El onceavo mandamiento


Dr. Miguel Ángel Núñez

“Os doy este mandamiento nuevo: Que os améis los unos a los otros. Así como yo os amo, debéis también amaros los unos a los otros.  Si os amáis los unos a los otros, todo el mundo conocerá que sois mis discípulos” (Jn. 13:34-35).

A menudo hablamos de los “diez mandamientos”, hay personas que se los saben de memoria, sin embargo, la mayoría es incapaz de recordar el mandamiento número once, el que Jesús dio, el que aún tiene vigencia y que en muchas ocasiones tristemente, olvidamos.


El impacto de la vida de una persona

La semana que recién pasó alguien me dijo con mucha tristeza: “No podía creer lo que estaba escuchando. Se enseñaron con él. No sólo querían su cabeza, querían sangrarlo, querían que sufriera, querían verlo destruido”.

Me cuesta entender que muchos de los que dicen amar a Jesucristo actúen con tanta saña con otros.

Esta semana viví dos episodios muy tristes y una vez más he confirmado que de nada sirve creer en la verdad teórica del evangelio si la verdad del evangelio no hace carne y mella en nuestra manera de actuar con los demás.

¿De qué sirve conocer las verdades doctrinales si cuando es el momento de tratar con otro lo único que sale de nuestros labios son palabras duras, descalificadoras, juzgadoras, condenatorias? 

¿De qué sirve reunirse a cantar himnos a Dios si una vez que el culto acaba nos encargamos de morder bestialmente a nuestros hermanos?

¿De qué sirve llamarnos un pueblo de adoradores, si cuando tenemos que tratar con el que yerra sólo lo maltratamos?

Elena G. de White, haciendo referencia al mandato de Cristo señala:
¿Se asemejan ustedes a Cristo, en sus palabras, en su espíritu, en sus acciones? Si representan el carácter de Cristo en palabra y espíritu, entonces son cristianos; porque ser cristiano significa ser semejante a Cristo. La lengua testificará acerca de los principios que representan la vida: esto constituye la prueba segura para saber qué poder controla el corazón. Nuestro espíritu y nuestros principios se pueden juzgar por las palabras que brotan de los labios. La lengua siempre debe estar bajo el control del Espíritu Santo (Exaltad a Jesús, 136).
Si entiendo bien la cita señala con toda claridad que el mandato de amar a otros debe reflejarse en:
  • Palabras.
  • Espíritu.
  • Acciones.

Eso implica que nunca, nunca, nunca, bajo ninguna circunstancia pronunciaremos palabras hirientes, que maltraten, que humillen a nuestro hermano. No usaremos expresiones que de alguna manera supongan que otra persona no tiene ninguna esperanza y no hay opciones de cambio. Al contrario, siempre supondremos que la posibilidad de redención está abierta ante cualquier persona, siempre.

Por otro lado, cualquiera sea la conducta que tenga estará imbuida de un espíritu de humildad, de no condenación. Cuando veo la actitud de algunos, como jueces e inquisidores, pienso que ese no es el espíritu de Cristo, sino el de personas que han perdido el rumbo del evangelio y de la gracia. Quien condena se condena, quien acusa se acusa.

Las acciones que deberán acompañar la reprensión al que se equivoca deben estar imbuidas del amor que mostró Jesús cuando alguno de sus discípulos cometió errores. Nunca Cristo puso en evidencia a Judas, no acusó a Pedro por sus errores, no reveló ante los demás lo que él sabía perfectamente que era el egoísmo, vanidad y orgullo que anidaba entre sus seguidores.

La misma autora señala:
Tengamos en mente que cada palabra descomedida, cada actitud cruel, se registran en los libros del cielo como si hubieran sido dirigidas a Cristo en la persona de sus siervos que sufren. ¿No es acaso ser semejantes a Cristo cuando hablamos palabras bondadosas y animadoras, aunque nos sintamos inclinados a proceder en forma diferente? ¿No es ser semejantes a Cristo cuando levantamos las cargas que oprimen pesadamente a las almas a quienes Dios ha considerado de tanto valor como para dar a su Hijo unigénito por ellos. Para que todo aquel que en él cree no perezca, mas tenga vida eterna? (Exaltad a Jesús, 136).
¿Qué diríamos si supiéramos que cada palabra nuestra está siendo grabada? ¿Qué sentirán los que esta semana destruyeron la vida de una persona y maltrataron a otro cuando escuchen cada una de las expresiones que pronunciaron y que el ángel, en su súper ultra moderna grabadora ha dejado registrada?

La actitud con el que se equivoca

Es precisamente en el momento cuando alguien comete un error cuando demostramos si tenemos o no el espíritu de Cristo.

Pablo dice:
“Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado. Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo” (Gá. 6:1-2).
Cuando Pablo dice “ustedes que son espirituales” está suponiendo que lo que buscarán es la restauración y nunca la condena, es interesante que Pablo que ya conocía la forma de proceder de algunas personas de su tiempo les advierte que deben ser “humildes”, cuando el que va a restaurar lo hace con soberbia, poniéndose como juez y actuando como si él nunca se fuera a equivocar, no sólo transgrede el mandato de Cristo, también mal entiende el rol que se debe asumir frente al que yerra.

Pablo apela a la “ley de Cristo”, ¿qué ley es esa? Pues precisamente el onceavo mandamiento, que lo que caracterizará la relación de sus seguidores es el amor que tienen unos por otros, el que se expresa en palabras y acciones.

Elena de White señala:
No demos al que yerra ocasión de desanimarse. No permitamos que haya una dureza farisaica que haga daño a nuestro hermano. No se levante en la mente o el corazón un amargo desprecio. No se manifieste en la voz un dejo de escarnio. Si hablas una palabra tuya, si adoptas una actitud de indiferencia, o muestras sospecha o desconfianza, esto puede provocar la ruina de un alma. El que yerra necesita un hermano que posea el corazón del Hermano Mayor, lleno de simpatía para tocar su corazón humano. Sienta él el fuerte apretón de una mano de simpatía, y oiga el susurro: oremos. Dios les dará a ambos una rica: experiencia. La oración nos une mutuamente y con Dios. La oración trae a Jesús a nuestro lado, y da al alma desfalleciente y perpleja nueva energía para vencer al mundo, a la carne y al demonio. La oración aparta los ataques de Satanás (Reflejemos a Jesús, 260).
Es interesante lo que ella descarta como acción equivocada:
  • Dureza farisaica.
  • Amargo desprecio.
  • Dejo de escarnio.
  • Actitud de indiferencia.
  • Muestras sospecha o desconfianza.

Todo eso, que es tan habitual en aquellos que actúan como jueces, está descartado para aquellos que viven el onceavo mandamiento.

Al contrario, en el momento en que alguien se equivoca lo que debe haber es la oración de comunión donde ambos, el que exhorta y el que ha errado, se acercan con humildad ante la presencia de Dios para ser restaurados.
Nada puede justificar un espíritu no perdonador. El que no es misericordioso hacia otros, muestra que él mismo no es participante de la gracia perdonadora de Dios. En el perdón de Dios el corazón del que yerra se acerca al gran Corazón de amor infinito. La corriente de compasión divina fluye al alma del pecador, y de él hacia las almas de los demás. La ternura y la misericordia que Cristo ha revelado en su propia vida preciosa se verán en los que llegan a ser participantes de su gracia. . . (Reflejemos a Jesús, 260).
La iglesia que anhelo

Sueño con una iglesia de hermanos, no de jueces ni de apedreadores.

Sueño con una iglesia donde el pecador es abrazado por sus hermanos que se conduelen con él y con amor lo conducen.

Sueño con líderes que sean tan amorosos como Jesús, que muestren en cada gesto, en cada palabra, en cada acción que su único modelo es el Maestro de Galilea.

Sueño con una iglesia de personas que con humildad se congregan no para juzgar, sino para apoyarse mutuamente en el camino que aún nos queda para llegar a la ciudad celeste.

Sueño con una comunidad cristiana que se contente con amar, con respetar y con mirar a la cruz para sacar de la lección del crucificado las fuerzas para seguir amando.

Sueño con una iglesia de pecadores que se han refugiado en la gracia y no entienden de condenas ni de juicios, sólo se gozan en la gracia y en colaborar unos a otros para mantenerse unidos al Señor de la cruz.

****

Quisiera que la semana pasada no hubiera existido en mi calendario, haber dormido y despertado hoy. 

Quisiera que el Señor estuviera a las puertas para no sentir las piedras de quienes se contentan con condenar, como si esa fuera la función de la iglesia. 
“¡Ven, Señor Jesús!” (Ap. 22:20). 
¡Cuánto lo anhelo! ¡Cuán difícil es seguir viviendo en medio de cristianos que actúan como si no lo fueran!

Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez

6 comentarios:

  1. Es una triste realidad. El corazon duele al ver como satan se ha encargado de fomentar el espiritu de critica, la actitud de jueces, y el deseo de apedrear a los demas, entre el pueblo de Dios. Bueniisimo mensaje! Que Dios lo siga bendiciendo!

    ResponderEliminar
  2. Profesor, hacía tiempo que no leía sus post.
    Le deseo muchos éxitos.

    ResponderEliminar
  3. Gracias Pr. Por escribir... también le pido permiso para compartir con mis hermanos...

    ResponderEliminar
  4. Solicito amablemente su permiso para compartirlo a mis amigos mas allegados de la iglesia. Sera de gran bendición. Bendiciones en Cristo

    ResponderEliminar
  5. Cuanta verdad y sinceridad hay en lo expresado. Profundamente comparto esta situación al mirar como los "santos" de la iglesia son tan intolerantes y faltos de amor; en verdad como bien lo dice parecen estar extraviados. Yo quisiera borrar del calendario este Sabado anterior por la tarde.

    ResponderEliminar
  6. Guillermo no tomen el evangelio como algo en su vida vivanlo es algo hermoso que hace grandes cambios en la vida

    ResponderEliminar

Tus comentarios son importantes, opina por favor