¡Culpable!


La religión es un medio transformador. Una religión sana energiza, da fuerzas, ofrece una visión positiva de la vida, entrega valores, fomenta el diálogo, entrega un contexto de compañerismo y amistad.

Sin embargo, con la religión sana conviven los más horrendos medios para coartar la libertad, limitar la libre expresión, fomentar una visión negativa de la existencia, crear un mundo de sospecha y resquemor, y sobre todo, hacer que los individuos sientan culpa.

Cantos infantiles tan, aparentemente inocentes, como:
“Cuidaditos las manitos lo que hacen,
Cuidadito los ojitos lo que ven,
Cuidadito los piecitos donde andan,
Hay un Dios de amor
Que mirando está.
Cuidadito las manitos lo que hacen”.
Lo que crean es una sensación de opresión y culpa que convierte a niños inocentes en pequeños neuróticos que ven a Dios como “el gran hermano” de la novela de Aldous Huxley, Un mundo feliz, que terminan detestando la sola idea de un Dios de amor, porque lo perciben como un gran vigilante de sus sentimientos, pensamientos y acciones, y al que no se le escapa nada… pero, para anotar lo que haces para castigarte.

Muchas personas crecen pensando que hagan lo que hagan, no podrán escapar del ojo avizor de un Dios que existe para perseguirles y acosarlos.

La culpa generara sentimientos de pesar y angustia. Quienes sienten culpa viven con la sensación permanente de que hay una deuda que pagar o un error que reparar. Sin embargo, la percepción aplastante es que es imposible pagar esa deuda emocional, la culpa termina por instalarse en sus vidas y terminan modelando todo lo que hacen a la luz de esa supuesta deuda impaga. La culpa, finalmente, enferma y debilita la existencia.

Cuando se piensa en Dios, lo único que hay en el horizonte es la idea de un Dios que está ansioso por hacernos pagar por nuestros pecados y condenarnos si nos equivocamos. De allí a una religión neurótica hay sólo un paso.

En este contexto, muchos se convierten en “ayudadores” de Dios. Una especie de “policías religiosos”, al servicio de el “gran vigilante” que todo lo observa. En parte lo hacen con el fin de sentir menos culpa o con el autoengaño de creer que si denuncian los errores ajenos, de esa forma, Dios se apiadará de ellos. Lo que no entienden es la dependencia que tienen hacia una forma enfermiza de la religión.

Una religión que en vez de liberar llena de culpas, no sólo es execrable, es además, una fuente de contaminación y deterioro emocional, que a veces, se traspasa de una generación a otra creando verdaderas constelaciones familiares llenas de culpa, resquemor, miedo y sospecha. La religión convertida en medio de coerción, no de liberación.

Los padres criados en un ambiente religioso tóxico traspasan esa misma visión torcida de la espiritualidad a sus hijos, convirtiéndolos en personas temerosas y siempre expectantes ante las equivocaciones y errores. Son hijos que creen que si no hay sacrificio ni dolor, no son merecedores de lo que tienen. Sus padres se encargan de recordarles cuánto le deben a Dios, haciéndolos dependientes de una manera negativa de la divinidad. En un ambiente así se generan personalidades tóxicas que llegan a creer que todo deben ganárselo, porque no merecen nada, eso incluye la salvación que es inconcebible que sea concedida por gracia. Lamentablemente, muchas congregaciones que reúne a personas con estas características tienden a reforzar estas ideas y la gratuidad de la gracia y del evangelio se diluye entre los pliegues de esta religiosidad de deudas y culpas.

El camino de la culpa también crea esclavos y dependientes emocionales. Personas que no son capaces de aceptar ni siquiera un obsequio, porque se sienten comprometidas ante un elogio, un regalo o un simple acto de caridad. Como han sido criados en un contexto de deudas, no pueden aceptar que alguien pueda obsequiarles algo sin esperar nada a cambio. En dicho ambiente, la gracia no se entiende, y por esa razón, suelen creer que la “obediencia” y “la respuesta de amor” ante el amor de Dios es la única salida aceptable, sin darse cuenta, que simplemente son personas que responden a un patrón de esclavitud emocional, se sienten en deuda por aquel que les ha dado algo que ellos sienten que no merecen. En un proceso permanente este esquema mental tiende a eternizarse y pasar de una generación a otra.

El legalismo y la culpa

El legalismo nunca ha muerto y creo que nunca morirá. Seguirá existiendo mientras estemos en este mundo, porque pareciera ser parte de la naturaleza humana.

El legalismo acusa, señala, moteja, juzga y el vocabulario que se usa es habitualmente de crítica y juicio permanente, lamentablemente, todo eso se realiza a nombre de Dios, porque los legalistas, de una manera presuntuosa y soberbia, siempre creen hablar a nombre de la divinidad. El legalismo no puede vivir la libertad cristiana porque simplemente no la puede experimentar. Todo el sesgo religioso que arrastra le impide vivir la paz y la alegría que ofrece el evangelio. Jesús dijo:
“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17).
Lo extraño es que Cristo, el redentor, el único que está en condiciones de juzgar no lo hace y muchos de los que supuestamente son sus seguidores, caen el juego del juicio, la condena y la exclusión. Es, por decir lo menos, paradojal, y digno de una mente que no ha entendido a cabalidad el significado de la Cruz. Olvidan, con su actitud que quien convence de pecado es el Espíritu Santo, pero ellos, sienten que no es suficiente y que el Espíritu Santo necesita de “SU” ayuda para que los conversos puedan arrepentirse de sus faltas.

Por otro lado, las personas dominadas por la culpa, sospechan y desconfían de la felicidad y la alegría. Les parece extraño que alguien, con semejantes pecados, pueda sonreír y sentirse pleno. Para sus mentes distorsionadas y apesadumbradas por la culpa, la única salida válida es tener constantemente una actitud de humillación y pena por los “dolores” causados a Dios por el pecado, como si Dios se sintiera pleno sólo con el sufrimiento de sus hijos, a quienes, por lo demás, nunca tienen suficiente de dolor. No están preparados para la bendición y sienten que el único camino posible es sufrir por todo lo que se recibe, porque, “así lo querría Dios”.

Son personas que buscan el látigo del castigo y de la reprensión, porque no pueden estar tranquilos en un ambiente de amor y donde reina la fraternidad cristiana. Por eso, suelen pensar que se vive un “cristianismo blando” y “enclenque” cuando no se acusa suficientemente a los pecadores y no se los humilla por sus faltas. Cualquier llamado a vivir la alegría del evangelio y la paz de la gracia es interpretado como una “gracia barata” desprovista de suficiente sufrimiento y castigo.

La única respuesta posible

Siglos después de la ascensión de Jesús, aún persiste la pregunta de Pedro que el legalismo es incapaz de contestar:
“¿Por qué desafían ustedes a Dios imponiendo sobre estos creyentes una carga que ni nosotros ni nuestros antepasados hemos podido llevar?” (Hechos 15:10 )
La única respuesta es la que da Pedro y la que se mantiene vigente hasta hoy:
“Creemos que somos salvados gratuitamente por la bondad del Señor Jesús” (Hechos 15:11).
El consejo de Pablo dice:
“Cristo nos dio libertad para que seamos libres. Por lo tanto, manténganse ustedes firmes en esa libertad y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud” (Gálatas 5:1).
Libertad para vivir sin culpa.

Libertad para vivir en un ambiente sin la toxicidad de la sospecha y la acusación.

Libertad para experimentar el gozo del evangelio.

Libertad para ser plenos, sin tener remordimientos por ser feliz.

Por esa razón, me revelo frente a una religión que pretende culpabilizarme en vez de librarme de la culpa.

Como diría el clérigo francés Bernardo de Claraval (1090-1153): “La culpa no está en el sentimiento, sino en el consentimiento”, por lo tanto, no permito que alguien, por la razón que sea, me cargue de culpas que no son mías.

Jesús vino a morir y resucitó para liberarme de la carga de la culpa. Siento que cuando acepto que alguien me culpabilice, lo único que hago, es negar el sacrificio de Cristo y sumirme nuevamente en esa religiosidad tóxica que no nos libera, sino que nos vuelve a cargar de sentimientos que no nos ennoblecen, sino que nos lastiman y humillan.

Permitir que alguien me ponga cadenas de esclavitud culpable, lo único que hace, es volverme a las catatumbas de la soledad y la oscuridad, allí donde no hay lugar para la alegría de la adoración espontánea, ni para la alabanza plena.

El que vive atizando la culpa personal y la de otros, no puede entender el gozo, simplemente, porque no lo puede experimentar, es lo más lejano a su realidad de culpabilidad y opresión tortuosa.

La culpa crea las condiciones para la tortura mental, y permite la manipulación, el autoritarismo, el sectarismo y todas las formas de opresión que sirven para mantener a quienes viven bajo el peso de la culpa en esa sensación esclava de no poder decir nunca: ¡Libres, al fin libres!

Jesús, hablando de sí mismo dijo:
“Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).
Nunca podremos liberarnos de ninguna carga de culpa, mientras no entendamos que Jesús vino a darnos la libertad que tanto necesitamos para poder vivir en plenitud y alegría.

De lo único que me declaro culpable es de no querer ser culpable y de no aceptar que algunos a nombre de Dios, quieran ponerme cadenas de culpabilidad que fueron soltadas hace siglos por uno que no puede fallar: Jesús, el hombre que me ha quitado el peso de la esclavitud.

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez, 2013


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