Dr. Miguel Ángel Núñez
Leer a los clásicos tiene ese
aire de melancolía que produce el encontrarse con ideas ya leídas y que de
algún modo te han modelado y también, un impacto de sorpresa al comprobar que
no importa cuánto tiempo pase, dichos conceptos siguen estando vigentes aunque
fueron pronunciados hace mucho, mucho tiempo atrás. Es lo que me pasa con el
libro de E. M. Bounds, El poder de la oración, que por ser un libro
libre de derechos se ha publicado de muchas maneras.
Edward McKendree Bounds se
preparaba para ser abogado, cuando sintió el llamado para ser ministro. El año
1859 fue ordenado al ministerio como pastor de la Iglesia Metodista. Durante la
Guerra Civil norteamericana fue capellán del ejército. Cuando terminó la
conflagración se dedicó a intentar sanar las heridas que la guerra había
dejado.
Fue editor asociado de uno de los
diarios más conocidos de los metodistas, “El defensor cristiano” y escribió una
serie de libros sobre la oración.
Sermones que matan
De su famoso libro “El poder de
la oración” he sacado la frase “sermones que matan”, que procede de uno de los
capítulos que lleva el mismo nombre.
Señala literalmente:
La predicación que mata puede ser ortodoxa y a veces los es –dogmática e inviolablemente ortodoxa. Nos gusta la ortodoxia. Es buena. Es lo mejor. Es la enseñanza clara y pura de la Palabra de Dios, representa los trofeos ganados por la verdad es sus conflictos con el error, los diques que la fe ha levantado contra las inundaciones desoladoras de los que con sinceridad o cinismo no creen o creen equivocadamente; pero la ortodoxia, transparente y dura como el cristal, suspicaz y militante, puede convertirse en mera letra bien formada, bien expresada, bien aprendida, o sea, la letra que mata. Nada es tan carente de vida como una ortodoxia marchita, imposibilitada para especular, para pensar, para estudiar o para orar.¡Cuánta claridad! ¡Cuánta elocuencia! “Nada es tan carente de vida como una ortodoxia marchita, imposibilitada para especular, para pensar, para estudiar o para orar”.
Una ortodoxia que no busca la
verdad, descansa en la convicción de que ya la encontró y por lo tanto, se
conforma, vegeta en la conformidad. Pero no sólo eso, la “ortodoxia marchita”
se convierte en acusadora, maltratadora e inquisidora de aquellos que no
cuadran con dicha ortodoxia que se considera dueña de la verdad.
Bounds sigue señalando con una
elocuencia extraordinaria:
No es raro que la predicación que mata conozca y domine los principios, posea erudición y buen gusto, esté familiarizada con la etimología y la gramática de la letra y la adorne e ilustre como si se tratara de explicar a Platón y Cicerón, o como el abogado que estudia sus códigos para formar sus alegatos o defender su causa y, sin embargo, ser tan destructora como una helada, una helada que mata. La predicación de la letra puede tener toda la elocuencia, estar esmaltada de poesía y retórica, sazonada con oración, condimentada con lo sensacional, iluminada por el genio, pero todo esto no puede ser más que una costosa y pesada montadura o las raras y bellas flores que cubren el cadáver. O, por el contrario, la predicación que mata muchas veces se presenta sin erudición, sin el toque de un pensamiento o sentimiento vivo, revestida de generalidades insípidas o de especialidades vanas, con estilo irregular, desaliñado, sin reflejar ni el más leve estudio ni comunión, sin estar hermoseada por el pensamiento, la expresión o la oración. ¡Qué grande y absoluta es la desolación que produce esta clase de predicación y qué profunda la muerte espiritual que trae aparejada!
¡Qué luz! ¡Qué fuerza! ¡Claro que
una retórica sin “pensamiento o sentimiento vivo” lo que provoca es muerte,
desolación y desesperanza. Una predicación ortodoxa cargada de suficiencia
propia que puede “ser tan destructora como una helada, una helada que mata”.
Iglesias con predicadores llenos de suficiencia propia, pero carentes de amor,
empatía y redención. Predicaciones llenas de erudición fría, sin fuerza y sin
la vida que da la oración que entiende que sin Dios no tenemos nada.
La predicación que mata
Se ocupa de la superficie y apariencia, y no del corazón de las cosas. No penetra las verdades profundas. No se ha compenetrado de la vida oculta de la Palabra de Dios. Es sincera en lo exterior, pero el exterior es la corteza que hay que romper para recoger la sustancia. La letra puede presentarse vestida en tal forma que atraiga y agrade, pero la atracción no conduce hacia Dios.
En otras palabras, es una
predicación que se ocupa de las formas y no del fondo, de la imagen y no de la
sustancia, del qué dirán que del qué dice Dios, del status quo religioso, antes
que de la autenticidad que supone entender a Dios como un ser redentor. Es una
predicación políticamente correcta pero equivocadamente alejada de la verdadera
sustancia de la Palabra.
El diagnóstico de Bounds es que
esta predicación tiene como sujeto a un predicador que
Nunca se ha puesto en las manos de Dios como la arcilla en las manos del alfarero. Se ha ocupado del sermón en cuanto a las ideas y su pulimento, los toques para persuadir e impresionar; pero nunca ha buscado, estudiado, sondeado, experimentado las profundidades de Dios.
¿Cómo hablar a nombre de Dios si
lo que se conoce de él son sólo una sombra oscurecida por normas y reglamentos?
¿Cómo representar con discursos duros, afilados e implacables a un Dios que se
goza en la misericordia, el perdón y la gracia? Es una contradicción vital hablar
de un Dios de amor utilizando las armas de la intolerancia y la exclusión.
De esos predicadores que se las
arreglan para condenar, acusar, maltratar y apuntar a otros cristianos Bounds
dice:
Es posible que su ministerio despierte simpatías para él, para la iglesia, para el formulismo y las ceremonias; pero no logra acercar a los hombres a Dios, no promueve una comunión dulce, santa y divina. La iglesia ha sido retocada, no edificada; complacida, no santificada. Se ha extinguido la vida; un viento helado sopla en el verano; el suelo está endurecido.
Lo único que se logra con esta
predicación es acrecentar “el formulismo y las ceremonias”, convertirlas en el
centro de la adoración y en la vida misma de la iglesia, matando de paso la
verdadera adoración que no sigue fórmulas ni ceremonias rígidas ni
preestablecidas. Como bien señala el Pr. Bounds, esa predicación “no logra
acercar a los hombres a Dios, no promueve una comunión dulce, santa y divina”,
sólo produce frialdad, un espíritu de intolerancia y una sensación de pobreza
espiritual que ahoga.
El libro fue escrito en el siglo
XIX, pero pareciera que hubiese sido escrito ayer, porque eso es lo que hacen
los clásicos, siguen tañendo su campana aún cuando pasan los años y su mensaje
siempre es actual.
Quisiera no escuchar ni decir
sermones que maten… Ojalá la realidad eclesiástica fuera otra, una de
vivificación y no de condena fría, mecánica, aguzada y… orgullosamente
ortodoxa. ¿Qué predicaría Jesús si tuviera la oportunidad de hacerlo en
nuestras congregaciones? ¿Diría lo que algunos se atreven a decir en su nombre?




5 comentarios:
Muchas gracias, ¡cuanta verdad!
Excelente, resumen Miguel. Me cayo como anillo al dedo mientras seleccionaba los textos para mi mensaje de este proximo Sabado. Se que podemos experimentar la ortodoxia pura si el que nos guia es Cristo. Lo vivido a los pies del Maestro se une a nuestro temperamento cuando salimos a proclamar su Palabra, a veces eso puede provocar la sensacion de que el predicador esta llamando la atencion asi mismo entonces ¿Como puede un predicador ser original cuando en realidad muchos nacen originales pero mueren como copias? Que Dios te bendiga, siempre he admirado tu ministerio y tu capacidad para escribir del Señor y nuestra vida con él.
Leyendo me viene a la mente la costumbre de muchos predicadores (me incluyo)que tienen carpetas llenas de sermones listos para elegir uno cuando les toque. Pero ¿Por qué no nos postramos de rodillas y reconocemos nuestra incapacidad e inutilidad? ¿Por qué no decimos "Señor, tu conoces tu iglesia y sus necesidades ¿Qué mensaje tienes para tu pueblo y como he de declararlo?"? ¿Por que decidir nosotros "voy a predicar de esto" en lugar de preguntar "¿Que quieres que hable?"?
Cierto, muchos predicadores cometemos los mismos errores. Predicamos sermones llenos de paja, con adornos pero con escases de grano q alimenta al ambriento... necesitamos imitar el ejemplo del Jesucristo... Dejar las palabrerias y predicar la sencillez del evangelio... Gracias Pr. Miguel por compartir sus articulos DTB.
Att. Noe Guevara
Es muy revelador este articulo y honestamente cada vez mas, me doy cuenta que muchos de nuestros predicadores "adventistas" solo buscan la complacencia propia. Creo que dependemos mucho de la predicación, y eso es bueno, pero debe ser Bíblica y viva "pan fresco" no mohoso.
En ocasiones me preguntaba el ¿porque parecemos estancados y nuestras congregaciones son tan apáticas y frías? La respuesta es la ortodoxia y excentricidad de nuestras "reuniones"- y es que hay que mirar la liturgia- .Nos sentimos orgullosos por nuestras diferencias, pero lo único que nos hace "diferentes" es la falta de amor y tolerancia entre nosotros. Gracias Pastor Núñez..Dios le bendice.
Publicar un comentario en la entrada
Tus comentarios son importantes, opina por favor