Miopía


Ayer comenté de mi tarde de lectura. ¡Cómo la disfruté, cada segundo!

Luego me han escrito varios "bien intencionados" dándome una nota de reprensión por leer "novelas". No me ven, pero estoy sonriendo, a estas alturas de mi vida, la bobería me causa risa. Ni siquiera les he contestado, no creo que valga la pena, pero si una reflexión.

Algunos perderían el aliento si supieran todo lo que leo y qué es lo que leo. Soy un lector ávido, desordenado, goloso, sin límites.

Leo todos los días entre dos y tres horas. Generalmente tres o cuatro libros que voy tomando y dejando dependiendo de mi estado de ánimo. En mi casa, en cada habitación hay libros.

En mi Ipad ando trayendo una biblioteca de libros que leo en cada momento que tengo un minuto de tiempo, esos que se nos van sin que los pensemos siquiera, en la fila del banco, en la espera del restaurant, en la consulta del médico, y así, en infinidad de partes y minutos.

Es impresionante cómo se nos va la vida en esos minutos perdidos sin que lo aprovechemos. Una lectura es una buena compañía y no sólo instruye, ayuda a invertir en vida, porque leer es vida y nos prepara para disfrutar cada minuto siguiente.
Esta semana leo a:


Leer es un placer, un orgasmo mental inefable.

Leo poesía, política, teología, antropología, novela, psicología, filosofía, feminismo, hermenéutica, ciencia y todo lo que me interese, en ese día.

Quienes pretenden ser censores de la lectura ajena, son inquisidores disfrazados de piedad, pequeños argonautas navegando hacia el abismo y queriendo arrastrar a otros tras su locura.

Leo con pasión, con indulgencia, con placer, con emoción.

Leo porque es necesario... porque quien no lee, es simplemente, un analfabeto funcional, alguien que puede armar frases, pero que carece de comprensión, de ilusión, de fantasía, de amplitud, de vitalidad existencial.

Los que no leen son inflexibles, estereotipados, prejuiciosos, tendientes al fanatismo, extremos y limitados en comprensión y análisis.

Es preciso leer, sin medida, sin límites, sin ponerse a pensar en el bien o el mal, sino simplemente, en el placer de leer.

Muchos libros los dejo al primer capítulo, otros les doy un poco de paciencia y sigo, otros los devoro hasta la última palabra, sediento, engullendo cada sílaba como si en eso se me fuera la vida. Con insistencia, con pasión, con alegría, incluso hasta con morbo en ocasiones, o terror en otras.

La próxima semana, no sé dónde me llevarán mis lecturas. Tal vez, hacia volúmenes que ni imagino.

No me gustan las bibliotecas, porque los libros no son míos. Necesito los libros para saborearlos. Mis libros están llenos de subrayados y de escrituras al margen. Un libro se vive, no simplemente se lee. Incluso sólo logré enamorarme de mi Ipad cuando descubrí un software que me permitiera subrayar y agregar notas a lo que leía.

Soy escritor, y los escritores leemos. Escritor que no lee se arriesga a quedar vacío de ideas, vacuo, repetitivo, fugaz, lento de pensamiento y esclavo de estereotipos.

Tengo miedo de los que no leen. Me producen espasmos de pánico. Cuando alguien se jacta de que no le gusta leer, mi primera reacción es querer salir corriendo, porque estoy delante de alguien que sin darse cuenta ha construido paredes en su cerebro y en su cognición se va quedando lleno de alambres de púas que le impiden liberarse y gozar.

La lectura revitaliza el intelecto y flexibiliza las convicciones. Los que no leen son tercos en su ignorancia y sus prejuicios terminan dominándolos.

Leo, y lo seguiré haciendo, hasta el último segundo que viva, porque no sólo es un placer, es una necesidad vital, un esfuerzo por vencer la miopía ideológica en la que han caído los que lamentablemente, sólo piensan que lo que piensan es lo único que hay para pensar.

Dr. Miguel Ángel Núñez

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