Teología chatarra



Teología chatarra
Dr. Miguel Ángel Núñez

“A ningún hombre se le debería imponer una concepción del mundo y sobre la conciencia de un hombre ningún poder terrenal debería tener jamás autoridad” (León Tolstoi).

Un fenómeno, que no es nuevo, está inundando el ambiente cristiano en todas partes. Las redes sociales y los medios masivos de difusión están haciendo posible la proliferación de esta forma de encarar la teología.

El concepto “chatarra” que se emplea para la comida rápida (fast food) supone mitigar el hambre, pero sin alimentarse correctamente y generando una serie de problemas secundarios. Quienes siguen una alimentación chatarra, tarde o temprano, terminan enfermos y mal nutridos.

Haciendo una analogía con la comida rápida, la teología chatarra tiene algunas características que la hacen fácilmente digerible, pero a la larga son teológicamente indigestas.

1. Sensacionalista

Tal como sucede en el periodismo amarillista que se centra en temas alarmistas y que causan expectación. Es sorprendente que en las redes sociales un post sensacionalista se riega de manera viral y es reposteado una y otra vez.

Sin embargo, si alguien hace un análisis cuidadoso de un punto y ocupando referencias bibliográficas suficientes para sustentar el concepto suceden dos cosas:
  • No es leído por ser considerado “demasiado académico”; 
  • Carece de interés para ser repostado. 
El sensacionalismo, tal como la expresión lo dice, es simplemente exacerbación de los miedos y propagación de temores. Lamentablemente, el miedo puede mucho más que la esperanza. La paranoia colectiva siempre tiene más impacto que un mensaje mesurado y que busca el equilibrio.

Si se hace un análisis estadístico, evidentemente lo que más abunda en las redes sociales y en las revistas de divulgación religiosa, son los temas amarillistas, los que llaman al alarmismo y que hacen énfasis en el miedo y la paranoia colectiva.

Al respecto Elena G. de White, con una mirada señera en lo que habría de ocurrir señala:
Los que realizan la obra del Señor en las ciudades deben poner a contribución un esfuerzo tranquilo, permanente y devoto para la educación de la gente. Aun cuando han de trabajar con fervor para interesar a los oyentes, y para mantener este interés, sin embargo, al mismo tiempo deben guardarse cuidadosamente de cualquier cosa que raye en el sensacionalismo. En esta época de extravagancia y ostentación externa, cuando los hombres creen que es necesario efectuar un despliegue con el propósito de obtener éxito, los mensajeros escogidos por Dios han de ver la falacia de gastar medios innecesariamente para producir un impacto. Mientras trabajan con sencillez, humildad y dignidad llena de gracia, evitando todo lo que sea de una naturaleza teatral, su obra hará una impresión duradera para el bien”.[1]
2. Falta de sustento 

Una de las paradojas de internet es que producto de las redes sociales y de la proliferación de medios escritos, la gente cada vez lee más… sin embargo, la mayoría no tolera explicaciones que sean superiores a 800 o 1000 palabras, de hecho hay varios medios que han establecido la media en 600 palabras, es decir, se busca el mínimo de expresión escrita.

Se trata, como en la comida chatarra, de lo fácil de digerir y que sea corto, al estilo de la mínima reducción contemporánea como  Twitter, no más de 140 caracteres.

Un artículo sólido, con fundamento, que tenga más de 1000 palabras, está condenado a ser leído por especialistas, la masa se conformará con el primer párrafo.

Eso configura un universo de opinantes sin sustento, donde la única base es “me parece” o “tal autor dice”. Por esa razón el “texto  prueba” se ha convertido en el formato más recurrente. Se sigue la costumbre de buscar frases o párrafos que apoyen ideas preconcebidas, sin detenerse a pensar si son correctas o si están usadas en el contexto textual y cultural adecuado. La gente, como en tiempos de Amós, está con “hambre... de oír la palabra del Señor” (Amós 8: 1), pero tal cosa no ocurre, porque estamos ocupados en opiniones y no en sustentar bíblicamente lo que se afirma desde el facilismo de la opinión.

Creer que todos deben tener la misma opinión sobre un determinado punto es no entender la dinámica del estudio de la Biblia. Tal como sugiere EGW:
Cuando no surgen nuevas preguntas por efecto de la investigación de la Escritura, cuando no se levanta ninguna diferencia de opinión que induzca a los hombres a escudriñar la Biblia por su cuenta, para asegurarse de que poseen la verdad, habrá muchos, como en los tiempos antiguos, que se aferrarán a la tradición y adorarán lo que no conocen”.[2]
3. El factor masivo

En la “teología chatarra” no se busca la solidez de un pensamiento sino la popularidad de un concepto. Así como McDonald que vende sus productos en base a lo más pedido y en cada país se acomoda a los gustos masivos, la teología chatarra busca con oportunismo el “tema” en boga, no lo que es sustentable, sino lo popular.

La verdadera teología no tiene nada que ver con popularidad, al contrario, es fruto de un trabajo cuidadoso que a menudo lleva décadas de estudio y donde lo masivo no tiene nada que hacer. Una idea teológica sana se presenta como expresión de una conclusión sólida y sustentable, que a menudo lleva mucho tiempo madurar y expresar adecuadamente.

Muchos, imbuidos por esa falsa sensación de “mayoría” olvidan que:
La verdad nunca se encontró en la mayoría. Siempre se la encontró en la minoría.[3]
4. La presunción de sapiencia

La comida chatarra genera incondicionalidad. Aunque se le explique a la gente que sus efectos son dañinos muchos sólo la consumen porque satisface sus expectativas, al menos saciar el hambre, sin considerar los efectos dañinos.

La formación de un buen teólogo demanda por lo menos diez años. Implica estudios de las lenguas originales, análisis de fuentes, crítica textual, hermenéutica del texto, y otras habilidades que demandan disciplina y trabajo.

Sin embargo, la teología chatarra está generando un ejército de “opinantes” que se atreven a descalificar a teólogos y estudiosos si eso no coincide con sus preconceptos, como sucedió con la tradición de la hamburguesa McDonald, que en Australia decidió cambiar por una del mismo sabor, pero vegetariana (producida por la fábrica de alimentos adventista), como cambió ligeramente lo que los incondicionales conocían esto provocó una horda de descalificaciones, que obligó a la empresa a sacarla del mercado. La analogía es que si algún teólogo después de análisis y trabajo llega a una conclusión de que una interpretación tradicional está equivocada, los consumidores que no están preocupados de la calidad de lo que tragan sino de que tenga el mismo sabor, estallan en reclamos descalificadores contra el teólogo que se atreve a desafiar un concepto y una creencia equivocada. En ese caso, se asesina al mensajero para no tener que salir de la zona de confort de la opinión ya establecida.

5. Extremista

Una teología sana es ponderada y por definición busca el equilibrio. La razón es simple, el objeto de estudio es supremo y absoluto, por lo tanto, se debe tener cautela a la hora de afirmar o negar algo de la divinidad.
En contrapartida, la teología chatarra tiende a los extremos y polariza las opiniones, considerando que no hay otra alternativa posible que lo que ellos afirman como verdad o mentira. No hay términos medios, ni grises ni claros oscuros, ni siquiera se plantean la posibilidad de tener planteamientos provisionales, mientras se encuentran mejores explicaciones.

Como no se basan en el logos (razón, sustento, sentido, verdad), sino en la mera doxa (opinión, parecer, sentimiento, perspectiva, falta de evidencia) es difícil, sino imposible, contrarrestar sus planteamientos.
Es un fenómeno complejo que como ya hemos dicho hace que la razón sea despreciada y la emoción maximizada, sin entender, que la teología se hace para gente de “carne y hueso” (parafraseando a Miguel de Unamuno), y es preciso entender que todo cambio real, viene siempre de la mente, no de la emoción (Efesios 4:23; Romanos 12:2).

6. Negarse al diálogo

Sorprendentemente una “teología chatarra”, al ser considerada en sí misma como la única opción, se niega al diálogo. Por lo tanto, genera un espíritu de intolerancia a cualquier alternativa que de algún modo contradiga sus opiniones e ideas.

La tendencia es descalificar, motejar, estereotipar y calificar a quienes tienen perspectivas diferentes. Es sintomático que dónde más abunda la descalificación es donde más impera una teología que sólo se basa en planteamientos sin fundamentos, y sólo en base a tradiciones históricas, posiciones dogmáticas que no se discuten ni se revisan, generando un ambiente asfixiante para la libre reflexión y para el diálogo.
Ningún ser humano es dueño de la verdad. El único absoluto es Dios. La teología es el diálogo de miles de hombres y mujeres, que han ido descubriendo verdades a lo largo de los siglos, construyendo un entramado meticuloso, arena tras arena, para lograr tener una visión de Dios, sana, esperanzadora y redentora. Una teología chatarra no admite el diálogo, porque dialogar supone de alguna manera, tener que dar evidencias y eso, simplemente, no se puede hacer en el contexto de opiniones que se basan en textos bíblicos descontextualizados o ideas sin el suficiente correlato en la historia y la realidad bíblica.

Por esa razón la teología chatarra juzga de manera implacable a quienes no admiten sus postulados rotulándolos de las formas más horrendas y no permitiendo ni admitiendo el derecho a la libre opinión y a la libertad de expresar la religión de una manera libre y sin trabas.

No hay nada nuevo bajo el sol, ya lo decía Sebastían Castellio en 1551 en su lucha contra Juan Calvino por la libertad de conciencia: 
“Buscar y decir la verdad, tal y como se piensa, no puede ser nunca un delito. A nadie se le debe obligar a creer. La conciencia es libre”. 
Premisa que muchos de los exponentes de la teología chatarra parecen haber olvidado.


El desafío

Estamos ante la presencia de un fenómeno, que no es nuevo, pero que en el mundo contemporáneo adquiere ribetes novedosos. En cierto modo es regresar al oscurantismo medieval con el agravante que la situación tecnológica magnifica y riega el error de una forma impredecible.

El agravante es que muchos teólogos no están generando la posibilidad real de ser proactivos, no sólo por el torrente nocivo de opiniones infundadas, sino por la actitud de quienes ni siquiera se están dando el trabajo de analizar con profundidad.

En contraste, ¿cuáles son las características de una teología sana?

1. Dadora de esperanza

En contraste con una teología sensacionalista, una teología sana es esperanzadora. No busca acusar, atemorizar ni demonizar las acciones humanas, sino ofrecer la salvación como la única alternativa válida para el ser humano.

Desde esta perspectiva una teología sana entiende que no se puede realizar ningún cambio, ningún reavivamiento ni reforma, mientras no se tenga como centro a Jesús. La teología chatarra saca a Jesús del centro y se vincula con cuestiones tangenciales: adoración, formas, música, liturgia, templos, prácticas, normas, y un gran etc.

Como diría Pablo: “Jesús mismo la piedra angular” (Efesios 2:20), todo otro centro, es simplemente, sacar a Cristo de la escena y por lo tanto, cargar de normas, reglas, preceptos y otras cargas que lo único que hacen es vender una idea no de gracia, sino de ganancia de gracia por medio de la acción humana.

Como diría EGW:
Ningún discurso debe predicarse jamás sin presentar a Cristo, y a él crucificado, como fundamento del Evangelio”.[4]
2. Sustentada

Una teología sana busca premeditadamente un sustento válido, no basado en opiniones, ni en texto prueba ni en preconceptos. No se trata de juntar versículos o citas para apoyar una idea, sino de reconocer la fuente real de una idea o de un planteamiento, que sea coherente, con toda la Escritura y que no se sustente en opiniones parciales, sino que tenga como base un predicamento sano sobre Dios.

Teología, es en esencia, estudio de Dios. Una teología que sea sana, tendrá como eje central a Dios y su carácter. Por lo tanto, el sustento se adecuará no a ideas humanas o actitudes mundanas, sino en torno a un carácter de Dios que en esencia es amor (1 Juan 4:8). Cualquier conclusión que presente a un Dios desprovisto de misericordia y compasión, es simplemente una tergiversación de una teología sana y equilibrada.

3. No apela a la masividad

Una buena teología no es un concurso de popularidad. No se enseñan ideas teológicas para ser simpático. Alguien me dijo alguna vez en México, “es preferible que se queden así, en el error, llevaría mucho tiempo enseñar lo correcto y además, nos quitaría el apoyo de la gente”. En otras palabras, no interesa la verdad sino la popularidad y el discurso políticamente correcto.

Cada vez que se apela a la “mayoría” o a “la tradición” popular como sustento para una idea teológica, sin duda, se está en un área gris, donde las personas tenderán a no cuestionar lo que creen con tal de no provocar a quienes tienen una idea arraigada. En este caso, lo popular puede más que la verdad. Una teología sana no es un concurso de popularidad, sino una búsqueda honesta de la verdad.

Como señala Elena de White:
Pero Dios tendrá en la tierra un pueblo que sostendrá la Biblia y la Biblia sola, como piedra de toque de todas las doctrinas y base de todas las reformas. Ni las opiniones de los sabios, ni las deducciones de la ciencia, ni los credos o decisiones de concilios tan numerosos y discordantes como lo son las iglesias que representan, ni la voz de las mayorías, nada de esto, ni en conjunto ni en parte, debe ser considerado como evidencia en favor o en contra de cualquier punto de fe religiosa. Antes de aceptar cualquier doctrina o precepto debemos cerciorarnos de si los autoriza un categórico “Así dice Jehová.[5]
4. Busca evidencias sustentables

Es impresionante la forma en que algunos utilizan la Biblia, exclusivamente buscando versículos que de alguna forma coincidan con sus puntos de vista, para eso utilizan frases  o versículos completos, sin considerar el contexto cultural y textual, simplemente, elaborando planteamientos que de algún modo den sustento a sus preconceptos e ideas previas.

Una teología sana no va en busca de fundamento para ideas preconcebidas, sino al contrario, se deja guiar por lo que la Escritura presenta, sin ningún otro considerando. Pero no es juntar versículos, como suelen hacer quienes creen convencer con cientos de textos, sino que se usan conceptos que tienen un fundamento claro en el contexto textual y cultural bíblico.

5. Equilibrada

Una teología sana, por definición, busca el equilibrio. Se aleja de posturas extremas y busca un punto intermedio que permita ser ponderado a la hora de dar a conocer una opinión que sea sustentable y válida.
La teología chatarra, generalmente, se abandera en posiciones extremas y descalifica a quienes tienen una visión diferente. La teología sana, al contrario, entiende que el único absoluto es Dios por lo tanto cualquier conclusión a la que se llegue será formulada en términos no dogmáticos, entendiendo que siendo Dios la única verdad (Jn. 14:6), todo planteamiento que se haga en lenguaje humano será limitado y no final.

6. Dialoga

Es sintomático que todo aquel que descalifica y evade el diálogo, lo hace sobre la base de presuponer que su planteamiento no admite análisis porque es la última palabra, de allí que no hay lugar para el diálogo ni para puntos de vista divergentes.  La teología chatarra denigra la libertad de conciencia y busca, precisamente, la uniformidad teológica, eco de las palabras terribles y profanas de Théodore de Beze, sucesor de Juan Calvino quien llegó a decir: “La libertad de conciencia es una doctrina del diablo”. Si algunos de los que sustentan esta nueva teología dogmática, basada en preconceptos y premisas insustentables, tuvieran poder volverían a prender las hogueras donde marcharían como víctimas los exponentes del equilibrio y el evangelio de la gracia.

Una teología sana dialoga sobre la base de que es en el consenso donde se avanza hacia la verdad y no en el dogmatismo cerrado que no permite un análisis ponderado. El diálogo supone que ambas partes están dispuestas por igual a analizar sus planteamientos para elaborar mejor su posición, eso implica entender que la verdad última siempre es prerrogativa de Dios y los seres humanos, con humildad, están en permanente búsqueda para tener una visión lo más cercana posible a la realidad de Dios.

Una teología sana nunca desprecia a quien no cree de la misma manera. Como señala EGW:
No se debe mirar con desprecio a nadie. No debe haber farisaísmo, ni justificación propia.[6]
Conclusión

No se va a acabar la teología chatarra, pero al menos, es necesario estar alertas frente a sus demandas y acciones. Una teología chatarra provoca una ambiente religioso tóxico, crea sentimientos de culpa, está llena de informaciones carentes de fundamento bíblico sano, es extremista, engaña sutilmente al hacerles creer a quienes la sostienen que no hay nada más que indagar, salvo lo que ellos sostienen, crea una falsa sensación de triunfalismo frente a los demás, es descalificadora y presuntuosa, y finalmente, no edifica, sino al contrario, engaña y conduce inevitablemente a la división, la exclusión y la descalificación de quienes no aceptan sus planteamientos.

El Dr. Miguel Ángel Núñez es chileno, pastor adventista, 
Doctor en Teología Sistemática, Licenciado en Filosofía y Educación, y Orientador Familiar. 
Conferenciante internacional y escritor de más de 50 libros.




[1] Elena G. de White, El evangelismo (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1978), 53.
[2] Elena G. de White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2004), 2: 311.
[3] Elena G. de White, El Cristo triunfante (Miami: Asociación Publicadora Interamericana, 1999), 80.
[4] Elena G. de White, Obreros evangélicos (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1997), 167.
[5] Elena G. de White, El conflicto inminente (Mountain View, CA.: Pacific Press, 1969), 78.
[6] Elena G. de White, Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1992), 93.

2 comentarios:

  1. La última oración del punto 4: "En ese caso, se asesina al mensajero para no tener que salir de la zona de confort de la opinión ya establecida" me hizo recordar a varios profetas que, por el simple hecho de llevar un mensaje diferente a lo que se quería escuchar, eran hechados de la corte del rey y considerados como mal agüeros y que deberían ser muertos, esto último tal cual sucedió en el caso de Esteban.

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  2. Gracias pastor por tan valiosa enseñanza. Hace no mucho un escritor señalaba que el mundo podía volver al oscurantismo de la Edad Media. Leer su artículo, hacer una retrospectiva y apreciar lo que ocurre alrededor debe ponernos en alerta porque la ligereza que se observa por doquier puede desviarnos de la verdad de forma muy sutil y peligrosa, además me corrobora que aquel escritor no está tan equivocado.

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