Reflexiones en torno a un día triste: 11 de septiembre


Asalto a La Moneda, edificio del gobierno de Chile. 11 de septiembre de 1973


Nací en Argentina, pero me crié en Chile, porque mis padres son chilenos. Tengo nacionalidad argentina y también chilena, y si pudiera tener otra nacionalidad estaría feliz, porque el tener más de una nacionalidad me da la autonomía para decir que las nacionalidades y los nacionalismos son una maldición para la raza humana. No sólo nos separa con fronteras físicas e imaginarias, sino hace olvidar que el lugar donde nacemos es un mero accidente y hacerle un monumento a un accidente es lo más cercano a la vesania.

Chile está fragmentado desde hace 41 años, pero también lo está Argentina, Colombia, Centro América, y la mayoría de los países latinoamericanos que hemos tenido que lidiar con la lacra que ha supuesto vivir bajo regímenes políticos totalitarios y dictatoriales.

Tenía 12 años cuando la democracia fue arrasada en Chile por un grupo de individuos que creyó que matando, torturando y desapareciendo personas podrían construir un mejor país. Ese mismo día, a los doce años recibí un culatazo en la espalda dado por el fusil cobarde de un soldado que no dudó en golpear a un niño y en tener tendidos en el suelo a otros 30, durante 6 horas, simplemente, porque como niños que éramos nunca hubiésemos pensado en que un soldado podría ser un enemigo así que al verlos al frente del colegio comenzamos a bromear sin saber lo que pasaba. Ese día se fracturó mi inocencia y desde allí hasta ahora sospecho de cualquier uniforme, uniformidad o pensamiento verticalista.


Chile hace más de 20 años que regresó a la democracia, pero desde aquel fatídico 11 de septiembre de 1973, aún no nos recuperamos y probablemente pasarán varias generaciones más antes que las heridas puedan sanarse. Hay heridos en ambos lados de la balanza, entre hijos de militares y derechistas, y entre izquierdistas y militantes. En una guerra siempre se daña a alguien, inocentes y culpables, orillados y marginados, niños, mujeres, ancianos y gente común, nadie sale indemne frente a un conflicto armado, menos si los que lo organizan son personas que juraron defender la democracia y lo que hacen es precisamente lo contrario.

No creo en la política. No creo en los ejércitos. No creo en los gobiernos totalitarios. Pero tampoco creo en los cristianos que se escudan en una neutralidad que a la hora de la hora, siempre se vuelca para el lado del poder, como decía un amigo en medio de la dictadura de Pinochet: "La mayoría de los cristianos son apolíticos de derecha", y, tenía razón.
 

El cristianismo exige no ser neutral. No se puede ser neutral ante la desaparición de personas (aún hay cientos de familias chilenas que no saben de sus parientes desaparecidos); no se puede ser neutral frente a la tortura; no se puede ser neutral frente al asesinato impune; no se puede ser cristiano y a la vez ser neutral, la neutralidad se contrapone con la esencia del cristianismo.

Jesús defendió la vida, la transparencia, la humanidad, la verdad, y el derecho. No hay neutralidad en lo que Cristo representa. Si defiendo la vida, estoy en contra del asesinato. Si creo en la transparencia, estoy en contra del secretismo cómplice. Si creo en la humanidad, no puedo aceptar que alguien, por la razón que sea, sea torturado. Si creo en la verdad, no puedo construir un país en base a mentiras. Si creo en el derecho, no puedo avasallar, por ninguna razón, los derechos humanos de nadie. El cristianismo no permite ser neutral. Hay que tomar partido, y eso implicará siempre que alguien te verá como enemigo.

Cristo tiene vocación de humanidad. Llamó al amor, a amigos y enemigos. Vivió por el derecho a morir por una verdad. Sin embargo, amar no significa hacer la vista gorda frente a la maldad. Asesinar no es correcto, sea de derecha o de izquierda el que perpetra el mal. Torturar es una aberración, sea quien sea el que realiza dicha acción detestable.

Los cristianos estamos llamados a predicar un mensaje de paz, pero eso no significa quedarse callado ante la violencia, en este caso y en muchos otros, callar es otorgar.

El maquiavelismo político que supuso las dictaduras, lleva en si el delirio de la superioridad ideológica que siempre es peligrosa, sea en política, religión o ciencia.

Debemos dialogar, hablar, pensar, reflexionar, y tomar decisiones para que nunca más veamos como enemigo a alguien sólo porque piensa diferente. Para que nunca creamos, al estilo fascista, que la solución para la convivencia sea la desaparición de los oponentes.

Hace algunos años, estando en Venezuela, un buen amigo me dijo "lo que necesitamos en mi país es un Pinochet", se me paralizó el corazón y le dije: "Amigo, no tienes idea de lo que estás pidiendo... el fin no justifica la violencia, nunca, por ningún motivo... no sabes lo que dices ni sabes lo que pides". Aún sigo creyéndolo cada día con más fuerza.


Dr. Miguel Ángel Núñez



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