Etiquetas


Etiquetas 
Dr. Miguel Ángel Núñez

Tengo una biblioteca de casi 30 mil libros electrónicos y cada semana mi colección aumenta. Uso un programa denominado Calibre que me permite no sólo la clasificación de los libros, sino la lectura de los mismos. Cada vez que tengo que clasificar un libro una de las características del programa es pedirme “etiquetas”, es decir, palabras que de algún modo describan el contenido del texto. Sin embargo, es muy difícil que pueda poner una sola palabra para describir un volumen escrito.

Por ejemplo, en este momento estoy clasificando el libro del filósofo, ensayista e historiador italiano Giorgio Agamben, titulado Infancia e historia: Destrucción de la experiencia y origen de la historia. Mi primera pregunta es ¿qué etiqueta le pongo? Es un ensayo, así que bien podría ponerle así “ensayo”, pero también es un libro de historia, por lo que cabe la categoría “historia”, pero además, es un análisis de historia de ideas que caben dentro de “filosofía”, y como buena parte del libro trata sobre la modernidad podría ponerle “modernidad”. Reviso el índice y entre los ensayos que contiene hay uno que se titula “reflexiones sobre la historia y el juego”, por lo tanto, en categorías tengo que poner “juego” y “competencias”, pero también analiza brevemente el pensamiento al respecto de dos autores Adorno y Benjamín, en ese caso, en las categorías también debo poner esos dos nombres. En el último capítulo hay un análisis del concepto “fábula” y parte analizando la idea del “pesebre”, eso significa que tengo que poner la etiqueta “agnóstico”, para también describir el contenido. Sería muy simplista de mi parte que le pusiera una sola etiqueta para pretender englobar todo el contenido del libro porque no le haría justicia al mismo. ¿A qué se debe esta reflexión?

En el último tiempo ha aparecido una tendencia entre grupos cristianos que no es nueva, que data desde siglos, pero que de tiempo en tiempo vuelve a aparecer. La imperiosa necesidad que tienen algunas personas de “clasificar” el pensamiento de otros, como si eso fuera lo más natural del mundo o como si obedeciera a una tendencia compulsa de, al ponerle etiquetas al pensamiento de alguien, estar, crédulamente en condiciones de entender el pensamiento de una persona.

Se usan etiquetas como “progresistas”, “conservadores”, “liberales”, “extrema derecha”, “extrema izquierda”, y otras expresiones similares. Sin embargo, todos estos intentos, no son más que artificios superficiales para intentar encasillar el pensamiento, y en vez de ayudar en la sana comprensión de las ideas, lo que provoca es abanderamiento, atrincheramiento, descalificación e imposibilidad de análisis y reflexión.

¿Calza una persona completamente en un segmento o en una clasificación? Es muy difícil poner una sola etiqueta. Si un libro nos dificulta para clasificarlo, esto es aún más complejo en el caso de las personas y sus ideas.

Tengo la impresión que las personas que buscan las clasificaciones lo hacen por miedo a pensar o por pereza intelectual. Es más fácil clasificar y descartar, que dialogar, reflexionar y meditar en lo que una persona expresa. Permítanme explicarlo con un ejemplo.

Cuando estudiaba filosofía en la Universidad de Concepción en Chile, todos los semestres teníamos una asignatura que se denominada “Seminario”. El contenido de la misma lo daba un profesor diferente y cada uno lo hacía desde la perspectiva de su autor más estudiado o desde la línea de pensamiento preferida, en algunos casos, o simplemente, tomando un tema que el profesor en ese momento estuviera investigando. Eran clases entretenidas, a menudo con mucha dinámica de diálogo y confrontación dialéctica. En suma, era enriquecedor. En cinco años, tomé 10 seminarios de diferente índole. Uno de ellos fue sobre Frederich Nietzsche, el filósofo alemán, considerado ateo, aunque la mayor parte de las veces la gente ni entienda qué significa dicho planteo. Como parte del curso se nos exigía leer una obra de Nietzsche a la semana y aparte, preparar un ensayo sobre uno de sus libros. A mí me tocó “Humano demasiado humano”, libro que aún me sigue impactando hasta el día de hoy. Al finalizar el semestre habíamos leído la mayor parte de la obra de Nietzsche y no sólo la habíamos criticado, analizado, discrepado y diseccionado hasta el mínimo detalle, sino que podíamos decir con propiedad que conocíamos un poco más del pensamiento de ese autor.

Un par de años después que me gradué y cuando ya era docente de la Universidad Adventista de Chile, llegó un predicador y en un sermón ilustró un punto hablando del “recalcitrante ateo Nietzsche, que se había atrevido a declarar Dios ha muerto”. Hizo una serie de aseveraciones, la mayoría de ellas descalificadoras y terminó poniéndole el rótulo de “autor del demonio” a Nietzsche.

Cuando finalizó la homilía, a la salida pedí hablar con ese hombre y le pregunté:

—¿Cuántos libros de Nietzsche usted ha leído?.

Sin saber quién era yo me espetó con cierto grado de soberbia:

—No necesito leerlos para saber de qué hablan. —Luego, le dije:

—¿Sabía usted que la frase “Dios ha muerto” no es de Nietzsche?

—Usted se equivoca —me dijo el hombre—, estoy seguro que la dice él.

—Si claro, —le dije— la repite en varios de sus libros, especialmente en “Así hablo Zaratustra”, pero no es una frase de él, sino de Martín Lutero.

El hombre se quedó callado y yo continué hablando.

—La dice Nietzsche a modo de crítica a los cristianos de su tiempo que habían hecho de Dios una caricatura, y les espeta esta frase que es de un himno de Lutero, diciendo, para ustedes “Dios ha muerto”, no para afirmar la “muerte” de Dios, sino para evidenciar la poca importancia que se le concedía en su tiempo al cristianismo de manera operante. Se había convertido en una religión más, sin sentido práctico, formal, ritualista y sin efecto perdurable en la vida de las personas.

El hombre estaba incómodo a medida que hablaba y cómo ya quería irse le dije:

—He leído todos los libros de Nietzsche y no estoy seguro que fuera ateo, al menos como el ateísmo clásico o el agnosticismo. Era hijo de un pastor luterano y creo que toda su vida luchó para creer, pero sus contemporáneos se la hicieron muy difícil con su cristianismo vacío.

—Bueno, —dijo el hombre—, de todos modos no tengo mucho tiempo para leer libros de filosofía.

—Entonces, —le dije—, no debería hablar de lo que no está plenamente seguro.

He recordado esta anécdota para evidenciar que es más fácil etiquetar que entender, poner rótulos antes que darse el trabajo de tratar de comprender a un autor.

En la práctica una etiqueta al pensamiento de una persona es simplista, reduccionista, y si se piensa bien un insulto a la inteligencia. Nadie cabe en una sola etiqueta, y el simple hecho de querer etiquetarlo es faltarle el respeto a la suma de su pensamiento.

Religión y etiquetas

Cuando el asunto es en religión tiene otro componente. La tendencia a etiquetar adquiere un sentido un tanto más delicado, porque se comete el error de radicalizar posiciones. Una persona religiosa que tiende a etiquetar corre el riesgo de dogmatizar su pensamiento. El dogma tiene la propiedad de ser un pensamiento que se resiste al análisis y el escrutinio. Se asume como si fuera una verdad última e irrefutable. En religión el dogma se convierte en un arma de doble filo, porque por un lado impide el desarrollo del pensamiento teológico y por otro lado, convierte a quienes no apoyan dicho pensamiento en enemigos de aquello que se ha dogmatizado.

Dios es la única verdad última, pero toda “certeza” o “verdad” que se tenga de la divinidad, no puede entrar en el rango de lo absoluto, porque de esa manera se cae en un callejón sin salida, o en un pensamiento absurdo o en una aporía (como solían decir los griegos). Si una persona sostiene que su pensamiento religioso no es dable de ser revisado ni analizado, entonces, está admitiendo que ha llegado a un planteo absoluto, pero al hacerlo, no entiende el absurdo de su aserto, porque un ser humano finito, limitado y parcial nunca podría llegar a un concepto absoluto. Eso significa que toda verdad religiosa que se tiene es provisional, lo mejor que se tiene hasta ese momento, es lo que se denomina “verdad progresiva” (que entre paréntesis no tiene nada que ver con el absurdo que algunos sostienen de “adventismo progresista”), o “verdad presente” (es decir, la mejor idea que tenemos hasta hoy).

Una etiqueta religiosa que se convierte en dogma, impide el diálogo, el análisis, el estudio y fomenta un clima de animadversión hacia otros.

Cuando se etiqueta se está impidiendo, desde el inicio, el diálogo honesto y sin agenda previa, porque se parte suponiendo que la “verdad que se tiene” es superior a “la verdad que posee” el otro. Por ese camino se han gestado inquisiciones, progrom, hogueras, asesinatos, cruzadas, imprimatur, y todos los excesos más horrendos, en aras de la defensa de la verdad. Siempre han existido temas por los cuales en el cristianismo se han declarado batallas y disputas, sin embargo, cuando se trata de defender una postura a como dé lugar, sin buscar la verdad o la certeza, el consenso o el diálogo, lo que se produce finalmente es una negación de la fe y de lo que Jesús enseñó cuando dijo:
“Todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35).

2 comentarios:

  1. Solo como comentario secundario he de decir que el arte de etiquetar un libro no es para resumirlo, sino para que sea fácilmente encontrado. El libro que da pie a la anécdota del principio, probablemente, deba llevar etiquetas de tipo "ensayos", "infancia-ensayos", y no más que eso. El arte de etiquetar es esencial para la actividad de bibliotecas que contando con miles y miles de ejemplares, ponen a disposición de los usuarios formas de búsqueda por temas. Es claro que se necesita inteligencia del que busca también pues no puede cubrir el esfuerzo solo el que etiqueta, porque cuando los ejemplares aumentan, si por cada uno se realiza una "ficha" temática, terminará resultando inútil la clasificación minuciosa por abundante, casi tantas como libros.

    ResponderEliminar

Tus comentarios enriquecen este blog, y a las personas que lo leen. Te agradezco por tus aportes. Sin embargo, ten en cuenta que para que se publique lo que comentas debes indicar tu nombre (no se publicará ningún mensaje anónimo), y no debe aparecer ningún enlace a alguna página, número de teléfono, o dirección. Además, no se publicará ningún comentario con tinte ofensivo, homofóbico, discriminatorio, insultante o irrespetuoso. Todo lo demás, es bienvenido.