Biblia y rumor

Artículo anterior: Psicología del rumor

Cuando salí de la Universidad, recién graduado como Licenciado en Teología, fui llamado por la Asociación Central de Chile (actualmente Asociación Metropolitana) en Chile. El que era presidente en ese momento, el Dr. Rubén Pereyra me pidió que me quedara en la institución por esos días, puesto que se estaba efectuando un congreso de la iglesia. Accedí muy entusiasmado, sabiendo que sería la primera vez que participaría como delegado.

Uno de esos días, estaba en el comedor como un flamante delegado. Me senté en una mesa donde había cinco delegados más, todos pastores. Estaba emocionado, todo era nuevo para mí. De pronto uno de ellos dijo:

—Bueno, como estamos en confianza, supieron…

Y se largó a contar un rumor sobre otro pastor, alguien al que todos ellos conocían, menos yo. Algunos agregaron comentarios, dijeron chistes, se rieron y el que había comenzado no paraba de agregar detalles y comentarios.

Yo me mantenía en silencio y miraba al pastor que estaba sentado en la cabecera de la mesa. Lo observaba porque se había mantenido en silencio y desde el momento en que la otra persona había comenzado a hablar había dejado de comer y mantenía su cabeza inclinada y jugaba con su cuchara con la comida. De pronto levantó la cabeza y dijo con calma mirando directamente a los ojos del chismoso:

—¿Cómo sabes que lo que has dicho es cierto?

El hombre se sorprendió por la pregunta y sólo dijo:

—Me lo contó alguien que me merece toda mi confianza.

—¿Cómo sabes que esa persona dice la verdad?

El chismoso se quedó callado y todos hicieron un silencio tenso. Luego el pastor agregó:

—Me parece vergonzoso hablar algo de lo que no tenemos plena certeza, y si fuera verdad, también me parece incorrecto, ¿es una persona por Dios? ¿Cómo podemos ayudarla si hacemos lo que ustedes están haciendo?

Se hizo un silencio difícil y aquel pastor continuó comiendo. Los demás callaron y poco a poco se fueron yendo incómodos. Cuando quedé sólo con aquel hombre me acerqué y le pregunté:

—¿Usted es amigo de la persona que hablaban?

—No, ni siquiera lo conozco, aquí el asunto es el principio que hay que defender.

Desde ese día confié en ese hombre y por años ha sido un modelo de vida. Hace poco en un viaje a Santiago de Chile visité al Pr. Luis Araya, padre, ya anciano, jubilado y cansado por los años. Conversamos, salimos a comprar, caminamos y me sentí contento de saber que él me dio una lección de vida cuando comenzaba mi ministerio.

La Biblia y los chismosos 

Mal que le pese a quienes propagan chismes la Biblia es de una claridad meridiana cuando se refiere a las personas que propagan rumores.

No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo Jehová (Levítico 19:16). 

Este versículo es interesante porque califica el chisme como un atentado hacia el prójimo. Por lo que sé de dicha palabra, un atentado es un ataque terrorista a mansalva sobre la vida de otras personas. De hecho, así suelen referirse los medios periodísticos a los actos terroristas.

El hombre deslenguado no será firme en la tierra (Salmos 140:11). 

Una persona “deslenguada” vive una vida inestable, de hecho, cava su propia reputación con la lengua, puesto que a la larga nadie confía en un chismoso, todos temen ser víctimas de su lengua, cosa que el chismoso no percibe, lamentablemente.

El que anda en chismes descubre el secreto; no te entremetas, pues, con el suelto de lengua (Proverbios 20:19). Otra versión lo traduce: El chismoso traiciona la confianza; no te juntes con la gente que habla de más (NVI).

Este versículo es drástico, nos invita a dejar al chismoso solo, apartarnos de él, no entrar en relaciones ni vínculos con una persona que usa el rumor como una forma habitual de tratar con las personas. Si siguiéramos este consejo al pie de la letra, ¿con cuántas personas podríamos juntarnos?

El perverso de corazón nunca hallará el bien, y el que revuelve con su lengua caerá en el mal (Proverbios 17:20).

Este texto da un paso más y califica al chismoso como una persona perversa y que con su lengua cae en el mal. Nos cuesta entender la perversión que hay detrás de quienes distribuyen chismes, pero Dios, que conoce el accionar humano no duda en calificarlo de esa forma. 

Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina (Proverbios 12:18).

Alguna vez escuché que “ser sabio” era hablar con cuidado, al estilo de los diplomáticos y aduladores profesionales, que hacen de la mentira su forma de ser. El versículo habla de otra cosa, se refiere a quienes con sus palabras buscan provocar daño y estropear la vida de otras personas. Es un retrato de los chismosos. El sabio es quien no trasmite chismes, así de simple.

Las palabras del chismoso son como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas (Proverbios 18:8).

Con su forma habitual hebrea, el autor de este proverbio relaciona el chisme con un plato apetitoso, y resulta que lo es. Porque un “buen” chisme (suponiendo que exista uno bueno), siempre resulta atractivo, especialmente para quienes viven en el ocio mental o en la desidia intelectual.

Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso, cesa la contienda (Proverbios 26:20).

Esta es una buena metáfora, un chismoso hace que el fuego arda y las relaciones se rompan. Se necesita un chismoso, sólo uno, para provocar una guerra. Eso sucedió ya en Argentina, cuando un chismoso le llevó un rumor a la primera ministra de Inglaterra, chisme que se habría evitado si simplemente se hubieran detenido a observar las evidencias.

El perverso provoca contiendas, y el chismoso divide a los buenos amigos (Proverbios 16:28).

Este versículo es una versión distinta pero similar al anterior. Pone el acento en las dificultades que trae sobre la vida de las personas el tener que compartir con un chismoso que tarde o temprano termina dañando a todos los que se relacionan con él.

El que anda en chismes descubre el secreto; mas el de espíritu fiel lo guarda todo (Proverbios 11:13)..

El pastor al que hacía referencia al comienzo de esta reflexión, simplemente se guió por el principio de la honorabilidad. El respetar la honra y el prestigio de otras personas. Si esa fuera la forma habitual de actuar, entonces, no tendríamos los conflictos interpersonales que a menudo tenemos por no obrar conforme a la voluntad de Dios.

Sepulcro abierto [es] su garganta; con sus lenguas tratan engañosamente; veneno de áspides [está] debajo de sus labios; cuya boca está llena de maledicencia y de amargura (Romanos 3:13-14)..

Pablo con toda su elocuencia no duda en calificar a los chismosos (que en el texto llama maldicientes) como gargantas que son como sepulcros abiertos (una imagen no agradable), y califica su labios como “veneno de áspides”, una de las serpientes más ponzoñosas de oriente, con una sola de sus mordidas bastaba para morir. Dicho así, la maledicencia es simplemente una argucia maligna para destruir.

Toda amargura, y enojo, e ira, y gritería, y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia (Efesios 4:31)..

El apóstol Pablo invita a los cristianos a que dejen la “maledicencia”, otra forma de llamar al chisme, en síntesis es “hablar mal de otra persona”, y eso es precisamente el chisme, porque cuando se habla bien de otro se llama elogio, y eso no hacen los chismosos.

Conclusión 

Podríamos seguir con otros ejemplos bíblicos, bastan estos para mostrar que la Biblia es tajante es sostener que el chisme y los chismosos no tienen nada que ver con lo que Dios pide de sus hijos. Quien propaga un rumor es tan culpable como quien lo ha generado. No hay excusa. Además, hay un mandamiento claro al respecto:

No des falso testimonio en contra de tu prójimo (Éxodo 20:16)..

Cuando transmitimos un chisme o un rumor, estamos transgrediendo un mandato claro de Dios. No podemos fingir que no lo sabemos. Al hablar de otra persona, simplemente, nos hacemos parte de una conspiración maligna, ni más ni menos.


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