Tocar tu manto

Encogida por el dolor y el silencio, sintiendo el compás de mi corazón que está a punto de explotar, sólo quiero tocar tu manto, Señor, rozarlo por un instante. Quiero sentir tu presencia, el aliento de tu voz. Voy con miedo, no quiero que la multitud me reconozca, no deseo la mirada de los santos sobre mí, no deseo que aquellos que me han apedreado tantas veces sepan que tengo la intención de tocar al Maestro.

Quiero tocar tu manto, Jesús. ¡Por favor! No camines tan rápido, no te alejes de mí, sólo sé que si toco tu manto, la sangre que borbotea de mi cuerpo se detendrá y también lo harán las palabras hirientes de aquellos que me maltratan creyendo que lo hacen en tu nombre.

Tantas veces he escuchado que Dios me desprecia, que estoy enferma por castigo divino y que debo estar feliz de que al menos sé que mi pecado está condenado. ¿Pero qué pecado? No tengo más pecado que otros y no recuerdo haber hecho algo especialmente malo para que Dios me castigue así.

El otro día escuché a Jesús. Nadie me vio. Estaba escondida detrás de una pila de canastos. Pero su voz era clara y sus palabras dulces, cuando dijo:

―Venid a mí todos los que están cansados. ―Supe que me hablaba a mí.

Él habla del amor de Dios. El todopoderoso no puede haberme castigado tanto por doce años. No es posible, al escuchar a Jesús sé que el amor de Dios es infinitamente inconmensurable.

¿Por qué me odiarán tanto? ¿Por qué me despreciarán? ¡No le he hecho nada a nadie! Quisiera que todo fuera diferente. Volver a mi niñez y adolescencia. Tener ese rubor rosado de la juventud en mi rostro. No tener el corazón tan sangrante como tengo. ¡Hay Señor! ¡Si tan solo tocara tu manto! ¡Sé que hay poder en ti!

***

No he parado de reír todo el día. ¡Fue tan hermoso! Cuando Jesús se detuvo, mi corazón se paralizó. Pensé que me iba a regañar. Son tantas las veces que he sido maltratada. Una vez más, pensé, pero no de él, no podía ser.

De pronto me miró fijamente. Él sabía lo que yo estaba experimentando. Mi cuerpo estaba rejuvenecido. No había más dolor. Se había ido el flujo de sangre que brotaba intermitente. Pero al mirarme, no sentí temor. Ni siquiera cuando me miró Josafat, el fariseo aquel que me había escupido en la cara, ni cuando Raquel me observó con reprobación, la mujer de la esquina de la plaza, que cada vez que me veía tomaba piedras para arrojarme. No tuve miedo. Algo en su mirada hizo que de pronto no temiera más.

Me acerqué, sin temblar, sana, contenta, sin poder expresar lo que sentía, porque él sí sabía. Tocó mi cabeza y dijo, para que todos lo escucharan:

―Ya no te preocupes, tu confianza en Dios te ha sanado.

Me miró con tanto amor que sólo pensarlo me da ganas de gritar de gozo. Me habló con tanta ternura, con palabras de cariño que hace años no había escuchado.

Cuando me puse en pie. Todos me miraban. La mayoría sorprendidos. Me fui abriendo paso entre la multitud. Todos se apartaban, pero ya no como lo hacían antes, horrorizados porque temían que mi sombra los contaminara. Ahora se ponían a un lado y me daban el paso maravillados. Nadie sabía cómo, pero todos entendían que ya estaba sanada.

Allí estaban los que me habían escupido, los que me apedrearon, los que me dijeron desde sus pomposas ropas sacerdotales que yo era un ejemplo del mal, de lo que podía hacer la maldad encarnada en un persona, estaban los que me despreciaron con su mirada, de los que me trataron peor que a un perro, los que miraron desde sus cúpulas de santidad, los que se mofaron, los que me persiguieron con un palo como quien persigue a una cucaracha para aplastarla. Pero no me importó. Jesús me redimió. Él puso fin a mi dolor. Basto una palabra suya, sólo una, para sentir que nada más importaba. Yo sólo toqué su manto, pero él, Él tocó toda mi vida y la creó de nuevo.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin la autorización expresa del autor.

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