sacaste esa idea? ―le digo ahora interesado, con el fin de indagar más sobre su pensamiento.

―Bueno, eso es lo que he escuchado siempre. ¿Cómo Dios los va a salvar si no creen lo que nosotros creemos?

Me quedo mirándolo, quiero asegurarme que lo que me dice es por convicción y no por simple repetición. Le pregunto:

―¿De verdad crees que los que no creen como tú crees se van a perder?

―¡Claro! ¡Es lógico! ¿Cómo Dios los va a salvar? ¿Ellos no tienen la verdad? Usted debe pensar igual, por cierto.

Lo quedo mirando y simplemente sonrío y con su acento mexicano me dice:

―A poco que no cree en eso.

―No ―le digo― me parece una idea simplemente infantil y muy cruel.

―¿Cruel? ¿Por qué?

―Tú has tenido la oportunidad de conocer algo que otros no han conocido, ¿por qué tú deberías recibir un premio simplemente por algo que no elegiste? ¿Qué tal si la persona a la que te refieres no conoció nunca lo que tu conoces?

Se me queda mirando intrigado y me dice:

―Bueno, no es problema mío.

Pienso para mí: ¡Claro! La típica respuesta de un adolescente cegado por su propio egoísmo, a esa edad no existe nada más allá fuera de tu nariz.

Le respondo con la intención de hacerlo reflexionar:

―Ninguna religión, ni la tuya es perfecta en todos los sentidos. Todas las religiones tienen aspectos fuertes y otros débiles. No puedes condenar a alguien simplemente porque no conoce lo que tú conoces.

―Si, pero Dios no puede aceptar a las personas con ideas diferentes.

―En realidad, Dios no está tan preocupado de las ideas, sino de la coherencia. Al fin de cuentas, todo rayo de luz procede de la misma fuente. Lo que pretendo decirte es que no puedes ser juez de la religiosidad de otros.

―Pero tiene que haber una religión que sea verdadera.

―Si, pero no creo que esté a nuestro alcance encontrarla de manera plena. Creo que todas las iglesias tienen algo que enseñarnos. ―Procedo a referirle bondades del mundo pentecostal, mormón, testigo de Jehová, incluso le hablo por un momento de budistas y musulmanes.

Me mira intrigado, como queriendo interrumpir y me dice:

―Pero eso no es ecumenismo.

―No ―le digo― no te estoy diciendo que vamos a formar una religión universal donde hagamos una ensalada de credos, sino te estoy hablando de respeto. Cada persona tiene derecho a creer lo que quiere, y todos debemos aprender a respetar las ideas de otros, incluso si aún son contrarias a las que tú crees.

―No entiendo.

―Me doy cuenta ―le digo, un tanto frustrado.

―Mira ―digo a manera de ilustración― supón que vamos todos en un barco. Allí hay judíos, pentecostales, adventistas, mormones, budistas, musulmanes, etc. Todos están en el barco y quieren llegar al puerto. ¿Cómo se hace para llegar sin tener conflictos?

Me mira intrigado y me suelta:

―Bueno el capitán va a decidir qué religión se va a tener en el barco.

―Eso sería imposición, y no estaría bien. Desde el punto de vista ético, sería falta de respeto a la conciencia individual. Supón que el capitán sea proclive a los musulmanes, y entonces les dice a todos que en el resto del viaje está prohibido leer la Biblia, guardar el sábado o el domingo, y que tienen que orar tres veces al día en dirección a la ciudad sagrada del Profeta y respetar el viernes como día de reposo para Alá. ¿Cómo te sentirías?

―Pues mal, no me estaría respetando.

―Ahora ―a la inversa― supongamos que el capitán es pro-adventista y dice que el resto del viaje se guardará el sábado, se estudiará la lección de la escuela sabática y se leerá sólo la Biblia. ¿Cómo te sentirías?

El adolescente me mira, sonríe y contesta:

―Pues bien, si tenemos la verdad, eso estaría bien.

Bajo la cabeza frustrado y pienso para mí: ¡Adolescencia! ¡Qué cabeza dura!

―Pero no sería justo para los demás. Tú me has dicho que no estaría bien que a ti te impongan ser musulmán, pero tú estarías contento de imponer a otros el ser adventista, ¿no crees que eso es incorrecto?

Me mira en silencio y contesta:

―En realidad si, pero es que ellos no tienen la verdad.

―Tú verdad, pero tienen la verdad, la verdad que ellos han conocido y que creen honestamente y pretenden seguir con plena certeza.

―No me gusta pensar así.

―Claro ―le digo― porque eso exige que seas tolerante con otros, que no juzgues, que no condenes, que escuches, que puedas ponerte en el lugar de otra persona.

―¡Entonces! ¡Cuál es la mejor religión!

―En realidad, ninguna. Toda religión tiene aspectos positivos y negativos. Tú debes decidir en conciencia qué quieres para tú vida, así como no puedes exigir a otro a creer a la fuerza, nadie tiene el derecho de hacerte creer a la fuerza a ti. La comprensión de una persona es distinta a la otra. Si tú sientes que tienes una verdad superior, pues vívela, enséñala, pero no debes imponer ni pretender que otros están perdidos porque no creen lo que tú crees, porque eso es simplemente una visión parcial e injusta, por esa vía han muerto millones de personas bajo la intolerancia, la discriminación y el odio religioso. Ese no es el camino.

―¿Entonces no hay una religión verdadera? ―me dice intrigado.

―Creo que si hay mejores ideas que otras, pero eso es un asunto tan personal que no puedes convertirte en juez de nadie. Eso crea intolerancia y un mecanismo de discriminación. Si tú consideras que lo que crees es la verdad, vívela, se coherente, pero respeta el derecho de otras personas de creer de una manera distinta a ti.

―Si entiendo, pero ¿si alguien no actúa bien?

―Te acuerdas de la ilustración del barco ―le digo mientras el asiente― pues la función del capitán que puede ser el estado o la ley, es garantizar que el barco llegue a puerto y que en el camino todos sean respetados y tengan un espacio para vivir la religión que han elegido. Si alguien altera el bien común intentando que otros crean a la fuerza lo que él cree, o haciendo cosas que pongan en peligro el barco o la estabilidad de otros, en ese caso, el capitán debe poner orden porque está en juego el principio de la comunidad y de la estabilidad del barco. ¿Entiendes?

―Si ―me dice con una expresión de resignación, como si se hubiera quedado sin argumentos.

Charlamos un momento más y luego nos despedimos. Mientras él se iba pensé en tantos que simplemente viven una religión adolescente, que los hace actuar como justicieros intolerantes y agresivos con otros, simplemente porque en el fondo quieren tener el poder para imponer sus ideas a todo el mundo, sin percatarse que ese camino simplemente, tarde o temprano, lleva a la destrucción de todos.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

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