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Tarea para valientes

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“Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” ( Ef. 5:1) Ser padre no es para cobardes. Supone una tremenda carga emotiva y cuota de ansiedad constante. Los hijos nos obligan a entregar lo mejor de nosotros mismos y hacen que afloren nuestros más acendrados miedos. Ellos nos convierten en personas distintas. Modifican nuestras perspectivas. Un hijo nos cambia la vida. La gran desventaja —sin embargo—es que vienen cuando estamos en pleno crecimiento y aprendizaje. En realidad crecemos con ellos. Muchos, ya adultos y maduros se plantean: “Ojalá hubiese tenido hijos sabiendo todo lo que hoy sé, probablemente hubiese cometido menos errores y mis hijos verterían menos lágrimas.”

¿Y si no merecen honra?

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Todos los años, cuando llega el “día de las madres” y “el día de los padres” me surge la misma inquietud: ¿Cómo le damos honra a padres que no merecen que se les honre? ¿Cómo cumplimos el mandato sin sentirnos que estamos actuando de manera hipócrita frente a madres y padres que se han comportado de una manera impropia? Quienes leen mis artículos saben que tengo el más alto concepto de mi madre a quién respeto y amo como una mujer extraordinaria. Sin embargo, no es el mismo sentimiento que tengo hacia mi progenitor, a quien admiro porque siempre fue un hombre trabajador y honrado, sin embargo, no fue padre, al menos como debería haberlo sido, o al menos como sus hijos lo hemos sido con nuestros hijos por ejemplo de nuestra madre. Por lo tanto, he tenido que hacerme la misma pregunta más de una vez. He pensado en la pertinencia de este artículo, y lo escribo pensando en todos aquellos hijos que de un modo u otro tienen el mismo dilema que me he planteado yo.