Restauración

Dr. Miguel Ángel Núñez

Cada vez me planteo más si creemos en la redención, la gracia y el perdón, especialmente con el que se equivoca. En muchas ocasiones tratamos al que yerra como un paria que no tiene derecho a una segunda oportunidad, como si aquellos que no han vivido la experiencia del error fueran jueces y justicieros.

Al leer el libro de los periodistas Fred Cornforth y Tim Lale, Diez que se fueron[1] que narra la historia de personas que estuvieron en la iglesia y que por diversas razones se fueron, lo que queda es un sabor amargo. Por ejemplo:


  • Lindsey, tiene 30 años, dejó la iglesia en el año 1978: El periodista le pregunta: “¿La visitó alguien de la iglesia cuando usted dejó de asistir a ella? –No” (p. 22). Sin palabras. 
  • James, de 30 años también, abandonó la iglesia en 1987: La pregunta es¿Qué hechos lo llevaron a abandonar la iglesia?: Él cuenta: “mi matrimonio terminó en un divorcio […] Cuando las cosas comenzaron a andar mal en casa acudí a la iglesia en busca de ayuda, pero no encontré allí ninguna estrategia de asistencia para matrimonios en crisis. Mi único y gran reproche a la iglesia fue mi clamor desesperado en procura de ayuda. Un clamor que nadie respondió. Nadie me visitó. Nadie me llamó. […] En la iglesia, nadie preguntó qué necesitábamos. Sólo les interesaba saber si era culpa mía o de mi esposa” (p. 31). Siempre el tema de la culpa está presente, como si nos interesáramos más en saber a quién apedrear que a quién redimir. 
  • Jackie, de 20 años, dejó la iglesia en 1991: Fuma desde el momento de más compromiso con la iglesia. Vivió un profundo estado de depresión. Ante una pregunta del periodista responde: “si volviera a la iglesia en estas condiciones viviría constantemente con el temor de ser descubierta y rechazada. Me llena de zozobra pensar que si los hermanos me descubren borrarán mi nombre de los registros de la iglesia. Una vez vi cómo borraban a un muchacho. Lo trataron tan duramente. No quiero que eso ocurra conmigo” (p. 40). Y a eso le llaman falsamente “disciplina eclesiástica”, yo le llamo “terrorismo Jomeini. 
  • Ellen, de 20 años, dejó la iglesia en 1989: “Quienes a lo largo de mi vida me hicieron sentir el deseo de llevar una vida espiritual y de tener una relación personal con Dios no fueron personas que me predicaron ni me juzgaron, sino gente que me demostró amor y preocupación, y esas cosas resultaron visibles en sus vidas” (p. 106). Gracias a Dios, muestra el camino verdadero de quienes entienden que la gracia es superior a la ley, siempre. 
El sentido de la restauración

La restauración de alguien que ha cometido un error es tan necesaria como el buscar la salvación para que el que no cree. Confundir esta premisa es no entender el sentido de la salvación.

Aunque la caída de una persona y el abandono de la fe parece ser un hecho puntual, la realidad es que es un proceso complejo en cada persona. Del mismo modo la restauración de quien cae es un asunto complicado y le compete a toda la iglesia participar. No se trata de condena, sino de gracia.

Un consejo paulino

Pablo se estableció en Galacia mientras se restablecía de una dolencia. Mientras estuvo en ese lugar les enseñó a los nuevos conversos el evangelio y los dejó regocijándose de la nueva fe que habían aprendido. Tras su partida, una secta de cristianos judíos proveniente de Jerusalén infiltró a la iglesia de Galacia.

A consecuencia de esta influencia sus miembros adoptaron una actitud intolerante en relación a quienes no estaban viviendo a la altura de las normas que ellos pretendían. La iglesia se dividió y ambos bandos comenzaron a criticarse y condenar abiertamente.[2]

El consejo paulino supone que es imposible evitar que una persona una vez que conoció a Cristo cometa pecado. A veces creemos que la conversión nos deja inmunes al pecado. Pocas veces entendemos que la santificación es un proceso que lleva toda la vida.

En muchas ocasiones, nos encontramos con un problema de tolerancia. Somos más flexibles con alguien que no es del pueblo de Dios. Pero las buenas personas también resbalan. Olvidarlo es peligroso, no sólo para la comunión de la iglesia, sino para la ayuda que se puede dar al que necesita de la gracia.

El pecado

El consejo paulino comienza diciendo: “hermanos, si alguien es sorprendido en pecado” (Gál. 6:1). La versión de Serafín de Ausejo de 1975 traduce “desliz moral”.

La expresión griega para “sorprendido” es “prolemthe” y viene de "prolambano”, en su forma pasiva sugiere que alguien a sido “sobrepasado por una situación” o “entrampado” por algo.[3]

Olvidamos que el pecado es como una telaraña y que es una trampa. Precisamente ese sentido no solemos darle. No todo pecador es un hipócrita empedernido y engañador. Puede que sus intenciones hayan sido buenas, pero, el pecado lo superó.

La palabra que utiliza Pablo para “pecado” en este versículo es "paraptomati" que viene de “paráptóma” que hace referencia a un “resbalón” que podría dar cualquiera.[4]

El deber de la restauración

A continuación Pablo agrega: “Ustedes que son espirituales deben restaurarlo” (Gál. 6:1). Algunos sugieren que en la expresión “espirituales” Pablo está siendo irónico,[5] y sarcástico[6] y es posible considerando las personas a las que se dirigía.


Otro autor sugiere que el título “espirituales” era autoasignado[7] por un grupo de hermanos de Galacia, de allí la ironía de Pablo.

Lo real es que el sentido de “espirituales” está ligado a Ga. 5:18 los que “son guiados por el Espíritu”. Ser espiritual no es llamarse a sí mismo “espiritual” sino tener una relación estrecha con Jesús lo cual implica estar llenos de los dones del Espíritu.

Por esa razón, la reacción apropiada de una persona “espiritual” con un pecador, es ofrecerle la restauración. Sin embargo, es necesario entender que la restauración es un proceso.

La palabra “restauración” viene del griego “katartizo” y la palabra hace hincapié no en el castigo sino en la cura. La expresión era utilizada por los médicos en tiempos de Pablo para referirse “al entablillamiento de una articulación o un hueso dislocados”.[8] Eso implica que restaurar es recomponer, no maltratar. Es el sentido que la Biblia presenta con la misma expresión en: Mt 4:21 y Mr 1:19 “reparación de redes”; Heb 13:21 “capacitación” (NVI);[9] 1 Cor 1:10 “recuperar la armonía”.


Pablo no está diciendo que está de acuerdo con el pecado, pero cree en la necesidad de cubrir con el evangelio al pecador. El que cae necesita ayuda para salir del pozo. Cuando más es necesario aplicar la regla de oro es cuando alguien ha caído.

Elena de White señala: “Con frecuencia hay que decir claramente la verdad al que yerra; debe inducírsele a ver su error para que se reforme. Pero no hemos de juzgarle ni condenarle. No intentemos justificarnos. Sean todos nuestros esfuerzos para recobrarlo. Para tratar las heridas del alma se necesita el tacto más delicado, la más fina sensibilidad. Lo único que puede valernos en esto es el amor que fluye del que sufrió en el Calvario”.[10]

Tendemos a evaluar a las personas por sus peores momentos. De hecho, cuando nos acordamos de alguien a menudo vienen a nuestra mente los errores antes que las victorias. Ralph Waldo Emerson escribió alguna vez: “cada persona tiene el derecho de ser evaluada por sus mejores momentos”.

La actitud del restaurador

Pablo es taxativo al señalar cuál debe ser la actitud del que restaura: “con una actitud humilde” (Gál. 6:1). Sin duda la “humildad” es fruto de la acción del Espíritu Santo (Gál. 5:23).

Muchos cristianos, que honestamente están intentando vivir una vida cristiana a la altura de los ideales de Cristo tienden a juzgar duramente los errores de los demás. A los cristianos —en general— nos cuesta más lidiar con el pecador que con el pecado. A veces, la justicia reemplaza a la misericordia, lo cual nunca debería ser.

Cuando leí la historia de Donna Long no pude dejar de sentirme triste, ella cuenta, literalmente: “Mi padre, mi madre, mi hermana y yo asistimos a fines de la década del 70 a un Seminario de Revelaciones del Apocalipsis que un evangelista estaba dictando en nuestra ciudad. Mis padres y mi hermana aceptaron al Señor y desearon ser bautizados. Yo todavía no había llegado a conocer al Señor, pero la presión de mi familia y de la iglesia por bautizar una familia entera hizo que yo consintiera en dar ese paso.

Después de nuestro bautismo como familia, caímos en una rutina consistente en asistir a la iglesia alternando con algunas ausencias de tanto en tanto. No hace falta decir que nuestra vida y nuestras prácticas no siempre estaban en armonía con las normas de la iglesia. Durante uno de los períodos en los que no asistíamos a la iglesia, los ancianos de la iglesia vinieron a visitarnos. Me di cuenta de que algo andaba mal cuando rehusaron tomar asiento o aceptar cualquier hospitalidad. Dijeron que venían de parte de la junta de la iglesia.

Dijeron que la junta de la iglesia había votado nuestra exclusión de la lista de miembros pues nuestra asistencia irregular y otras actividades que no representaban correctamente las normas de la iglesia eran una mala influencia para otros miembros de la iglesia. Dijeron que dábamos a la comunidad una mala impresión acerca de la Iglesia Adventista. Dijeron que existía la posibilidad de que fuéramos aceptados nuevamente como miembros de la iglesia si cambiábamos completamente y llegábamos a ser mejores cristianos.

Nunca olvidaré ese día ni la intensidad de mis pensamientos y sentimientos. Podía sentir el calor de las lágrimas que brotaban de mis ojos. Corrí a mi habitación reprimiendo aquellas lágrimas. Aquellos hombres representaban a Dios para mí; eran la voz de Dios. Puesto que ellos me rechazaron, Dios también me había rechazado sin duda. Dirigí mi ira hacia Dios, y todavía recuerdo el dolor que experimenté cuando le di la espalda”.[11]

¿Cuándo recibimos esa ordenanza? ¿Quiénes somos para maltratar a otros? ¿Quién le ha dado autoridad a algunos para hacer sentir mal a quienes deberían estar recibiendo un bálsamo de misericordia, especialmente si se equivocan?

Una advertencia

Para quienes tenían en Galacia una actitud poco humilde y tendían a juzgar Pablo les escribió: “Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado” (Gál. 6:1).

En muchas ocasiones nos olvidamos que no debemos juzgar, no sabemos qué nos va a ocurrir en el futuro. Es muy fácil olvidar que también podemos equivocarnos. Todos somos vulnerables.

Algunos son muy duros con los errores de otros, y por eso, no logran entender la actitud de algunos cuando son ellos los que se equivocan. Erwin Gane dice: “Las personas que han caído en pecado están sujetas muy a menudo a ser marginadas socialmente, condenadas a recibir cartas ofensivas, críticas acerbas y a la ley del desprecio”.[12] ¿Dónde está el Señor en esa actitud? ¿Quiénes somos para juzgar?

Si hubiésemos tratado a Pedro o María Magdalena de la forma en que se trata a muchos que yerran probablemente tendríamos otra historia de sus vidas.

El camino correcto

Pablo agrega: “Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo” (Gál. 6:2). Lo que el apóstol está señalando sin lugar a dudas es que el deber de todo cristiano es ayudar a quien lo necesita. La “ley de Cristo” es sinónimo de compasión por los demás. Cuando alguien cae la misión del cristiano comprometido con el evangelio es ayudarlo a levantarse, no hundirlo más.

Como señala Elena de White: “Si Cristo es en nosotros ‘la esperanza de gloria’, no nos sentiremos inclinados a observar a los demás para revelar sus errores. En vez de procurar acusarlos y condenarlos, nuestro objeto será ayudarlos, beneficiarlos y salvarlos”.[13]

El camino de la presunción

Pablo conoce muy bien a quienes pretenden ser lo que no son, por eso les dice, “si alguien cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí mismo” (Gál. 6:3)

El autoengaño es el peor de los engaños. Pablo señala de una forma irónica el orgullo: “El que cree ser algo”. El mayor autoengaño es no entender quiénes somos. Dios no puede hacer nada por nosotros a menos que sintamos necesidad de su poder. La tendencia legalista es considerarse superior a otro. Como señala Marvin Moore: “el legalismo es una manifestación de la naturaleza pecaminosa, tanto como la glotonería, la ebriedad y la inmoralidad sexual”.[14]

El llamado al auto examen

Por esa razón Pablo llama a que “cada cual examine su propia conducta; y si tiene algo que presumir, que no se compare con nadie” (Gál. 6:4). El hecho es que la comparación siempre es subjetiva y proclive de error. Otras versiones en vez de “presumir”, traducen “vanagloriarse”.

Es la receta de Pablo para evitar que cometamos el error de tratar mal al que se equivoca: No compararnos con otros.

Hay una sencilla verdad que olvidamos: “Ninguna vida es igual a otra. Nadie vive los mismos problemas”. Como dijo alguien: “Nadie tiene derecho a juzgar a otra, a menos que camine diez leguas en sus zapatos”. Siempre que nos comparamos con otros a menudo emitimos un juicio distorsionado.

Hace algún tiempo conversé con un joven desfraternizado de la iglesia, al verlo tan desanimado le dije:

—Jesús te perdona —y él me respondió aún con más tristeza.

—Si eso lo sé, lo que me duele es que mis hermanos no me perdonen.

Hacerse cargo de sí mismo

Pablo, acertadamente concluye diciendo “que cada uno cargue con su propia responsabilidad” (Gál. 6:5). Cada uno tiene su propia responsabilidad consigo mismo y eso ya es suficiente. Hay tareas que son nuestras y de nadie más. Una de esas es la responsabilidad de enfrentar nuestros propios errores. Al convertirnos en jueces de otros perdemos la capacidad de ver nuestros propios yerros. Al no ver en qué nos convertimos terminamos siendo vulnerables a la posibilidad de caer.

Tenemos que aprender no sólo a no juzgar, sino a perdonar olvidando. Porque el problema con el perdón, es que tendemos a no olvidar. Me gusta lo que leí de la autora holandesa Corrie Ted Boom, Dios tira nuestros pecados al fondo del mar y pone un letrero que dice: “Prohibido pescar”.

La lección final

La iglesia nunca debería dar la impresión de ser una sociedad religiosa donde importen más las normas que las personas. Cuando las normas están por sobre las personas, entonces, la iglesia se anula a sí misma. Pierde su razón de ser, se convierte en una agencia de juzgadores y justicieros y pierde su razón de ser.

El mayor tesoro de la iglesia son las personas. Dios les concede tanto valor que Cristo murió por cada una de ellas. La sangre de Cristo es expiatoria. La labor de la iglesia es regar esa sangre expiatoria, nunca suprimirla en aras de juicios. La actitud puede más que la doctrina. Con las actitudes en muchas ocasiones se anulan las doctrinas. Como alguien dijera: “Tu forma de ser habla tan fuerte que no me permite ver lo que me quieres decir”.

Quisiera ver entre los cristianos con los que me relaciono más amor y compasión, que juicios y condenas, a veces, pierdo la esperanza que así sea.

© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción parcial o completa sin autorización del autor.


Referencias


[1] Fred Cornforth y Tim Lale, Diez que se fueron: La historia de diez personas que dejaron la iglesia y por qué lo hicieron (trad. Hugo Cotro; Buenos Aires: ACES, 2001).
[2] Marvin Moore, Evangelio versus legalismo: Cómo enfrentar la influencia insidiosa del legalismo (Buenos Aires: ACES, 1994), 223.
[3] Richard N. Longenecker, Galatians (WBC; vol. 41; eds. David A. Hubbard y Glenn W. Barker; Dallas: Word Books, 1990), 272.
[4] William Barclay, Gálatas y Efesios (trad. Alberto Araujo; Barcelona: Editorial Clie, 1998), 78.
[5] Longenecker, Galatians, 273.
[6] Raymond T. Stamm, “The Epistle to the Galatians: Introduction and Exegesis”, The Interpreter Bible (ed., George Arthur Buttrick; 12 vols.; New York: Abingdon Press, 1953), 10:574.
[7] C. K. Barrett, Freedom and Obligation: A Study of the Epistle to the Galatians, (Philadelphia: Westminster Press, 1985), 79.
[8] “Gálatas 6:1 – Restauradle”, Comentario Bíblico Adventista (ed. Francis Nichol; trad. Victor Ampuero Matta; 7 vols.; Boise: Publicaciones Interamericanas, 1988), 6:983.
[9] Nueva Versión Internacional. Santa Biblia (Miami: Sociedad Bíblica Internacional, 1999).
[10] Elena de White, Deseado de todas las gentes (Buenos Aires: ACES, 1987), 408.
[11] Donna Long, Adventist Review Mayo 14, 1992, 11.
[12] Erwin Gane, Gálatas: Senda de liberación, (Buenos Aires: ACES, 1990), 123.
[13] Elena de White, Discurso maestro de Jesucristo  (Buenos Aires: ACES, 2009), 109.
[14] Moore, Evangelio versus legalismo, 225.



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© Dr. Miguel Ángel Núñez. Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.

3 comentarios:

  1. Gracias, gracias, gracias.

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  2. Gracias Pastor por ayudarnos a ver ...un poco mas alla de nuestra vision.

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  3. Muchas gracias por compartir su blog. Es un material valioso para hacernos crecer y reflexionar.

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