El peligro del pensamiento clerical


Es común que se haga la distinción entre "pastores" y "laicos". La forma de hablar y expresarse está tan enraizada que ambos grupos se consideran a sí mismos como siendo de estancos diferentes. El clero, habiendo recibido un "llamado especial", se siente separado del resto de la congregación religiosa, y los laicos, que no se sienten "llamados", actúan como si debieran obediencia y subordinación al clero.

Lo cierto es que en ninguna parte del Nuevo Testamento se hace una mención siquiera a las expresiones tan comunes que separan al pueblo entre "clérigos" y "laicos". Tampoco hay antecedentes de que una división de ese estilo existiera entre los cristianos de la Iglesia Apostólica.

La idea de la separación de clero y laico recién comienza en los albores del siglo III, cuando progresivamente los que dirigían la iglesia comenzaron a tratar al resto de los cristianos, como indoctos y poco preparados, y teniendo que ser "dirigidos" por el clero. No es una idea que nace en la Biblia sino en una práctica que se introdujo en el cristianismo a partir de nociones culturales de origen no cristiano.

El modelo de separación entre laicos y clérigos no sigue ningún patrón o enseñanza expresa ni de Jesús ni de sus apóstoles.

Al contrario, el apóstol Pablo consideraba que todos los cristianos somos ministros llamados a comunicar el evangelio.
"No es que nos consideremos competentes en nosotros mismos. Nuestra capacidad viene de Dios. Él nos ha capacitado para ser servidores de un nuevo pacto, no el de la letra sino el del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida" (2 Corintios 3:5-6).

En el cristianismo apostólico no habían clases ni separaciones de ningún tipo. Todos se consideraban hermanos. Jesús dice expresamente:
"Pero no permitan que a ustedes se les llame Rabí, porque tienen un solo Maestro y todos ustedes son hermanos" (Mateo 23:8).
Aunque la Biblia habla expresamente de "pastores" que guían a la grey (Hechos 20:28), nunca, los pone en una situación de jerarquía y disminuye o rebaja a quienes son pastoreados, porque todos son hermanos y miembros del mismo cuerpo (1 Corintios 12).

Dios no creó una jerarquización piramidal de obediencia servil. Jesús formó una comunidad cristiana unida por los dones y talentos, donde todos sus miembros tenían la intención expresa de ayudar a crecer al cuerpo.

Pablo utilizó la imagen del cuerpo, para ilustrar que todos los miembros son importantes, sin importar si su labor era menos apreciable que otras. Sin embargo, la cabeza del cuerpo no es el pastor ni el sacerdote sino Cristo. Tal como lo expresa explícitamente Pablo:
"Él [Cristo] es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia" (Colosenses 1:18)
Cuando algún humano cree ser la cabeza de la iglesia, suplanta a Cristo, y se convierte en un usurpador de la identidad de Jesús.

Todos los cristianos, los que de verdad siguen a Cristo, siguen el consejo paulino:
"Sométanse unos a otros, por reverencia a Cristo" (Efesios 5:21)
Eso implica que no hay lugar para jerarquías ni para verticalismos en la comunidad cristiana, donde todos, hermanos en Cristo construimos un vínculo basados en nuestro mutuo amor a Cristo y los principios eternos que él ha esbozado para su iglesia.

Si se acepta una clase clerical, separada y superior al resto de la comunidad cristiana, eso transgrede el principio bíblico de que todos, sin distinción, estamos llamados cumplir los cometidos de la misión.
"Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de entre los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para ser justificado, pero con la boca se confiesa para ser salvo" (Romanos 10:9-10).
¿De quién es esta tarea? ¿Del clero? ¿De una clase pastoral o sacerdotal separada del resto de la comunidad cristiana? Pues el apóstol explícitamente señala que es tarea de toda la comunidad cristiana, sin distinción.

Separar "clero" (pastores o sacerdotes) de "laicos", hace que los primeros confundan autoridad con autoritarismo o se arroguen a sí mismos derechos que no les corresponde y pretendan ser ensalzados de una manera impropia. Además, genera el ambiente para que la clase sacerdotal, clerical o pastoral, comience a creer que su voz y opinión es superior a la del laicado, al que sólo se le pide obediencia servil. En la comunidad cristiana no hay lugar para jerarquías. Jesús mismo lo estableció cuando dijo:
"El que es más insignificante entre todos ustedes, ése es el más importante" (Lucas 9:48).
Las directrices de Cristo son tan exactas que cualquier confusión es, simplemente, ir en contra de las palabras de Jesús:
"Pero no permitan que a ustedes se les llame “Rabí”, porque tienen un solo Maestro y todos ustedes son hermanos. Y no llamen “padre” a nadie en la tierra, porque ustedes tienen un solo Padre, y él está en el cielo. Ni permitan que los llamen “maestro”, porque tienen un solo Maestro, el Cristo. El más importante entre ustedes será siervo de los demás. Porque el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido" (Mateo 23:8-12).
El tener un concepto clerical del ministerio, provoca que los que se consideran "laicos", acudan a la iglesia como si fuera un espectáculo, sin comprometerse con la Obra y con el Señor de la Obra. Olvidan que la misión es de todos y no de un grupo separado de la comunidad.

Cuando los llamados "laicos" no logran entender que son parte del cuerpo y que les cabe la responsabilidad de estudiar la Biblia y comunicar a otros la buenas nuevas de la salvación, y por el contrario, delegan esa responsabilidad en un grupo separado y clerical, entonces, no están preparados para enfrentar a quienes llegarán para engañar y destruir. El poder corrompe, y el poder religioso lo hace doblemente, porque los individuos pierden conciencia de su propia debilidad y tienen el potencial de corromperse o enceguecerse con un poder que no les corresponde.

Pablo advirtió que esto podría ocurrir:
"Sé que después de mi partida entrarán en medio de ustedes lobos feroces que procurarán acabar con el rebaño. Aun de entre ustedes mismos se levantarán algunos que enseñarán falsedades para arrastrar a los discípulos que los sigan. Así que estén alerta" (Hechos 20:39-31).
 Breve historia de una idea macabra

El filósofo e historiador inglés Peter Watson en su libro Ideas: A history of thought and invention. From fire to Freud señala los orígenes de esta idea que separó al clero de laicos:

"El cristianismo fue un nuevo sistema de creencias, pero también era mucho más. Entre el cuarto y sexto siglos, en Europa principalmente, su élite sacerdotal se hizo cargo de muchos de los derechos civiles, políticos e incluso las funciones legales del imperio en declive. Como esto era útil. eso determinó el carácter básico de la Edad Media, y abrió una brecha entre el clero y los laicos, a éstos últimos ya no se les permitió predicar en las iglesias (llegaría un momento en que que ni siquiera se les permitiría leer la Biblia). Al mismo tiempo, la iglesia ofreció un escape a las duras exigencias de la vida cotidiana en 'otro mundo'. Esta idea en particular, dio un gran control al clero sobre los laicos" (Watson 2005: 228).
Esta brecha que se abrió entre el clero y los laicos se fue ensanchando con el tiempo y se le fueron dando "justificaciones" o "bases bíblicas" que no existían en el mundo apostólico, pero que alcanzaron carácter de dogma en los siglos siguientes.

Watson señala un poco más adelante que la autoridad del clero "fue reforzada por el desarrollo de las Escrituras y de la liturgia" (Ibid). Aunque no comparta todas las conclusiones de Watson, no deja de ser razonable que cuando se terminó el canon comenzaron los dogmas. Jesús no escribió nada, eso lo hicieron sus seguidores, algunos con más o menos destreza. Sin embargo, se le impusieron al texto bíblico, conceptos que el texto no decía, como por ejemplo, la jerarquización del servicio eclesial.

En su desafiante libro Historia criminal del cristianismo, el historiador aleman Karlheinz Deschner señala que una de las causas que afianzó mucho más el poder del clero, fueron los beneficios que tuvo inicialmente el clero que tempranamente en el siglo III y principalmente en el siglo IV comenzó a enriquecerse rápidamente. El clero no sólo recibió abundante dinero de Constantino, sino que fueron beneficiados con excepciones de impuestos y otros beneficios, lo que hizo patente que ser parte del clero era un buen negocio. El clero se convirtió en un estamento privilegiado (Deschner, 1990: 179).

Deschner agrega que:
"El clero, en particular, recibió de Constantino 'las más grandes honras y distinciones, en tanto que hombres consagrados al servicio del Señor'" (Ibid., 188). 
Evidentemente esto atrajo a cientos de personas que buscaron la vida clerical, por los beneficios que proporcionaba, antes que por el servicio que debía entregarse. Todo contrastaba con la sencillez y la humildad de un Cristo que "no tenía donde poner su cabeza".

La anulación del liderazgo

Cuando se fomenta el clericalismo o la separación artificial entre "laicos" y "pastores", no sólo se anula el principio bíblico del sacerdocio universal de todos los creyentes, en la práctica, se anula el liderazgo, porque sólo una persona o un grupo de personas, asume lo que es tarea de todos.

Muchos cristianos se jactan de seguir un cristianismo "bíblico", sin embargo, no asumen que no hay base bíblica para la jerarquización del pastorado ni para un clero separado de laicos. En la práctica, aparecen como individuos que aceptan sólo aquello que les sirve a sus intereses particulares y no al cuerpo de Cristo.

La idea de la jerarquización se fue imponiendo de a poco en el cristianismo, no hubo tal cosa entre los apóstoles ni en el primer siglo, pero, paulatinamente, a medida que el cristianismo se convertía en oficial, el asunto fue tomando una forma jerárquica, y el pastorado o sacerdocio, considerado un rol preponderante o superior.

El historiador Joseph Lortz señala que hasta el siglo VI los obispos, por ejemplo, los que debían dirigir a otros sacerdotes, eran elegidos por el pueblo y los sacerdotes. No obstante, con la ascensión de los nobles y señores feudales, se les privó de tal participación a la comunidad cristiana (Lortz, 1982: 1:121). Así que el modelo que tenemos hoy, de que un grupo de personas, encerrados entre cuatro paredes decide quién será el que dirige a una comunidad cristiana, no tiene su asidero en la Biblia sino en una tradición medieval.

Incluso, en el siglo V se introdujo otra norma que cambió el panorama del liderazgo cristiano, porque se admitió para el pastorado o sacerdocio sólo a personas nacidas libres, privando de esa forma a ex-esclavos de asumir en responsabilidades religiosas, lo que va en contra absolutamente de la equidad que impone el cristianismo y de la igualdad que sugiere Pablo en Gálatas 3:28:
"No hay Judío ni Griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús"
Tal como señala Lortz en los primeros siglos nunca se diferenció a libertos de libres, todos eran considerados cristianos y miembros en pleno derecho de la comunidad cristiana. Lo que era tan claro desde el pensamiento de Cristo terminó por considerarse algo "romántico" sin valor real en lo práctico. Al tiempo, los únicos en decidir quién fuera o no pastor o sacerdote fue el poder temporal formado por reyes, condes o príncipes (Lorz, 1982:231).

Lo dramático de todo esto es que la Reforma no cambió sustancialmente las cosas. Aunque Martín Lutero defendió con pasión la doctrina del "sacerdocio universal de todos los creyentes", en la práctica, siguió defendiendo un ministerio separado del laico.

En sus palabras: “El ministerio público de la Palabra debe ser establecido por la ordenación santa como superior y la mayor de las funciones de la iglesia". En otras palabras, mantuvo la jerarquización que había introducido la iglesia medieval, como si ésta fuera lógica y sana desde el punto de vista eclesiástico. Con razón Frank Viola señala que "bajo de la influencia de Lutero, el pastor protestante simplemente repuso el sacerdote católico" (Viola, 18).

En la práctica muchos "pastores" actúan como "sacerdotes medievales", suponiendo que a ellos se les debe obediencia, sumisión y privando a los demás cristianos de su derecho a disentir, opinar o estudiar la Palabra por sí mismos. Se impone una jerarquización piramidal que en la Biblia no aparece en ningún lado. La figura del cuerpo admite una sola cabeza, y esa, es Cristo. 

Conclusión

Cuando somos parte activa o pasiva de un sistema que discrimina entre cristianos (clero y laico), no sólo estamos yendo en contra de la Biblia, sino sosteniendo un modelo que se basa sólo en políticas humanas y busca intereses humanos.

La supuesta justificación de los "ungidos de Jehová", no es más que eso, una suposición que no admite un análisis serio y cuidadoso de la Biblia. No se sostiene dicho pensamiento en el movimiento cristiano fundado por Jesús.

La iglesia necesita orden, no jerarquía. El tener una responsabilidad eclesiástica no me convierte en "jefe", "el que está más arriba" o "el que manda", todos conceptos extrabíblicos, al contrario, siguiendo la lógica de Jesucristo, el tener una función eclesiástica me convierte en servidor de todos, no sólo de aquellos que siguen mis directrices.

Lo que necesitamos hoy son más líderes-siervos, y menos líderes-caudillos, de los segundos, el mundo y sus desvaríos ya tiene muchos como para soportarlos en la iglesia.


Dr. Miguel Ángel Núñez






Bibliografía

Deschner, Karlheinz. Historia criminal del cristianismo. Los orígenes, desde el paleocristianismo hasta el final de la era constantiniana. Barcelona: Ediciones Martínez Roca, 1990.

Lortz, Joseph. Historia de la iglesia: En la perspectiva de la historia del pensamiento. Volumen 1: Antigüedad y Edad Media. Madrid: Ediciones Cristiandad, 1982.

Viola, Frank y George Barna.Pagan Christianity?: Exploring the Roots of Our Church Practices. Carol Stream, Illinois: Tyndale House Publishers, 2008.

Watson, Peter. Ideas: A history of thought and invention. From fire to Freud. New York: Harper     
Collins Publishers, 2005.

Comentarios

  1. Excelente aportación, como casi siempre. Obligada lectura

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  2. Creo que el cristianismo auténtico solo existió en la época apostólica en el primer siglo de nuestra era. Luego por la mezcla del cristianismo con el imperio dominante, se introdujo la filosofía también. Se hizo a un lado, mucho el AT, y las cartas paulinas. Fue una evolución.

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