Tarea para valientes
“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” ( Ef. 5:1) Ser padre no es para cobardes. Supone una tremenda carga emotiva y cuota de ansiedad constante. Los hijos nos obligan a entregar lo mejor de nosotros mismos y hacen que afloren nuestros más acendrados miedos. Ellos nos convierten en personas distintas. Modifican nuestras perspectivas. Un hijo nos cambia la vida. La gran desventaja —sin embargo—es que vienen cuando estamos en pleno crecimiento y aprendizaje. En realidad crecemos con ellos. Muchos, ya adultos y maduros se plantean: “Ojalá hubiese tenido hijos sabiendo todo lo que hoy sé, probablemente hubiese cometido menos errores y mis hijos verterían menos lágrimas.”