Dr. Miguel Ángel Núñez. Universidad Linda Vista, México

Carta al padre ausente

Dr. Miguel Ángel Núñez

Nota: He escuchado a tantos hijos e hijas y he recibido tantas cartas con el común denominador de tener padres ausentes que pensé que tal vez en una carta se podría captar el dolor y la sensación de vacío que muchos experimentan, y de esa forma, ayudarles a poner en palabras lo que sienten. Si quieres usarla para enviarla a tu nombre, úsala, fue escrita para verbalizar tu dolor.

***
Por mucho tiempo he sentido envidia de quienes podían decir “papi”, “papito” o simplemente “mi viejo”. Has estado tan lejos que no sé cómo llamarte, así que te diré simplemente, Padre, pero con la sensación de que la expresión está utilizada incorrectamente y que de alguna forma no te calza, no es una palabra para ser usada contigo, pero a falta de otra mejor, usaré esa.

No he podido entender aún quién ha sido el más afectado a lo largo de los años con la ausencia, tú que te perdiste el proceso de mi crecimiento o yo que fui privado de tu presencia. No estuviste en mis momentos más complicados, ni cuando me rasmillé la rodilla aprendiendo a andar en bicicleta, ni cuando me herí el alma con mi primer amor. La expresión que te define es “ausencia” y por mucho que me puedas decir, hablar o intentar compensar, es tarde, lo que no vivimos juntos nunca podremos vivirlo y en ese sentido, es un duelo que aún permanece.

Por alguna razón partiste. Sé que debes haber tenido alguna buena excusa, no te culpo por eso, soy lo suficientemente grande para entender que las personas a veces no logran ponerse de acuerdo y vivir separados es la mejor forma de existir en equilibrio y en paz. Sin embargo, en toda esta ecuación olvidaste que yo soy la víctima inocente del asunto. ¿Por qué tenías que alejarte de mí si yo no decidí venir a un mundo contigo ausente? Podrás explicarme lo que quieras, pero no logro entender tus razones para alejarte de mí cuando lo único que hice fue quererte en mi vida.

Siempre soñé que aparecías cuando me caía o estaba en problemas y me salvabas y me rescatabas de los conflictos, pero, era sólo una ilusión. No estabas, y por más que te buscaba entre la gente, simplemente no aparecías. En algún momento, cuando iniciaba la adolescencia, te dejé de buscar. Entendí que no vendrías. No sé qué me duele más, tu ausencia o tu silencio, que para los efectos es lo mismo.

Siempre estuvo mi madre a quien sí puedo llamar con cariño “mamá”. Ella se quedó, como la mayoría de las mujeres que optan por cuidar, por quedarse, por ponerle el hombro y echarle para adelante aun cuando sea difícil. En cambio tú, simplemente partiste. Con tus excusas al hombro y tus contradicciones vitales como legado, porque es una contradicción a la vida engendrar un hijo y marcharse. Dejar que un hijo lo crie una mujer sola, sin estar presente, es un acto de cobardía, de irresponsabilidad y de falta del amor más importante, el amor incondicional que se le debe a un hijo o una hija que no han pedido venir a este mundo y por lo tanto merecen el mejor trato posible. No quiero que me mal entiendas, no crecí creyendo que volver a estar con mi madre sería la solución, sé que ese camino era más complejo. Sólo quise tenerte como padre, aunque geográficamente lejos, emocionalmente cerca.

Sé que de vez en cuando estuviste con un regalo o una migaja de dinero, pero eso siempre me pareció que era como tirarle unas pocas monedas a un mendigo o un pedazo de pan a un perro hambriento. Me ofendía que lo único que tuvieras para darme fuera un juguete, un objeto a cambio de tu presencia, un par de monedas como trueque por tus abrazos. Hubiese preferido que no mandaras nada, así podía soñar que no podías o que estabas tan lejos que te era imposible o que simplemente te habías desvanecido en la historia, pero no, tus regalos, escuálidos, inesperados, y míseros, me parecían como muecas y risotadas de crueldad. Hubiese preferido tu presencia a tus obsequios.

No te guardo rencor. Sólo que hay heridas que tardan mucho en curar, alguien me dijo hace un tiempo que en realidad, esas heridas no se sanan nunca, sólo están allí para recordarnos que somos humanos y que en el camino alguien nos hirió de tal manera que aún todas las alegrías del mundo no compensan el dolor provocado. No sé, sólo el tiempo dirá. Por ahora, sólo recuerdo el dolor de no tenerte y ese, aún me duele.

En clases de castellano una vez nos pidieron que hiciéramos una composición respecto al padre y mientras mis compañeros escribían animadamente yo me quedé inmóvil frente a la hoja en blanco sin saber qué escribir. El profesor, si es que se lo puede llamar así, con la sensibilidad de un chimpancé, se acercó y me regañó por no escribir algo. Lo quedé mirando, él sabía la condición en la que estaba, y sólo le atiné a decir:

─¿Qué quiere que escriba?

─Algo bueno habrá hecho tu padre ─me dijo un tanto molesto.

Cuando escribía esta carta, esa frase volvió a mi mente. Y si, hiciste algo bueno, a mí. Aunque suene egoísta, existo, soy, vivo, estoy… y eso, a fin de cuentas, es el único legado que puedo agradecerte. Darme la posibilidad de existir, aunque tu aporte no haya sido más que eso, te lo agradezco, al fin de cuentas, mi madre no podría haberme tenido de otra forma, a menos claro, que se hubiera hecho inseminación artificial, que no es la situación, pero pensándolo bien, a veces creo que ese fue el caso. Engendraste, cumpliste tu parte y te marchaste. Como el gallo que fecunda y deja que la gallina empolle mientras él se va gallardo creyendo que ha hecho mucho al esparcir su semilla por el mundo. Al final, te agradezco, pero te compadezco, porque si a eso se reduce tu vida, es lamentable, porque te has perdido lo mejor de la existencia que es la relación, el vínculo, el crecimiento, en otras palabras, la paternidad.

En estos días el dilema que me acosa es si invitarte o no a mi graduación. Pensé que debería hacerlo porque eres mi padre. Sin embargo, después pensé que no sería justo para mi madre. Le agregaría tensión a un momento donde sólo ella merece honra por su sacrificio, lealtad y presencia. Así que comencé esta carta para decirte que por favor no vengas a mi graduación, mi madre no merece ser opacada en ese momento y tú no podrías ya con tu presencia, contribuir en algo a mi crecimiento. Ya no, ya es tarde, ese tren pasó hace mucho rato.

Con nostalgia, y sin saber sin entenderás me despido, con la firme decisión de nunca dejar a mis hijos con esa sensación de pérdida que tú has dejado en la mía.

Copyright:  Miguel Ángel Núñez

8 comentarios:

Esta carta desnuda mi alma y viste mi vida.... me hubiera gustado tener un nombre y una direccion donde mandarla,ni aun eso tengo y a veces me sorprendo ansiosa esperando algo, algun regreso,un...ni siquiera logro saber bien que, pero siempre me acompaño la idea, a veces urgente y a veces escondida, que "algo" pasaria en mi vida...los años y la terapia me enseñaron que "algo" es "alguien", alguien que solo puedo ver en mi misma porque no hay mas nada, solo el echo de existir por que fui engendrada.

Pocas veces me emociono, pero su carta me hizo llorar. ¡Cuanta verdad! Gracias por escribirla, por los hijos que no sabemos que decir..

Me hace pensar en una niña en especial y me pregunto, por qué? Será posible que todo se reduzca a un círculo vicioso? el padre de esta niña tampoco tuvo un padre, ni siquiera una madre, ni un hogar. Qué podía él haber ofrecido entonces? Sé que él sufre, llora en silencio porque su niña partió hace muchos años junto a su madre por temas complejos. Para aliviar su dolor, ocultarlo qué sé yo, él se enfrascó en otra vida, como si la niña no existiera.
Será posible como pregunto, que el hecho de no haber tenido un hogar, un padre, haya influído en su manera de ser?

Compartela... con quien quisiera escribir sobre su dolor y pasar la página!!!!

Ojala hubiera tenido la posibilidad de escribile a mi papa algo asi. Hoy solo me queda pensar que ojala tengamos otra posibilidad en el cielo.

Duro pero muy real, me sentí identificado

QUE BELLO LO QUE ESTA ESCRITO AQUI...A PESAR DE TRISTE ES BELLO...MI EMPATÍA PARA TODOS LOS QUE VIVEN ALGUNA EXPERIENCIA ASI....

Tristemente esta es una realidad cada vez más común. Tan común que ha dejado de asombrar, pero no poe eso ha dejado de desgarrar corazones y vidas. Sea por no estar o por "estar sin estar" los padres ausentes son cada vez más. Y los hijos se crían sin saber lo que es un padre. Gracias por compartir esta experiencia tan profunda de su corazón. Es alentador ver que al menos las heridas cicatrizan. Y más aún recordar que un día seremos transformados y que de las cicatrices no quedará ni el más mínimo rastro! Que Dios lo bendiga! Un abrazo

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