HUIR




"Huiremos del descanso, huiremos del sueño, tomaremos a toda velocidad el alba y la primavera y prepararemos días y estaciones a la medida de nuestros sueños" (Milan Kundera).

Huir no es necesariamente malo. En algún momento es preciso arrancar de algo que te está dañando, o de alguna persona que te destruye o que va en proceso de hacerlo.

Sin embargo, hay huidas que son destructivas. Huir para no enfrentar nuestros miedos. Quedarse estancado en un patrón de comportamientos que implican no avanzar. Aceptar lo inaceptable solo por miedo y arrancar de una forma impropia para no tener que admitir que hemos estado viviendo algo que no corresponde.

Aún más, hay huidas sutiles, de quienes se arrancan hacia su propia mente, para no tener que enfrentar la realidad. Se esconden detrás de estereotipos y prejuicios, para no tener que vérselas con ideas nuevas o con cambios de paradigmas que impliquen una transformación de su vida. Son los que en vez de abrirse a la luz se empantanan en su propia existencia, sin hacer frente a lo que podría liberarlos.

Hay otros que no quieren huir, se esconden en malos trabajos, en matrimonios vacíos de sentido, en iglesias tóxicas, en profesiones que no les llenan, en vidas vacías de sentido, y siguen, aguantando cada día como si tuvieran el Everest en sus hombros, con la ilusión de que en algún momento las cosas cambiarán.

Conozco a personas, varones y mujeres, encadenados a matrimonios sin futuro, faltos de amor, pletóricos de violencia, de desamor, y de vacuidad. Pero ahí se quedan, por cobardía, por miedo, por no ver esperanza y sin atreverse a huir.

Sé de otros, que se mantienen en congregaciones religiosas donde los maltratan, solo esta mañana he hablado con dos personas, ambos pastores, y ayer con una esposa de pastor, y me he dicho a mi mismo: ¿Hasta cuando Dios? ¿Hasta dónde debemos soportar que algunos secuestren a la iglesia con sus artimañas? A uno de ellos lo felicité por atreverse a cortar con un sistema que lo está matando a él y a su familia. A otro lo animé a que diera el paso, pero el temor es superior a sus fuerzas, y le dije que se diera tiempo. A ella, que puso a su esposo entre la espada y la pared, eligió salir de dónde estaba. Huir, en muchos casos, de una congregación tóxica, es un paso difícil, porque se cruza con los afectos y además, con las convicciones. Pero, salir, es, en muchos casos, es el primer paso a la libertad mental, espiritual y moral.

Recuerdo a una persona que me espetó sin ningún remilgo "odio mi trabajo. Cada día que voy a la empresa, siento que llevo mil ladrillos sobre la espalda". Luego me contó que sus padres le habían impuesto la carrera bajo amenaza de no pagarle sus estudios, y por cobardía aceptó. Luego se casó, formó una familia, y se sintió atrapado, sin la capacidad de huir.

Hay huidas que no son huidas. Escapes que no son escapes. Pero hay que huir cuando es necesario, de otro modo, la vida termina siendo una carga y un sacrificio. Huir no es malo, implica aprender a enfrentar con valentía las vicisitudes que nos tocan, y elegir vivir un día a la vez, y libres, sin la tortura de tener que soportar lo insoportable, solo para sobrevivir, encajar, tener una comunidad, etc.

La vida es muy complicada, pero es mucho más difícil vivir encadenado a decisiones que atan, por no tener la valentía de huir. Las palabras del profeta resuenan aún después de siglos: "huid, no os detengáis" (Jeremías 4:6).

Dr. Miguel Ángel Núñez

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