¿Cómo me metí en las patas de los caballos?


A veces me preguntó qué se sentirá sentarse a ver lo que ocurre a mi alrededor y no decir nada, ser un simple espectador, como los miles de cristianos que hay en las iglesias, que sólo miran, sin pronunciarse, como diríamos en Chile, "al aguaite"... mirando en qué momento dar la opinión cuando sea más conveniente, no más verdadera, porque las mayorías silenciosas no se interesan mucho por la verdad, sino más bien, por la comodidad.

Un amigo suele exhortarme diciendo que "no me meta en las patas de los caballos", que simplemente, no diga nada, que es mejor seguir la corriente. Con todo lo que aprecio su amistad, detesto su manera de pensar, esa manera de ver las cosas lo único que favorece es la proliferación de la anarquía, el autoritarismo y la limitación o eliminación de la facultad de pensar.

Dios nos concedió la posibilidad de pensar, de dudar, de discrepar, de disentir... todo, por supuesto, en un ambiente de respeto y de búsqueda del bien común.

En el caso de la iglesia, la misión es comunicar el evangelio a todas las personas. La pregunta que me hago es ¿cómo comunicar la verdad de la libertad en Cristo si le enseño a una parte de la humanidad que deben someterse unilateralmente a los varones, simplemente, por ser mujeres? Las antiguas generaciones, dañadas por siglos de mentiras, engaños y dominación, tal vez, podían resignarse y vivir esa imposición. Las nuevas generaciones, no están dispuestas a vivir, algo que Dios no creó, que es simplemente de factura humana y no de origen divino.

Algunos recuerdos y reflexiones que me surgen en esta lucha en la que estoy metido, ya hace casi 30 años.

Mi amiga golpeada

La primera vez que me involucré en un caso de violencia hacia la mujer, fue siendo profesor de una de las universidades donde he trabajado. Nunca dije nada. Me mantuve en silencio. Nadie de la administración nunca supo nada, hasta el día de hoy. En parte, por el pánico que me generó el escuchar la confesión de una amiga sobre el maltrato físico y emocional que recibía de su esposo, misionero, igual que yo, y otra, por mi falta de conocimiento en el tema. Ante la poca experiencia recurrí a un viejo pastor que suponía debía saber más que yo. Con la primera pregunta que le hizo a la mujer supe que había cometido un gravísimo error al haber llevado a ese hombre para que me "enseñara", él le dijo:


-¿No habrá hecho algo usted hermana para provocar el enfado de su esposo?

Es decir, en una sola pregunta la acusó a ella de provocadora y dejó al abusador como una víctima y no como el victimario que era. Mientras ella, me miraba estupefacta y veía mi cara de desconcierto, este viejo y desatinado pastor hizo otra pregunta peor:

-Hermana, ¿está cumpliendo sus deberes conyugales con su esposo con el fin de mantenerlo contento y en paz?

Ahí no soporté más. Me paré, le pedí disculpas a mi amiga, y le solicité cortesmente al pastor que se fuera, le agradecí su "gestión" y prácticamente me arrodillé delante de la mujer para pedirle perdón por tal desatino.

Al día siguiente me dirigí a una ciudad cercana, busqué una organización estatal, y pedí ayuda. Dije derechamente que era pastor, pero que no tenía la más mínima idea de cómo tratar a víctimas de violencia doméstica. Luego de una breve charla donde me enrostraron que los pastores no solían pedir ayuda porque tendían a tapar los casos de violencia, me aceptaron en un grupo de trabajo con el que estuve participando por cuatro años, sin decirle nada a la administración de la universidad donde trabajaba, me convertí en parte de un grupo de apoyo. Me llamaban amablemente "el cura sin sotana", esa fue mi primera escuela, y donde comencé a abrir los ojos a una realidad que hasta ese momento, me parecía lejana y sin mucho que decir. Allí tomé la decisión de no ser partícipe de ningún tipo de acto de violencia. Cero tolerancia a la violencia.

Mi alumna brillante

Siendo profesor de teología, comencé a sentir simpatía por el sufrimiento que tenían algunas de mis alumnas que tenían la osadía de estudiar teología. Siempre fueron pocas. No más de dos o tres por cohorte. Una de ellas, en una de las universidades donde enseñé, ha sido hasta ahora la alumna más brillante que he tenido (lo que incluye a varones). Con una mente inquieta, indagadora, clara, y llena de ideas y nuevas perspectivas.


Poco a poco, su entusiasmo inicial fue apagándose, aunque la animaba una y otra vez, se daba cuenta, por su inteligencia, que era soportada, pero no tolerada. Algunos de mis colegas, simplemente, la excluían y la trataban como una estudiante de segunda categoría. Llegaban incluso a un paternalismo violento-pasivo. Algunos de sus condiscípulos, es decir, mis alumnos, la hacían sentir que estaba fuera de lugar allí, que debía pensar en casarse, tener hijos y no en ser alguna vez una pastora.

Cuando terminó de estudiar, yo había sido invitado a otro lugar, así que me mantuve en contacto con ella un tiempo por correo. Cuando egresó, siendo la mejor estudiante de su promoción, el único trabajo que le ofrecieron fue ser secretaria. Duró dos meses en esa labor, no por orgullo, sino porque sabía que ese no era su lugar. Luego supe, que su jefe en la asociación se sentía intimidado por su inteligencia y a menudo procuraba ponerla en su lugar, como mujer, y le decía que no debía aspirar a nada más. Su maltrato era sutil, pero efectivo.

Al pasar los años abandonó la iglesia, aunque siguió siendo una cristiana a carta cabal. Estudió otra carrera, donde llegó a obtener un doctorado y siguió siendo una lumbrera. Una gran empresa multinacional goza de sus servicios y la causa de Dios perdió a una persona brillante, llena de talentos excepcionales por su único "pecado", ser mujer.

La esposa humillada

Una joven fue a uno de nuestros seminarios, estudió teología, se graduó y se casó con un estudiante de la misma facultad. Él llegó a ser pastor, un buen pastor, pero... sin muchas luces. Una buena persona, pero sin mucha iniciativa ni alguien dispuesto a tomar riesgos... Más bien, uno de esos pastores llamados sólo a atender congregaciones sin mucho potencial ni afán de crecimiento ni tampoco interés en incursionar en ampliar la congregación.


Pero ella, tenía todas las características que él no tenía. Era una líder nata. La gente se sentía atraída por su liderazgo. Era una mejor predicadora. Tenía la habilidad de organizar y planear y su esposo, estaba contento con sus habilidades, de hecho, suplía sus propias debilidades. Sabía dar estudios bíblicos de una forma excelente, se ganaba la simpatía de la gente, y lograba metas que su esposo no podía. Sin embargo, aunque ellos dos eran felices como pareja y no rivalizaban uno con el otro, a él comenzaron a molestarlo porque su esposa "hacía sombra a su ministerio". Poco a poco, fueron impidiendo sutilmente que ella participara activamente. Cuando había que organizar eventos, a ella la dejaban a un lado. A algunos simplemente les parecía inconcebible que ella, como mujer, pudiera ser mejor líder que su marido, que era el pastor.

Fueron arrinconados, desanimados, injuriados, maltratados, hasta que finalmente un día renunciaron al ministerio, partieron a otro país, nunca más tuvieron el entusiasmo de antes, y lo que podría haber sido una luz que floreciera en el firmamento de la proclamación del evangelio se apagó casi completamente. Aún son cristianos, aún aman el mensaje, pero lo hacen desde el silencio de su hogar, alejados de toda iglesia, y los que los acosaron, supongo que creen haber hecho un buen "servicio" a la causa.

La espera agónica

Soy pastor, soy creyente en la Biblia, creo en el evangelio, pero vivo estupefacto por lo que veo y lo que siento es pavor. Hemos olvidado la razón de existir de un movimiento que se hizo fuerte, gracias a la visión de Dios, que eligió a una mujer para liderar el movimiento. El que niegue el liderazgo pastoral de Elena de White en el adventismo o es miope o se autoengaña. Sin embargo, los mismos que no temen en citar profusamente los escritos de una mujer, le niegan a la inmensa mayoría de mujeres el llamado al ministerio, eso, en mi mente, simplemente suena incomprensible, un enigma que sólo lo puedo explicar a partir de la cultura machista, misógina y sexista en la que han sido criados la mayoría de los pastores latinoamericanos, centroamericanos, africanos y asiáticos.


Todos los casos que he contado y los miles que están en mi mente, luego de 30 años de trabajar con matrimonios en crisis, familias quebradas, obreros destruidos, mujeres frustradas, y cientos de alumnas que han visto truncos sus sueños de ser pastoras, me han convencido que limitar a alguien que se siente llamada por Dios al ministerio, es simplemente, otra forma de violencia. Más sutil, pero igualmente certera.

Quise tener algún lugar donde refugiarme para pedir consejo, y maravillosamente encontré a cientos de mentes, que en distintos lugares del mundo, comparten la misma visión de la iglesia:


  • La iglesia debe ser un refugio para todos, sin exclusión de nadie. Excluir y discriminar no es un acto que venga de Dios.
  • Ninguna persona debería sentir que es menoscabada en su dignidad, simplemente, porque es mujer. Cualquier varón se sentiría menoscabado si fuera discriminado sólo por ser varón, y es lo que experimentan miles de mujeres todos los días.
  • Nadie debería ser llamado al ministerio por su género, sino porque se entiende que Dios lo ha llamado o la ha llamado. La iglesia, entre paréntesis, no otorga el don del pastorado, sólo reconoce a quién tiene ese don. Decir "la iglesia me ordenó" es un desatino teológico. Aún recuerdo al Pr. Carlos Mayer en mi ordenación al ministerio, cuando repitió en tres ocasiones esas palabras en el sermón que pronunció el día en que fui ordenado al ministerio, y sigue siendo verdad.
  • El ministerio pastoral no es una profesión. Cuando algunas facultades de teología se convirtieron en cátedras universitarias, más preocupadas de otorgar títulos con reconocimiento estatal, perdieron muchas de ellas, la teología de la misión. Los pastores no somos profesionales del evangelio, somos siervos de Dios al servicio del evangelio. Ser pastor no es una profesión, es un llamado.
  • Pensar distinto, no es morder la mano que nos da de comer. Esa frase, dicha en varios tonos, y repetidas desde ópticas diferentes, sugiere que los pastores no podemos pensar por nosotros mismos, y que estamos llamados a mantenernos en silencio y seguir "lo políticamente correcto", o como me dijo con soberbia alguien hace unos días: "nosotros los laicos les pagamos a los pastores para que enseñen lo que nosotros queremos que enseñen". Con ese pensamiento nunca hubiéramos tenido a un Pablo, a un Apolos, a una Priscila, a una Febe, y a los millones de cristianos que dieron su vida por la defensa del evangelio. La conciencia no se vende. Finalmente, la mano que nos da de comer procede de Dios, y es él el que indica el camino.
  • El evangelio es libertad. Nunca nadie debería sentirse acorralado por seguir a su conciencia. Nadie debería sentirse acusado por ser honesto con lo que cree de la Palabra de Dios. 
Preguntas que merecen una respuesta


  • Si Dios dice que no hace acepción de personas (Romanos 2:11), ¿por qué nosotros si? 
  • Si Dios dice que en Cristo no hay más divisiones de ningún tipo, ni nacionalidad, ni nivel social ni género (Gálatas 3:28), ¿por qué insistimos en hacer divisiones?
  • Si existe el sacerdocio universal de todos los creyentes (1 Pedro 2:9), ¿por qué algunos insisten que las mujeres deben someterse a un varón para que sea su sacerdote?
  • Si el pastorado es servicio y no jerarquía (1 Pedro 5:2), ¿por qué algunos siguen insistiendo en que ser pastor nos pone por sobre el resto de la comunidad cristiana?
  • Si el pastorado es un don (Efesios 4:11), uno más entre los 28 mencionados en la Biblia, ¿por qué algunos insisten en darle al pastorado una relevancia superior a otros dones?
  • Si Dios decide a quién otorga los dones (Hebreos 2:4), ¿por qué algunos siguen sosteniendo que los dones son dados sólo a algunos en virtud de su género y no a otros?
  • Si los dones son dados a la iglesia (Efesios 4:7), ¿en qué parte de la Biblia se sostiene que hay dones para varones y dones para mujeres?


Espero que algún día estas preguntas sean contestadas con honestidad, especialmente por quienes tuercen las Escrituras para sostener jerarquías que no existen, sexismos aberrantes y conceptos que nos tiene en las antípodas de un mundo que hace rato que entendió que hacer discriminación, de cualquier tipo, no sólo es un pecado, también es un delito.

Entendiendo que difícilmente seré comprendido y tolerado por algunos que han hecho de la intolerancia su forma de actuar y de la política eclesiástica su modus operandi, hago mías las palabras de Martín Lutero pronunciadas en la Dieta de Worm


A menos que no esté convencido mediante el testimonio de las Escrituras o por razones evidentes ... me mantengo firme en las Escrituras a las que he adoptado como mi guía. Mi conciencia es prisionera de la Palabra de Dios, y no puedo ni quiero revocar nada reconociendo que no es seguro o correcto actuar contra la conciencia. Que Dios me ayude. Amén.


Dr. Miguel Ángel Núñez 

3 comentarios:

  1. Me quedo sin palabras para describir y declarar mi admiración por este valiente y su pluma! Tomé con él sólo una clase en la universidad y confieso que su influencia me cambió or mejor dicho, me abrió el mundo!

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  2. Excelente manera de explicar estos temas tan controversiales dentro de la iglesia, pocas personas se atreven a expresar sus pensamientos que muchas veces no encajan con lo que cree y ensena la iglesia.

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  3. Me falta mucho en el amor. Muchas gracias hermano Miguel Angel.

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